Carta a Vala Nureddin, de Nazim Hikmet (1902-1963)

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La poesía es la distancia más larga entre un ser humano y su claudicación.

 

La poesía es la distancia más larga entre un ser humano y su claudicación.

 

En Guinea Conakry el precio de la cesta de la compra se ha doblado en los últimos meses. Las calles de la capital rezuman suciedad, hedor y militares. Hace casi un año murió el dictador y su ausencia ha sido usurpada por delfines armados que se disputan las sobras de la rapiña.

 

Los políticos de la oposición aúllan contra el joven soldado criminal que está en ahora en el poder tras haber servido al viejo soldado criminal que antes estaba en el poder. Unos y otros levantan las banderas de su etnia y empuñan sus orígenes como el delator su bolsa de monedas. Alebradas, al fondo, las multinacionales aguardan el final de la reyerta para poder continuar con sus negocios.

 

No encoge la pobreza. Al caer el día camino junto a los niños que pasan la noche en las aceras, descarrilados de su futuro. Se acurrucan en los soportales, frente a los mercados. Son críos sitiados por la realidad: amputados de educación y herramientas sobrenadan los barrios sin asfalto ni alcantarillado de un país urdido en la injusticia. Si, como decía Baudelaire, la patria es la infancia, ellos pernoctan en el exilio. A su alrededor los muros se suben a hombros de otros muros y nadie conoce la contraseña al después. Es éste un buen lugar, estarás de acuerdo, para orquestar la insurrección del alba.

 

Porque es precisa. En el Norte los agoreros mugen su desconsuelo crisis abajo: quejumbrosos recuentan billetes y acusan a los inmigrantes de agusanar el almacén, de emponzoñar las esencias. No debería tener derecho al lamento quien posea paz, techo, comida y libertad, al menos hasta que éstos no sean los cuatro puntos cardinales de cada hombre.

 

Aún adolescente leí por vez primera a Nazim Hikmet. Hikmet fue un poeta turco que pasó dieciocho años en prisión por sus ideas y doce más en el destierro. Durante su estancia en la cárcel siguió haciendo versos mientras afuera los principales intelectuales de la época pedían su liberación. En 1946, deteriorada su salud por los inviernos entre rejas, escribió este poema en forma de carta a su viejo amigo Vala Nureddin.

 

 

CARTA A VALA NUREDDIN

 

Hermano mío,

enviadme libros con finales felices,

que el avión pueda aterrizar sin novedad,

el médico salga sonriente del quirófano,

se abran los ojos del niño ciego,

se salve el muchacho al que mandan fusilar,

vuelvan las criaturas a encontrarse las unas con las otras,

y se den fiestas, se celebren bodas.

¡Que la sed encuentre al agua,

el pan a la libertad!

Hermano mío,

enviadme libros con finales felices,

esos han de realizarse

al fin y al cabo.

               (17-3-1946)

 

 

Por doquier el mundo se infecta de prosa. La democracia le ha dado el poder al pueblo, pero a condición de que no intervenga en la historia. Nos hemos ido convirtiendo en nuestros predicados: ahora los galeotes eligen al cómitre, mas continúan remando silenciosamente en su bancada. En la pared de un hostal de Uyuni, en el altiplano boliviano, vi un cartel con la errata más lúcida imaginable: ‘Por favor, no votar basura’.

 

Se acumula el sarro entre los labios de las urnas: igual que la limosna aliviaba la conciencia para no tener que ocuparse de la iniquidad social, el voto disculpa del deber de participar en las discordias y anhelos del presente. Los poseedores usan la primera persona del plural como alcazaba contra los desposeídos y los desposeídos usan la primera persona del plural como ariete: enjaulados en sus nosotros enristran el miedo prefiriendo la derrota de la humanidad. Púdranse tras sus verjas plañideras y atemorizados, son inservibles.

 

Urge que las madres den a luz poetas sin nación capaces de proponer paradigmas nuevos que nos ayuden a vadear el llanto, a destrizar las banderas, a compartir la mesa. Urge que propendamos hacia el todos, donde residen los desenlaces luminosos, los que nos pertenecen desde siempre.

 

Como escribió el poeta turco encorvado y enfermo una noche dentro de su celda, esos han de realizarse, al fin y al cabo.

Gonzalo Sánchez-Terán ha trabajado desde 2002 implementado proyectos de emergencia en campos de refugiados y desplazados internos en Guinea Conakry, Liberia, Costa de Marfil, República Centroafricana, la región de Dar Sila, en la frontera entre Chad y Darfur, y la frontera entre Etiopía y Somalia.En 2001 publicó el poemario, Desvivirse (ed. Visor); en 2008, junto al periodista Alfonso Armada, el epistolario, El Silencio de Dios y otras metáforas. Una correspondencia entre África y Nueva York (ed. Trotta); y en 2020, Si esto sirviera para hablar del río. Diario poético del año de la pandemia (ed. Franz).

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