Carta extemporánea al excelentísimo señor don Carlos Dívar

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Querido cuñado:

 

Antes de todo, decirte que la familiaridad que yo reclamo ahora tiene su asiento en las calabazas que recibí, de ello hace años, de una coterránea tuya que pertenecía a este grupo de personas nacidas solamente para la contemplación del ombligo propio. Pronto desistí en mis requiebros porque descubrí la naturaleza pertinaz de la vanidad humana, en mi feliz caso, femenina.

 

Aclarado estos extremos familiares, voy a centrarme en los verdaderos motivos de mi misiva. Enhorabuena, señor don Carlos, cuñado, y que le quiten lo bailao, como se suele decir en romance más llevadero. Albricias, Carlos Dívar, porque es el primer presidente del CGPJ que dimite desde la instauración de la democracia en España. Sí, querido cuñado, es un gesto que te honra y echa el oprobio sobre otros que, habiendo sufrido bajo la sospecha de omisiones más llamativas, se han aferrado a su cargo.

 

Hechas las loas de rigor, señor don Carlos Dívar, me permito la molestia de refrescarte la memoria, amparándome en la familiaridad que nos une. Para empezar, tengo que recordarte que durante el ejercicio de tus altas funciones permitisteis, tú y otros como tú, que la sombra de la duda planeara sobre la Justicia española, de manera que muchos hombres “honorables” se sirvieron de esta circunstancia para un medro económico sin parangón. Señor Carlos Dívar, la cuantía de los dineros ilícitamente desviados por los servidores del poder público es tan elevada que nos quedamos cortos en la catalogación de vuestra actitud, lo que nos permite decir que en vez de sombra tenue, lo que afectaba a la Justicia era una general ceguera.

 

Ya temíamos, señor don Carlos, que aquella actitud permisiva iba a permitir el desvelamiento de acontecimientos llamativos que socavarían la pax hispana, con gravísimas consecuencias para la convivencia en toda España. Sí, querido cuñado, lo que ocurrió fue una pasada, como suele también decirse en lengua de andar por calles, pues fue como una conspiración de los servidores públicos para vaciar las arcas del país. Con este mirar al otro lado, permitieron que se desmantelara casi el estado de bienestar, permitiendo la creación de unos agujeros por donde se escaparon varios años de ahorro, sudor y esperanza.

 

Con esta incuria, señor don Carlos, permitieron que los jiferos que aturden nuestras vidas allá abajo se crecieran en su malicia y se movieran entre vosotros como tiburones en el arte de hurtar al pueblo lo que le corresponde y pudieran ocultar entre vosotros los frutos de aquel latrocinio con dolorosas consecuencias. Un poco, querido cuñado, te hablo de la saga acaparadora de nuestro jefe Obiang. Con esta incuria, señor don Carlos, hicieron que los aniquiladores de almas encontraran refugio en vuestra casa y hasta hubo un gran colega tuyo que porfió con quien quiso en su intento de que el aniquilador de las vidas guineanas justificara sus crímenes en el Parlamento español. Un burdo intento abortado, querido cuñado, por un grupo irreductible de españoles que aún sobreviven en esta lucha desigual contra este resultado de mirar al otro lado mientras la ciudad se consume en voraz incendio.

 

En mi cordial misiva, señor don Carlos, cuñado inmarchitable, hay tiempo para un tema baladí, como el fútbol. Sí, señor, porque por vuestra incivil actitud, tú y los que son como tú han permitido que toda España aborreciera el fútbol, un noble deporte en que, por azar del destino, y por la especial circunstancia de un clima favorable y de una progenie atrevida, han sabido destacar. Sí, señor don Carlos, porque atenazados por una carestía dineraria sin precedentes, o con precedentes cavernarios o prebélicos, los hombres, mujeres y niños de esta España no tendrán las agallas de celebrar en alto las victorias de su fútbol, porque empequeñeciendo con su exquisitez a las demás selecciones, siempre saldrá el extranjero que les recuerde que es tontez mayúscula celebrar la victoria ante un rival económicamente más solvente. Es por esta vía, querido cuñado, por la que se oscurecen las victorias hispanas y se mina la voluntad de un pueblo que decidió la vía del voto para elegir a sus representantes, aunque no fue tu caso. Por esta vía, señor don Carlos, las victorias olímpicas, las gestas automovilísticas o las proezas balompédicas serían materia de burla y escarnio, pues dirían de España que es un pueblo de bailar y gozar mientras los otros laboran. En símil futbolístico más apropiado, quedas fuera de juego si marcas un gol al que te puede salvar la vida, sobre todo si el juez de la contienda es un teutón.

 

¿Y sabe qué, señor Carlos Dívar? El destino cósmico no ha quedado impasible ante tanta incuria. Y ha cobrado una particular venganza de ti, pues ha permitido tu caída por el uso doloso de una cantidad que no es nada, pero simbólicamente suficiente para recordar viejas historias de venganzas y traiciones al deber obligado: 30 monedas, apenas calderilla para ser el dueño del segundo sueldo más alto de todo el reino, y sobre todo, cuando otros se han llevado unas cantidades que darían para dar vida a toda una ciudad. Es la historia repetida del que ríe último, señor don Carlos.

 

Acá entre los que leen no ha transcendido la identidad del comensal con que compartía las suculentas rebajas que le hacían los dueños de los negocios a los que frecuentaba, y eso porque no es bueno fijarse en menudencias cuando hay temas de mayor cuantía, pero el creciente rumor, que nunca debe ser tenido en menos, de que el umbroso comensal es nativo de un país que ha sabido dar acogida balompédica a muchos nativos del continente que hubiera sido de ídem de mi esquiva amada nos permite recordarte que tu caída en desgracia por causa de una sola persona, sea hombre, mujer o el sexo intermedio, es el máximo castigo por haberte olvidado de que el ejercicio del servicio público se hace para el beneficio de personas anónimas, carentes de abolengo rancio. Son ellos los que deberían merecer el desvelo de la Justicia, que hasta ahora se había limitado a mirar hacia otro lado ante los grandes latrocinios de los servidores del poder.

 

Mientras te acomodes en tu nuevo asiento de servidor público defenestrado por presiones íntimas, me embarco en la tarea de que se conozcan en profundidad los tejemanejes del dictador que nos ha tocado en suerte, en un esfuerzo titánico por hacer habitable el país que hubiera sido de una paisana tuya a la que por tu cargo debiste ayudar para cortar las alas de unos delincuentes que nunca debieron tener acá acogida.

 

Barcelona, 25 de junio de 2012

 

Juan Tomás Ávila Laurel. Es un joven y prolífico escritor, residente en Malabo, donde ejerce como técnico sanitario. Se ha convertido últimamente en un exitoso y asiduo conferenciante de numerosas universidades extranjeras. Ha representado a su país en importantes foros internacionales y ha sido conferenciante invitado en España, Reino Unido y Estados Unidos. Su obra se caracteriza por un compromiso crítico con la realidad social y politíca de su país y con las desigualdades económicas. Estas preocupaciones se traducen en una profunda conciencia histórica, sobre Guinea Ecuatorial en particular y sobe África en general. Tiene más de una docena de libros publicados y otros de inminente publicación, entre ellos las novelas y libros de relatos cortos La carga, El desmayo de Judas, Nadie tiene buena fama en este país y Cuentos crudos. Cuenta tambien con obras de tipo ensayístico, libros de poemas y obras de teatro.