Carne y hueso con ínfulas

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Anoche, buscándole explicaciones a mis desvelos, terminé recalando en un recuerdo de mi adolescencia: mi compañero de pupitre había sacado un diez en Historia, así que estaba pletórico, convencido de su potencial; sin embargo, al salir del colegio, justo cuando iba a subirse al autobús de vuelta a casa, midió mal la altura de las escaleras y se dio un trompazo que le hizo cambiar de idea. Había demasiada gente, y la escuela es una selva: pasó de la gloria a los infiernos en una mañana. Aquella caída me sobrecogió, fue diferente a las anteriores que había sufrido o presenciado. Por primera vez, reparé en los caprichos de la fortuna.

Desde entonces, opté por la cautela. Es decir, consciente de que mi imperfección podía manifestarse en cualquier momento, decidí no bajar la guardia. Por ejemplo, si marcaba un gol, no lo celebraba en exceso, pues luego podían hacerme un caño. Creérmelo demasiado, en contraste con un posible ridículo, haría más doloroso el golpe. Los miedos de la adolescencia provocan este tipo de conductas. Y aunque con el tiempo se corrijan —porque tampoco se puede dejar de sonreír por si se te cae un diente—, siempre queda algo.

Ahora pienso en esto en relación con las redes sociales, que son como nuevos patios de colegio, y creo que, en mi caso, provocan el mismo efecto. Evito venirme arriba más de la cuenta; nada de pavoneo, nada de desdeñar todo lo que se ponga por delante. Además, me imagino a alguien pontificando en Twitter, con su diez en redes sociales, que de repente pisa una mierda, o que recibe una colleja de una señora que le avisa de que ha llegado su turno en la caja del supermercado, y el golpe de realidad me parece estrepitoso.

Cada vez somos más lo que queremos proyectar, y esto es peligrosísimo, porque nuestro personaje ya no se interpreta en la realidad; podemos olvidar hasta dónde estamos. Los psicólogos hablan de la reactividad: el cambio de comportamiento de un sujeto al sentirse observado. ¿Y quién no se siente observado casi continuamente hoy en día? Lo malo es que vivir interpretando un papel multiplica las posibilidades de error y de frustración.

Por eso me decanto sin complejos por la frivolidad: no quiero chocarme con una farola mientras doy lecciones de moral en Twitter. La frivolidad por honradez, por decoro, por salud. Creo que así amortiguo mejor los golpes, que vendrán. El guantazo de realidad, sin picor, mucho mejor. Es por eso por lo que, después de un rato pensando cómo inaugurar mi blog en Frontera D, al final he apostado por anticiparme a futuras curas de humildad.

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