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Mientras tanto‘Carmen’, otra vez no, por favor

‘Carmen’, otra vez no, por favor


Cartel de Carmen en el Teatro Real - Diciembre 2025
Cartel de Carmen en el Teatro Real – Diciembre 2025 – Enero de 2026

Para comentar la nueva producción de Carmen del Teatro Real podría perfectamente copiar la crítica que hice en Sul Ponticello para la otra producción de Carmen que se pudo ver en el Teatro Real en 2017, dirigida escénicamente por Calixto Bieto y musicalmente por Marc Piollet.

En resumen, tras ver estos dos montajes ¿puede alguien contar qué pasa entre Carmen y Don José? Qui lo sa. Aunque a tenor de los aplausos del público, se podría uno preguntar ¿a quién le interesa?

Porque sí, parece ser que el público ha respondido, a pesar de que no había ninguna diva ni divo, pagando lo que cuestan las entradas, aunque se las vendan con poca o nula visibilidad. Así que, en lo económico, chapeau. En lo artístico, es otro cantar.

Porque no, no es suficiente que Adriana González cante bien Micaela, y según las crónicas Miren Urbieta-Vega del segundo reparto haga lo propio, para salvar este montaje. Es un rol importante, pero aquí los que tienen que estar de toma pan y moja son los cantantes que interpretan Carmen, Don José y Escamillo y si lo pueden estar todos, mucho mejor.

No es que estén mal o que sean malos los de esta producción. Saben lo que se hacen y lo que se traen entre manos en términos canoros. Y sin haber escuchado a J’Nai Bridges, Aigul Akhmetshina, del primero, y Ketevan Kemoklidze, del tercer reparto, cantan bien. Quizás mejor esta última por el timbre de voz, el fraseo, su lirismo y ser mejor actriz.

Puede que lo que más defrauda sea la dirección musical de Eun Sun Kim, la directora de orquesta titular de esta producción. Entre acelerada y poco matizada para apreciar el sonido. Una forma de dirigir que permitía reconocer las partes icónicas, pero no disfrutarlas. Además, no alcanzaba ni el nivel de excelencia ni de riesgo que debería escucharse en un teatro como el Teatro Real.

Una dirección musical que mejoró con Iñaki Encina, a pesar de que cuando empezó hizo pensar que seguiría a pies juntillas la lectura de Eun Sun Kim. El español le dio flow a la música a pesar de que tampoco conseguía interesar del todo. A favor de los dos, hay que decir que gracias a su dirección la percusión sonó junto al conjunto, como una más, remando en la orquesta y no interrumpiendo el tejido sonoro que construía el resto de los instrumentos, excepto cuando su función era justo esa.

Otro tanto se puede decir de la dirección de escena de Damiano Michieletto. Tal vez, porque parece una copia de la de Bieito a la que le hubieran quitado o sustituido todo aquello que molestaba o que parecía un atrevimiento, como el torero que practicaba el oficio desnudo y a la luz de la luna. Así, en vez de legionarios, tenemos policías. En vez de niños de posguerra hambrientos, hay niños que se divierten jugando a vaqueros y tratando de obtener mercancía sin pagar de máquinas de vending. Un anacronismo pues ambas cosas no han coincidido en España, y el público español lo sabe.

Con una escenografía que propone los mismos espacios, paramos, que la versión de Bieito, aunque lo que se oye cantar a los bandoleros y gente de malvivir es que se tiran al monte. Y donde Bieito ponía nocturnidad y alevosía, Michieletto se queda en atardecer de colores desleídos y pálidos, adjetivos aplicables a su puesta en escena.

No habría nada que objetar si con todos estos elementos se contase y se cantase algo de lo que les sucede a los personajes. Pero aquellos espectadores que quieran saber que los lleva a meterse y mantenerse en una situación que conduce a la tragedia, cual es el tipo de vínculo o el funcionamiento de sus cabezas que expresa la música y la letra de esta ópera, va dado. Cuando la violencia de género, que se supone que de esto va la propuesta, es un tema del que la sociedad quiere saber y entender.

Todo esto ocurre porque se ha hecho una lectura superficial de la partitura y del libreto y la modernidad no ha revisado los tópicos, excepto para vestirlos de manera más cercana. Quizás pensando que, en estas fechas navideña, da un poco igual. Lo que se quiere, a ser posible, es una bonita banda sonora y descansar los oídos de los villancicos que se oyen en bucle en cualquier lugar.

Pero de la atracción loca que sufre el vasco, católico y patriota Don José por la gitana descarada y viva la Virgen de Carmen, poco se sabe. Haciendo un esfuerzo, según este montaje se podría pensar que él busca todo lo opuesto a su madre y a la enviada de esta. La primera, una enjuta mujer mayor, enlutada y con mantilla que se pasea por el escenario echando las cartas y repartiendo juego entre los personajes. La segunda, una mujer de aspecto monjil, de la que se pasa por alto su valentía para también tirarse al monte y meterse en la boca de esta banda de delincuentes errantes.

Aún se sabe menos de la que se produce en dirección contraria, es decir, de Carmen hacia Don José. Porque se intuye que a ella también le interesa él, más allá de usarlo como medio para librarse de la cárcel. Solo hay que escuchar lo que canta para saber cómo la conflictúa lo que siente por ese hombre, un tipo de hombre que a ella le duraría un asalto, pues esta a otras cosas. Y sin embargo le duele lo que le dice y le hace.

Una actitud bien distinta a la que tiene con Escamillo, el famoso toreador de esta ópera. Que en el pragmatismo interesado de Carmen simplemente le ofrece una buena salida de su amor por Don José, que tanto miedo le da, porque lo intuye como alguien con capacidad de acabar con ella, no físicamente, sino en lo que es.

Así que por mucho que gira el escenario para permitir que se vean exteriores e interiores en los que suceden las escenas, esto no tiene movimiento. Es decir, los personajes no evolucionan, les falta arco dramáticamente musical, porque el riesgo artístico no está presente ni sobre las tablas ni en el foso. No hay (a)puesta en escena ni (a)puesta musical.

El temor que permanece en la mirada crítica es que el público masivo que ha respondido a esta propuesta comprando entradas crea y piense que esto es la ópera. Y que tanto la dirección del teatro como su patronato al comprobar el beneficio económico que ha reportado se olviden de que este teatro, como teatro público que es, lo que debe dar son beneficios artísticos.

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