Carlo y la fábrica de chocolate

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Uno ve a este Madrid en cada estreno (últimamente sus partidos se cuentan por premieres donde el verde de la yerba se pone rojo de alfombra, o incluso de amapolas como si fuera la torre de Londres en el Remembrance Day) con una galanura sin igual.

 

Uno ve a este Madrid en cada estreno (últimamente sus partidos se cuentan por premieres donde el verde de la yerba se pone rojo de alfombra, o incluso de amapolas como si fuera la torre de Londres en el Remembrance Day) con una galanura sin igual. En realidad siempre fue así, pero ahora en las gradas de los estadios no hay aficionados sino fans de los que duermen la víspera del concierto a la intemperie aunque sean hombres y superen los cuarenta. Cualquier día  uno espera ver a James olvidándose del balón para ponerse a cantar y bailar en medio del griterío histérico con esa cara suya de New Kid on the Block.

 

No pasaría nada en un esquema que funciona con solapas y con flores en cada ojal, entre otras cosas porque para la brega y la intelectualidad se basta Modric, al que en cada pasarela se le puede ver bajándose de la limusina y al mismo tiempo en la puerta hablándole con la mano en la boca a su micrófono de guardaespaldas. Uno nunca vio a un hombre ubicuo hasta su aparición, donde su magia lleva a los rivales a morir al río de Hamelín como si fueran las ratas a las que atraía el flautista.

 

Si uno nunca vio un jugador ubicuo tampoco vio un equipo tan inspirado, tan efectivo y tan comprometido. Parecen unos Malditos Bastardos de la pelota, alegres y amigos y temibles que no cortan cabelleras pero pueden hacer descoyuntar huesos por influjo como la mandíbula de Caparrós el sábado, al que también parecían querer salírsele los ojos de las órbitas como si Chicharito, aprovechando un descuido, le hubiera puesto tabasco en la botella, que aquí todos juegan aunque parezca que no.

 

El Madrid viaja por el mundo provocando desmayos (cada vez que llega a un destino es como si aparecieran Los Beatles, y el efecto va a más) mientras Ancelotti  parece estar siempre apoyado en la viga de la oficina del sheriff de Tombstone, encendiendo cerillas en las paredes como si fuera Wyatt Earp, ya sea en el Nou Camp o en Los Cármenes.

 

Sólo le falta el sombrero, el bigote y el revólver, pues ya tiene el rostro, la estrella y el chaleco. Porque ese chaleco de Carlo es como su ceja, una seña de identidad igual que los puros del Coronel Parker, el manager de Elvis, hacia quien el Madrid con su dragón está dando sus primeros pasos para acabar jugando de lamé dorado. Esa mueca ciliar del entrenador es el percutor listo de su “juez de paz” imaginario, que se concilia con el chaleco de médico antiguo de los sesenta, esos galenos que fumaban en la consulta con olor a casa antigua y que curaban de una palmada en la espalda.

 

El Madrid tiene el sabor de lo nuevo y de lo viejo, de la modernidad y el clasicismo no en vano ya juega siempre a la hora del té. Uno vio el otro día en la televisión algunos minutos de la Octava, una octava lejana con la que no cuenta ningún club del mundo (las octavas vocales que Elvis, como el Madrid, coleccionaba) y a Casillas y a Raúl que parecían potros capaces de todo. Lo único raro es que quince años después, quince, el antiguo siete juega en el Cosmos mientras el portero sigue amarrado a la meta del mejor equipo del mundo, aunque también en esto habrá que dejar hacer a Carlo (no hay que olvidar nunca ese gatillo) como si todos los madridistas fuesen las sufridas esposas de los hermanos Earp acatando sus decisiones.

 

Y sin sufrimientos. Porque hay que disfrutar del espectáculo del estreno semanal con alfombra de amapolas donde Bale, en su regreso, quizá pueda desfilar como en casa con la furia de su propio dragón galés mientras su paisano Dylan Thomas le canta: “… la pelota que arrojé cuando jugaba en el parque aún no ha tocado el suelo…”, donde Kroos trace nuevos hemisferios con sus pases o donde Benzema, siempre Benzema, escriba versos, lánguido como si jugara igual que la estatua yaciente de Shelley. Cualquier cosa es posible en este mundo fantástico de taconazos, vaselinas, parábolas, triangulaciones o contraataques. Carlo y la fábrica de chocolate en la que el de Reggiolo da una palmada de médico antiguo, pero con las dos manos, y Cristiano marca gol.

 

Publicado en ‘El Minuto 7’.