Carne de minero boliviano en Chile

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A setecientos metros bajo tierra, nadie quiere ser el primero en dar el último suspiro. Carlos Mamani quiere hablar por todas sus costuras pero apenas me revela ese secreto: Comer carne de minero –me dice– fue una posibilidad

 

Los 33 alguna vez pensaron en ejecutar el canibalismo para que la raza humana no se extinguiese en las profundidades de la mina San José de Chile.

 

A setecientos metros bajo tierra, nadie quiere ser el primero en dar el último suspiro.

 

Carlos Mamani quiere hablar por todas sus costuras pero apenas me revela ese secreto: Comer carne de minero –me dice– fue una posibilidad.

 

Pero no puede hablar más. Hay una película que se está por rodar y mientras no se estrene su boca será de piedra.

 

Pero callar le está perforando sus noches.

 

Ya no duerme como un bebé. Sus sueños son un nido de arañas y los sobresaltos en su cama de minero glorioso lo despiertan transpirado y con los ojos prendidos en el techo de su casa nueva en Copiapó. La vida de este boliviano, que fue uno de los 33 supervivientes de Atacama, ya no es esa música suave que era hasta antes del 5 de agosto del 2010, cuando la mina San José los libró de la muerte en sus refugios.  

 

Es la tercera vez que toco su puerta. Veo una metamorfosis en él y en lo que le rodea.

 

La primera vez fue el 13 de octubre del 2010, horas después de que el presidente de Chile Sebastián Piñera le diera la mano tras su asunción a la superficie del planeta. Había perdido diez kilos en los 69 días de haber vivido en la panza de aquella veta de cobre. Esa vez hablamos poco. En su antigua casa de cartón los periodistas de todas partes del mundo lo esperamos para que nos dijera qué se siente volver a nacer. Asustado por los micrófonos y por el destello de las luces, balbuceó algunas palabras y nos miró por los cristales de unas gafas que le daban un toque de Hollywood.

 

Carlos sabe que volveré a tocar su puerta a las tres de la tarde del 7 de diciembre del 2010. Abre la puerta de su casa pobre de la calle Padre Negro. Vive en un terreno inclinado agarrado de un cerro plomo.

 

—No hay en qué sentarse, me dice después de darme su mano de hombre altiplánico.

 

En una galería cubierta por una tela transparente, habilita una madera vieja y la convierte en una banqueta improvisada y cómoda.

 

Esa pobreza que ladra es un contraste eterno con el tamaño de su agenda: Carlos Mamani será nombrado ciudadano ilustre de Chile, bautizará a su hija Emily de un año y medio de edad y el padrino de la niña será el millonario Leonardo Farkas. También tiene anotado un viaje a Inglaterra para ver jugar al Manchester United y el diario El Deber de Bolivia lo ha nombrado personaje del año.

 

Su esposa, Verónica Quispe, a sus 24 años, está aprendiendo a hacer las maletas y a regalarle paz a un esposo dos años mayor que ella que durante las noches brinca como un conejo en la cama.

 

Mamani está viendo algunas cosas extrañas en la madrugada. Son bultos oscuros que se mueven como pilluelos y que cuando quiere darles alcance se hacen añicos.

 

Mamani está traumado, pero no loco.

 

La información que le dio su psicólogo de cabecera pagado por el Estado chileno es que se trata de un cuadro natural en quienes estuvieron sometidos a situaciones extremas. El insomnio, la crisis de ansiedad, la angustia, la depresión, la irritabilidad o las pesadillas son parte de ese menú que seguirá teniendo un año y cinco meses después. Eso lo sabré cuando lo visite por tercera vez. Entonces, él será amable y estará orgulloso de recibirme en su casa nueva de 26.000 dólares y de mostrarme su vagoneta Mitsubishi y de montarse en su moto ninja que le llegó de regalo.

 

—Todavía tengo un problema psicológico, me dirá y pondrá una cara de pena.

 

Mamani se embronca al tiro, a veces le grita a su esposa. En el trabajo no quiere conversar con sus compañeros, se aparta y se va solo a algún lugar a morder su angustia. Hay días en que está normal y radiante, y otros en que es chicoteado por la depresión. 

 

También me dirá que necesita un psicólogo particular.

 

Varios de los 33 tienen problemas parecidos. Hay algunos que no están trabajando y siguen con una licencia que a Mamani ya se la levantaron.

 

—Alguien de la Asociación de Seguridad Chilena –me contará– dijo que yo estaba bien sin hacerme los exámenes que correspondían.

 

Por eso ahora tiene que remar con sus propios recursos y abrir su billetera para contarle a un psicólogo, bajo secreto de confesión, las cosas duras que ha soportado bajo tierra.

 

—A vos no te las puedo contar hasta que no se estrene la película, me dirá.

 

Hay cosas que no necesitará decir para que se sepan.

 

Ahora, el boliviano más famoso en Chile vive en una casa nueva y chica de ladrillos y de cemento pintado, rejas negras en la entrada y dos habitaciones en la segunda planta. Todo lo que hay adentro es nuevo. De su vieja vivienda solo han traído la ropa. Carlos está sentado con Verónica en un living café. Emily –ahora de tres años– hurga sus juguetes con la solvencia de hija única.

 

—Uno no sabe cuándo va a morir.

 

El sobreviviente habla como un hombre sabio. La casa es suya y si algo le pasa, su esposa y su niña ya tienen una morada sólida que está abrazada por un aura de fe que Mamani profesa con mayor fuerza desde que su vida estuvo en peligro de muerte. En la sala hay cinco rosarios y la imagen de la Virgen de Guadalupe. También está ese letrero que dio la vuelta al mundo: Estamos bien en el refugio los 33, y un póster con la imagen de Felipe Camiroaga, el periodista de la Televisión Nacional de Chile que en septiembre del 2011, junto a 17 pasajeros y tres tripulantes, murió al estrellarse el avión bimotor de la Fuerza Aérea en el archipiélago Juan Fernández.

 

Cuatro días después de aquel siniestro, en Bolivia se cayó un avión con nueve pasajeros y dos tripulantes. El único superviviente fue el hombre de 35 años de edad que iba en el asiento número nueve.

 

Carlos quiere conocer a Minor Vidal. Me dice que con él puede dar charlas de superación personal.

 

Minor ha vuelvo a volar en avión y Carlos no está dispuesto a meterse en un socavón aunque le paguen millones.

 

El minero ha superado la pobreza, pero tiene pendiente matar sus demonios que lo torturan cuando se mete en la cama

 

 

*     *     *

 

La orureña Verónica Quispe tiene la fuerza de un socavón. Es la centinela de Carlos Mamani, el faro que lo conduce a puertos seguros. Es la que lo ayuda a encontrar el sueño antes de que los bultos se lo coman en sus sueños livianos.

 

Carlos sufre de noche pero de día es el rey de la gente. Cuando camina por las calles de Copiapó le piden posar para la foto. Su fama a veces abruma.

 

Con él ahora estoy dentro de un avión que nos transportaba a Santa Cruz de la Sierra. Lo estoy llevando a Bolivia para la ceremonia en la que recibirá de El Deber la estatuilla de personaje del año. Le piden autógrafos a cada paso. Las azafatas de la línea aérea le sonreirán en todo el vuelo. Es diciembre de 2010.

 

Un día antes de que marchemos a Bolivia, hizo bautizar a Emily en la iglesia del barrio Pedro León Gallo de Copiapó y el padrino de la niña ha sido el magnate Leonardo Farkas. El empresario rubio le ha regalado una cuenta en el banco para que sea utilizada en los gastos que demandarán los estudios universitarios de su hija.

 

La noche antes los Mamani bailaron en la boda de otro de los 33 mineros. Claudio Yáñez se casó con Cristina Núñez, la mujer a la que le prometió matrimonio cuando aún no se sabía si iba a salir con vida de abajo.

 

En Santa Cruz también le hacen la venia. En el aeropuerto de Viru Viru los oficiales de migración lo sacan de la fila que los pasajeros hacen para ingresar a la ciudad. Se alojó en la suite de un hotel donde durmió Julio Iglesias.

 

La fama del minero glorioso está en su auge. Carlos no sabe que dentro de nueve meses, el mismo día en que se celebre un año de su rescate, será detenido por carabineros de Chile y puesto en un calabozo, que se le cerrarán las puertas de trabajo y la gente en la calle lo mirará como a un canalla.

 

 

 *     *     *

 

El 13 de octubre del 2011, el diario Atacama de Copiapó publicó: «Mamani fue detenido en su casa tras recibir una denuncia de violencia familiar». La gente en las calles decía que el minero boliviano había pegado a su mujer después de haber sido encontrado con su amante.

 

No había pegado a nadie. Pero a esta altura –me dice en esta mi última visita, cuando nos encontramos en su casa nueva– el escándalo le cambió la vida y lo redujo a ciudadano común y corriente. De la gloria al rechazo, de la fama al olvido. Pero se repondrá; Mamani es uno de esos casos en los que cuando está a punto de perderlo todo, se levanta o lo levantan para volver a empezar de cero.

 

Mamani resume su pasaje caótico:

 

—El padre de mi esposa se trajo a Copiapó una chica de 22 años de Bolivia y la presentó como una sobrina. Mintió. Mi esposa creyó pero yo sospeché que no era así y la mandé a ella a que averigüe. Y justamente los pilló en vivo y desnudo.

 

El suegro estaba encerrado en su casa con su falsa sobrina, cogiendo bajo el aire que entraba por la ventaba sin vidrios. Verónica los vio con el asombro de un gato y les sacó fotos en silencio.

 

—En la tarde mi esposa y mi cuñado fueron a reclamarles a mi suegro y a su amante y yo los llevé en la vagoneta. Ese fue mi error. A la chica le cortaron un pedazo de cabello. Se armó un escándalo. Mi suegro hizo fuerzas para quitar la tijera y le cortó en una mano a mi cuñado. Como la herida era profunda lo llevé al hospital, donde después llegó mi suegro con dos carabineros. Ahí empezó el problema. Nos acusó de que los habíamos maltratado y a mí y a Verónica nos llevaron al calabozo, nos pusieron tras las rejas como delincuentes.

 

Después fueron a la fiscalía. Su suegro –cuenta Carlos– llamó a la prensa de Copiapó porque era 13 de octubre, un año del rescate de los 33. Los Mamani no fueron a la ceremonia de festejos porque a las dos de la tarde estaban en el juzgado. Lo llamaron sus familiares de Bolivia y periodistas de diferentes partes del mundo porque escucharon que había pegado a su esposa.

 

El juez les dio libertad bajo compromiso de firmar una vez al mes un cuaderno de buena conducta.

 

—Me afectó mucho a mi imagen.

 

Carlos fue en busca de trabajo. Se topó con las puertas cerradas. Le decían:

 

—Con la cagada que te mandaste. No.

 

Estaba destrozado.

 

Ni bajo esa tormenta pensó buscar refugio en Bolivia. La propuesta de trabajo que le hizo el Gobierno de Bolivia se la pasó por la raja.

 

Ni bien fue rescatado, el presidente Evo Morales le ofreció que agarrara sus maletas, que vuele a Bolivia, que trabaje en YPFB y que si hace eso le regalará una casa.

 

—No me convenció la oferta. Esa pega me iba a aguantar dos o tres años. Hay mucha envidia en mi país, dice, sentado en ese sillón que también es nuevo.

 

Alrededor está todo lo que tiene: su casa, su televisor, su vagoneta en el garaje. Cosas que ha comprado con el dinero que le han donado empresas y algún millonario como premio a la supervivencia. 

 

Ahora también tiene un empleo. El dueño de una compañía constructora le dio una oportunidad y su trabajo consiste en operar maquinaria pesada. Gana para que a su familia no le falte el pan de todos los días. Vive igual que antes solo que ahora el techo que lo cobija es de cemento y no de cartón. Pero hay algo que antes podía hacer y que ahora ya no: hablar con libertad.

 

Si se atreve a revelar los olores de los 69 días dentro de la mina San José, puede fregarle el pastel a una empresa cinematográfica de Hollywood.

 

Hace rato se arriesgó. Estiró la lengua cuando dijo que abajo habían pensado en comerse entre ellos en caso de que alguien muriera. Ahora me pasa otro dato inofensivo. Cambió de equipo de fútbol por una lata de leche.

 

—Yo era hincha del Colo Colo hasta antes del accidente en la mina San José. Ahora soy de la U. El poder del hambre pudo más cuando estaba bajo tierra. Me compraron con un tarro de leche. Tenía hambre y un compañero me preguntó de qué equipo era; él siempre me pasaba su latita de leche cada día porque no le gustaba. Un día me puso condiciones. Me dijo que si no me cambiaba de equipo iba a suspenderme ese alimento. Acepté. Cuando salimos del encierro los jugadores de la U me mandaron una camiseta con sus firmas.

 

Carlos ya no sueña con ser futbolista ni policía. Ahora quiere ver crecer a su hija y que la puta película se filme, se estrene y derribe taquilla.

 

—Ojalá que salga. Será una ayuda grande y si Dios quiere con eso me voy a Bolivia por mi propia cuenta, sin la promesa de ningún político.

 

Carlos cree que las pesadillas y los saltos en la cama son porque no puede contarlo todo.

 

Solo las cosas buenas Carlos, le recuerda Verónica. 

 

El minero, después del ascenso a la superficie, viajó por varios países donde lo adularon como a un niño.

 

—También acuérdate del crucero titánico en Atenas, de la montaña enorme de Disney.

 

Pero eso no es suficiente para un alma herida.

 

—Si ahora empiezo a recordar me voy a poner a llorar.

 

Verónica no quiere que esta noche su esposo salte en la cama.

 

—Nadie te va a comer, amor.

 

 

 

Este texto está incluido en el libro Crónicas de perro andante, de Roberto Navia Gabriel y Claudio Ferrufino-Cocqueugniot, que acaba de publicar la editorial La Hoguera. Se puede adquirir aquí.

 

 

 

 

Roberto Navia Gabriel (Bolivia, 1975) es periodista. Coautor de Un tal Evo, biografía no autorizada del presidente Evo Morales que escribió con Darwin Pinto, y que les valió el premio Ortega y Gasset. En FronteraD ha publicado Esclavos made in Bolivia y, con Tuffi Are, El extraño caso Rózsa, el húngaro que iba para jefe de policía en Bolivia

Autor: Roberto Navia Gabriel