Carlos Sanz y el arte de hablar de uno mismo

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Vista general de la exposición

Pocos hablaron de sí con tanta generosidad y menos ego. Si bien todas las obras de Carlos Sanz fueron autorretratos –como tendía a recordar el artista– no buscaban ensalzar ni perfumar con malditismo su figura, sino bucear en el cieno privado y dar testimonio sincero a una angustia. Quienes hayan padecido hemofilia entenderán cercana esta sensación de zozobra y alerta constante, los largos periodos de cama y la soledad infantil por miedo a los juegos atropellados de la niñez.

Esta circunstancia vital embebe su arte en existencialismo y expresionismo unidos por la subjetividad del abismo interior. Contemplar los cuadros de Carlos Sanz es asomarse a un desván, a habitaciones donde luces lúgubres iluminan paquetes envueltos difíciles de reconocer, que no se concretan, que se enredan en sí. Masas vivas o muertas, aun quietas, presas, disecadas. Bultos faltos de esqueleto y estructura. Apenas cuenta con imágenes antropomórficas en sus pinturas: las figuras se aparecen en la duermevela –desde la materialidad– como fantasmas, como formas subconscientes y desconocidas. La atmósfera onírica no se entiende como en el surrealismo, aquí no hay una manipulación de la realidad: ésta es su realidad, su modo de ver y de interpretar.

De esta manera, el proceso artístico se expresa como reflejo de la lucha interna. Materializar su oscuridad y temores le sirvió para canalizar sus emociones y conocerse a sí mismo. En su agonía y miedo destacan colores viscerales y violentos como los sanguinolentos rojos y marrones o los ácidos verdes y amarillos. Suerte de azul que sirve de contrapunto, igual que las ventanas, cuadros o espejos, que permiten la fuga en los cuartos cerrados. Los trazos devienen en su universo semántico: cama, carne, camilla, cuarto… Con detalles y resultados que recuerdan a artistas coetáneos como Francis Bacon, Lucio Muñoz, Manolo Millarés y José Vento.

No extraña su afán lector ni simpatía por autores como Camus, Kafka o Sartre, a quien homenajeó en varios de sus cuadros. Quizá de éstos, la negación en sus títulos: Ya no hay pájaros, No te quedes ahí, Pero no la luna, Por aquí no, No os mováis, No siempre es igual… El no-ser como parte del ser, como nada, como náusea (de ahí los colores y la fórmula expresionista).

Composición, 1971.

Apenas se aprecia rastro de naturaleza en la obra de Carlos Sanz que centró su atención en la ciudad. Así lo dejó entrever en sus lienzos, llegando a decir: “Yo soy muy urbano porque deliberadamente no voy al campo, ni he ido a la playa desde muy niño; mi vida acontece en sitios cerrados como en un pub, un museo, una biblioteca o un cine”. Empero, propiciado quizá por su historia clínica, no perdonaba los vinos con los amigos, las salidas por el barrio de Gros y por la Parte Vieja de San Sebastián. Una vida social con compromiso político, evidenciado en sus collages (a partir de 1963) y en su poesía, en rechazo de regímenes opresores y demás violencias.

De alguna manera, por medio del arte –Carlos Sanz– hacía política reivindicativa. Se vinculó al Partido Comunista antes de terminar sus estudios de derecho en 1964. Tres años después, inauguró su primera exposición en la galería Barandiarán en torno a “la alienación, la reificación, dominación y aniquilamiento”; como se aprecia, términos propios de la ideología marxista.

Desde entonces y hasta su muerte, su presencia en cargos de responsabilidad e institución fueron claros. Presidió la Asociación Artística de Guipúzcoa, participó en la redacción de los Estatutos del Grupo GAUR, fue parte de la junta directiva del Ateneo Guipuzcoano…

Homenaje a Sartre, 1980.

La pérdida tan temprana como trágica de Carlos Sanz impidió la trascendencia nacional e internacional de su figura y un mayor desarrollo de su pintura. La exposición Carlos Sanz, comisariada por Mikel Lertxundi, permite percibir las múltiples aristas del trabajo del artista guipuzcoano a partir de los 57 óleos, 46 dibujos, 16 collages, 3 grabados y diferentes documentos expuestos

 

Cuándo: Hasta el 22 de enero

Dónde: Sala Kubo Kutxa, Donostia – San Sebastián, España

Juan Alberto Vich Álvarez (1992) es graduado en Ciencias Químicas y en Filosofía. Realizó un máster en Filosofía, ciencia y valores en la Universidad del País Vasco. En la actualidad, es doctorando en la Universidad de Deusto, donde investiga el cruce entre la ecología, el arte contemporáneo y las instituciones museísticas. Es autor de la novela La siega (2017) y del ensayo Los problemas de tener un hijo suicida (2020). Fundó y dirige la revista cultural Trépanos, una publicación interdisciplinar de corte artístico, científico y literario.

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