Carta sobre Hegel

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Sobre todo, pensad en nuestra imparable velocidad de actualización. Este relevo constante de noticias, conceptos y logos; está indetectable imposibilidad de pararse que padecemos en el panóptico de una actualidad que no conoce descanso. Todas las películas de terror comienzan con una interrupción de las comunicaciones: también esto es "Hegel". Una vigilancia, en efecto, que ya no necesita vigilantes, pues el control está incrustado en los paneles cambiantes del día, en este poder que nos envuelve jugando, como una tabla de surf con la espuma siempre lista.

 

Tal como prometí, con un poco de retraso, me pongo a bosquejar la idea de esa sesión «sobre Hegel» de la que hablamos anteayer. Os decía que me parece no sólo un tema filosófico y académico muy pertinente. No sólo sigue habiendo muchos hegelianos inteligentes. Como decía Foucault, Hegel siempre nos espera detrás de la última figura con la que queremos atraparlo, sea para dejarle de lado o para serle fiel.

 

No es únicamente eso, no sólo (después de Nietzsche, Heidegger, Deleuze y Agamben) sigue habiendo muchos admiradores del maestro pensador del Idealismo Alemán. Además, de manera implícita o anónima, «Hegel» está muy incrustado (por no decir empotrado) en nuestros hábitos cotidianos, en el presente incesante de esta aldea global tan poco filosófica. Juraría que hasta el peso constante de «América» en Occidente, también en Alemania y Francia, tiene algo que ver con el relevo (ahora en espectacular cromatismo americano) de la intocable Ilustración y la consiguiente sacralización de la Historia. Es posible que USA haya simplemente tomado el relevo de Inglaterra, Alemana o Francia en el credo de la teleología histórica, en su religiosa desconfianza hacia la bárbara tierra exterior, los pueblos sin historia y la existencia durmiente de las cosas.

 

Se trataría entonces de encarar el canon Hegel, su rabioso «efecto anti-romántico» en este presente. Ya la admiración de Whitman hacia Él tenía que ver con una obsesión muy simple: dejar de una vez atrás el universo sombrío y melancólico del viejo mundo (también a Poe) y traerlo todo, también los fantasmas, a la luz del día. Por hacer una broma demasiado fácil, como si la modernidad (también en su versión más tardía) consistiese en derretir lo vampírico de nuestros espectros nocturnos en la radiación de un día sin pausa.

 

El adelgazamiento de todo lo existencial, el imperio del pequeño formato, ¿no ha acentuado tal efecto diurno? Fijaros cómo nuestra civilización asedia la noche, cómo la expulsa de todos los rincones con una iluminación intensa, una movilización y unas habladurías (Gerede) que no cesan. Aparte de la significativa aversión a los solares vacíos y al tiempo muerto, me refiero también a la idolatría global hacia el cerebro. Lo cerebral como más acabada droga de diseño. La información como la sedación profunda (tanto, que puede sonreír) que nos impide vivir y sentir, que desactiva constantemente esa «vacuola de no comunicación» que es necesaria para que ocurra algo, sea en el campos perceptivo, conceptual o sentimental.

 

Sobre todo, pensad en nuestra imparable velocidad de actualización. Este relevo constante de noticias, conceptos y logos; está indetectable imposibilidad de pararse que padecemos en el panóptico de una actualidad que no conoce descanso. Todas las películas de terror comienzan con una interrupción de las comunicaciones: también esto es «Hegel». Una vigilancia, en efecto, que ya no necesita vigilantes, pues el control está incrustado en los paneles cambiantes del día, en este poder que nos envuelve jugando, como una tabla de surf con la espuma siempre lista.

 

Espuma. Me pregunto ahora si la pornografía, como pasión universal de la comunicación y de toda esta época, no es «en el fondo» (valga la paradoja) el colmo del puritanismo, el sueño de una precipitación inocua del tiempo. Un genial simulacro de acontecimiento que no nos implica personalmente, ni nos envuelve anímicamente, pues preserva nuestro retiro en el aislamiento clínico. Se habría logrado así la cuadratura del círculo: que el afuera pase adentro. Al fin la unión de vida y economía, de biopolítica y espectáculo. Una personalización de la desencarnación, de esta global despersonalización que nos ha convertido en zombis, entre nosotros mismos y para los otros.

 

¿Canon Hegel? Sí, lo absoluto no es sujeto, sino objeto, inmediatez de un aura sensible. Precisamente lo absoluto es objeto, singularidad inagotable de una apariencia, porque la alteridad de lo real acaece en lo absoluto de una mente cualquiera (Berkeley), experiencia para la cual la palabra «racional» o «conciencia» distan mucho de ser suficientes. Si quisiéramos acercarnos a todas las culturas que hemos bombardeado, sería necesario regresar a esa individuación sin sujeto(Deleuze) que suspende por un momento la prisión antropocéntrica, con o sin narcisismo, que nos retiene. Me comprometo a exponer ordenadamente algunos nudos de esta malla flexible que nos narcotiza: el sueño de la superación, «ese bonito sueño de la filosofía» que es inseparable de la divinización de la historia contra la que piensa Benjamin, ese tiempo «uniforme y vacío» cuya función clave es impedir el acontecimiento del tiempo, ese instante por el cual todavía podría «entrar un mesías»; la dialéctica como modo sutil y dinámico de conservar las oposiciones metafísicas; también lo negativo como motor de ese imperio del Sujeto y la Historia bajo el cual seguimos prisioneros; la filosofía como sistema, que deja el pensamiento en manos del experto dialéctico: es decir, la erudición filosófica como policía, la hegemonía de la Universidad sobre el pensamiento, del conocersobre el pensar; el pesado peso de esas figura espirituales de la eticidad (la familia, la sociedad civil, el estado) que ha supuesto el fin de la errancia, la solución final a la posibilidad de devenir en medio de este estatismo continuo… Etcétera.

 

Pero un etcétera no muy largo: 30 o 40 minutos iniciales para después pasar al debate. Una discusión donde debería haber «un poco de todo», personas muy solventes en filosofía y otras (¿artistas?) solventes en ese rigor de vivir que no tiene por qué expresarse en conceptos filosóficamente estabulados.

 

Una sala llena, aunque hubiera poca gente, donde jamás nos sintamos en casa. Mala cosa, creo, que empezáramos con sólo veinte caras y todas ellas conocidas del circuito. Mala señal, aunque no sería el fin del mundo: todavía podría ocurrir algo. Una buena relación moral con lo inhumano, dijo un día el poeta G. Snyder. Recuerdo una sesión electrónica inolvidable, en una terraza de la Casa Encendida cargada de gente que ni conocías de vista, donde un dj de Chicago suspendió la ley de la gravedad dejando caer a cada cuerpo en su peso. Esa es la idea, el dios que ha de bailar, el laberinto de la línea recta, el vuelo que nace de la gravedad. La exterioridad que nos deja por fin vivir y tener alma. Claro, algo necesariamente contingente. En una atmósfera a la fuerza nietzscheana: el niño que es capaz de jugar con el ser del devenir. La ley del azar y el juego de la necesidad. Es posible que esa tarde nos exigiese a todos devenir niños, empuñar la infancia que dormita bajo la historia. Y ser un poco artistas en el sentido de Simone Weil, logrando una reconciliación del azar y el bien.

 

Otra vez: el dios necesariamente contingente. Sólo ese dios puede salvarnos de la legión de salvadores que nos asedia, desde los nuevos políticos a los viejos profesores de filosofía. Aunque, tengamos veinte o setenta años, es difícil ser niños en medio de una sociedad que se ha infantilizado como mejor forma de ser cruel, despiadada con el afuera que nos envuelve por dentro.

 

Una sesión híbrida, que busque un ala filosófica y académica (tiene que haber, dentro del rigor hegeliano, pensadores que se puedan hacer preguntas impertinentes) y un ala civil, externa al campo académico, pero que a través de su modo de vivir y de dosificar el tiempo pueda plantearse cuestiones osadas, que nos dividan antes de lograr una comunidad efímera. Por ejemplo, os decía, discutir es idea de que «lo verdadero es el todo», idea que nos ha convertido (en contra de Spinoza) en un todo que nunca llega, que nunca se cumple en nuestro día aplazado en partes, pues depende del experto en paratodear (Lacan) que nos ha convertido en esclavos domésticos del fragmento que siempre mira a la pantalla del mañana. No sé si me explico: la «instantaneidad» numérica como forma personalizada de la teleología.

 

Tal vez debamos dejar en suspenso si estamos pensando en una sesión inicial de un ciclo posterior por fijar o, por el contrario, se trata de una sesión única que no puede tener continuidad, ni debe buscar prolongación alguna en el tiempo, por más que su hipotético polen quedase por ahí.

 

¿Textos de referencia? Naturalmente, la Fenomenología. Y algunos documentos, a veces muy serenos, que quisieron liberar a la modernidad de la malla dialéctica: Kierkegaard (Temor y temblor…) y Nietzsche (el prólogo a la segunda edición de El origen de la tragedia; esa soberbia Segunda Intempestiva…); cierto Wittgenstein esquinado en el Tractatus; casi todo Benjamin y Deleuze; cierto Heidegger, aun con sus escandalosos titubeos; algún Agamben… incluso algún librito de Virilio, Baudrillard y Han. Esto por no hablar de una filosofía clásica, con frecuencia distorsionada o ignorada por la interpretación heideggeriana, que (de Platón a Leibniz, de Aristóteles a Berkeley) es mucho más actual que el mejor Hegel.

 

Pero debíamos estar tranquilos por este lado. Se trataría de una sesión bastante minimalista, muy poco erudita y reduciendo las citas al máximo. Es parte crucial del reto, como os decía, merodear a Hegel desde el delirio del sentido común… aún a riesgo de hacer el ridículo. Os hablé, y esta es la idea, de una sesión breve y un poco terrorista. «Intensa y violenta», como decíamos hace dos días. Una sesión que de entrada evite caer en la trampa de la intrincada complejidad hegeliana, aún a riesgo de parecer aquí o allá un poco naïf u oriental.

 

Finalmente, en cuanto al escenario. Quizás habría que buscar un sitio nuevo, con cierta «virginidad». Pero en el centro de Madrid, sin que pongamos dificultades añadidas de desplazamiento (bastante «desplazamiento» va a haber ya en la sesión). Una sala de las E. Pías podría estar bien, pero no sé, tal vez se la asocia a un mundo filosófico particular. Quizás se podría conseguir una galería de arte amplia. O una sala de Matadero, o de la Casa Encendida, o de la Fundación J. March. Lo tanteo, lo tanteamos.

 

No os canso más por hoy. Abrazos,

 

Ignacio

Ignacio Castro Rey es doctor en filosofía y reside en Madrid, donde ejerce de ensayista, crítico y profesor. Siguiendo una línea de sombra que va de Nietzsche a Agamben, de Baudrillard a Sokurov, Castro escribe en distintos medios sobre filosofía, cine, política y arte contemporáneo. Ha pronunciado conferencias en el Estado y en diversas universidades extranjeras. Como gestor cultural ha dirigido cursos en numerosas instituciones, con la publicación posterior de siete volúmenes colectivos. Entre sus libros últimos cabe destacar: Votos de riqueza (Madrid, 2007), Roxe de Sebes (A Coruña, 2011) y La depresión informativa del sujeto (Buenos Aires, 2011), Roxe de sebes (Fronterad, 2016), Ética del desorden (Pretextos, 2017). Acaba de publicar Sociedad y barbarie, un ensayo sobre los límites de la antropología en Marx.