Cartas a Godot

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El afan de las dictaduras de silenciar a sus intelectuales es una práctica recurrente y atemporal.

 

Yo nací en un gran país,

junto a la boca de un río.

Siempre en invierno se helaba.

Y no he de regresar.

                     (Joseph Brodsky)

 

 

En este momento estoy aniquilado… Ha llegado a arraigar en mí una psicología de detenido.” “He desperdiciado mi vida y me merezco el castigo que ahora me inflige una mano injusta.” Estas dos frases podrían ser intercambiables, secuelas de un mismo sentimiento de culpa y declaraciones de un escritor acosado por el arrepentimiento y la derrota. En realidad, la primera pertenece al autor ruso Mijail Bulgákov, represaliado por Stalin con el mayor castigo -junto a la muerte- que se le puede imponer a un escritor: la obligación de callar. Está extraída del volumen Cartas a Stalin. La segunda es del Diario, del periodista noruego Petter Moen, escrito en una cárcel de la Gestapo, ayudándose de un clavo y un rugoso papel higiénico en el que roturó, redactadas en unas agónicas mayúsculas, el testimonio de siete meses preso de los nazis,  víctima de la humillación y la tortura. Ambos encerrados. Moen en una celda infecta, con su tragaluz tapado para impedir que cualquier luz interior sirviera de guía a las tropas aliadas. Bulgákov en el mastodóntico campo de concentración en el que Stalin había transformado Rusia.

       Los dos libros han sido publicados por la editorial madrileña Veintisiete letras, y son inquietantemente complementarios. Su lectura nos demuestra el idéntico afán silenciador de las dictaduras de uno u otro signo sobre sus intelectuales, pero también la increíble capacidad del ser humano para escapar a la mudez y la aniquilación. En Cartas a Stalin se recogen varias misivas que los escritores Bulgákov y Zamiatin remitieron a Stalin una vez cayeron en desgracia y sus obras fueron prohibidas. Zamiatin envió un solo escrito, en el que pedía sin rodeos la expulsión del país, puesto que en sus obras “se ha detectado infaliblemente una intención diabólica”.

       Bulgákov comenzó una correspondencia sin respuesta, en la que intentó golpear con un martillo el muro de desdén con el que sus peticiones eran recibidas. Se justificó, se explicó, se ofreció a desempeñar cualquier trabajo, “Pido que se me nombre realizador auxiliar (…) figurante (…) tramoyista”, se mostró conforme con la posibilidad de ser expulsado de la Unión Soviética. Quiso hablar con Stalin de tú a tú: “mi sueño de escritor consiste en ser recibido personalmente por Usted”. Zamiatin le reprochó a Bulgákov esa torpeza y le aconsejó que hablara claro y se autoinculpara de alguna manera para lograr la expulsión. El mismo Zamiatin pudo escapar, al obtener el permiso para abandonar el país -con la mediación de Gorki- mientras Bulgákov se enredaba en una kafkiana persecución de una respuesta de Stalin que nunca llegaba.

       Sólo en abril de 1930, cuatro días después de que Mayakovski se volara la cabeza, recibió una intempestiva llamada nocturna de Stalin. Con manifiesta maldad, el propio Padrecito le daba a entender que su situación laboral se arreglaría en breve -fue contratado al poco como director del Teatro Artístico de Moscú- y le convocaba a una próxima conversación en la que tratarían todos sus asuntos pendientes. Bulgákov pasó el resto de su vida esperando ese encuentro con un Godot muy particular. Moriría en 1940, enfermo de una neurastenia que sólo las dictaduras saben inocular, y sin poder publicar su obra maestra, El maestro y Margarita, que no aparecería hasta 1967.

       Ese sustrato beckettiano es lo que hoy más impresiona de este breve volumen, de lectura fundamental para entender los niveles de humillación a que muchos intelectuales del siglo XX fueron sometidos, y que en estos momentos, en diversos países del mundo, se reproducen con modos y técnicas parecidas. El silencio del nuevo Dios en el que Stalin se había encarnado hace de él, como de Godot, el protagonista en ausencia de esta obra, el hombre que marca los destinos y el sentido de las vidas de los escritores. Se niega a aparecer y manifestarse, y no es difícil imaginarlo regodeándose en su Poder de insuflar en los artistas la esperanza de su Aparición o Respuesta o Venia o Perdón. La tortura del exilio interior, la desposesión forzosa de todas las posibilidades de expresión, la espera constante, como decía Ajmátova en su Réquiem, memorizado durante años por los soviéticos amantes de su poesía impublicable: “permanecí en pie trescientas horas/ ante rejas que para mí no se abrieron”.

 

 

La asunción de los intelectuales, apenas triunfó la Revolución rusa, de su nueva situación fue más rápida de lo que normalmente se ha querido hacer pensar, sobre todo desde los jaleadores exteriores, que continuaron alabando al régimen estalinista cuando muchos de sus intelectuales represaliados –Bulgákov, Bábel, Pilniak, Tsvetáieva, Mandelshtam, Pasternak y tantos otros- eran carne de osario desde hacía años.

       En Indicios terrestres, los diarios de Tsvetáieva, mujer de un militar del Ejército Blanco que luego actuó como espía para el régimen y que finalmente fue represaliado, la poeta -que acabó, como Mayakovski, suicidándose- cuenta con lírica inmediatez los días que estremecieron al mundo y sus meses posteriores. Narra cómo el pintor Maximilian Voloshin le confiesa en el revolucionario Octubre: “Insinuante, casi alegrándose, como un bondadoso mago frente a los niños, nos muestra imagen tras imagen toda la Revolución rusa durante los próximos cinco años: el terror, la guerra civil, las ejecuciones, los puestos de control militar, la Vendée, la brutalidad, la pérdida del rostro humano, los espíritus desencadenados de los elementos, sangre, sangre, sangre…”

       Esa capacidad de prever el futuro hace doblemente amarga la experiencia de todas estas vidas arrasadas, de una literatura grandiosa reducida a cenizas y de la vulgaridad realsocialista. Bulgákov se ofrecía como tramoyista, y Tsvetáieva afirma, de nuevo en sus diarios, mientras se ve obligada a trabajar como sirvienta, desposeída de todo y temerosa de su seguridad y la de los suyos, “desde todos los puntos de vista soy un paria”. “¡Cuántos platos lavados! ¡El suelo lo he lavado ya dos veces! El sentimiento de haber sido reducida a la esclavitud.”

       Y a partir de ahí sólo quedaba una dudosa rehabilitación interior, un vasto y tenebroso desierto de los tártaros que reconquistar. Ajmátova, a quien Brodsky agradecía “que hayas hallado/en un mundo sordo y mudo el don de la palabra” versificaba esa idea en su Réquiem: “Hoy tengo mucho, mucho que hacer:/He de matar la memoria,/Volver de piedra el corazón,/He de aprender a vivir de nuevo.”

       No todos lograron sostener esa carga. Bulgákov se hartó de esperar y acabó, en su última carta a Stalin, pidiendo, no por sí mismo, sino por otros poetas valiosos que también habían caído en el ostracismo. Iluso o tenaz, pretendía conmover el silencio del dictador para que éste pusiera fin al silencio impuesto a tantos. El expurgo de los archivos de la KGB que la perestroika trajo consigo, a través sobre todo de las investigaciones de Vitali Chentalinski que debieron convertirle en adicto a la valeriana, como poco, nos regaló una macabra enciclopedia de la represión que no cesaba. Esa enciclopedia la completa de modo excelente este volumen de Cartas, que incluye un álbum fotográfico y el famoso artículo de Zamiatin Tengo miedo.

       El Diario de Peter Moenn recoge los textos que el periodista noruego, en ese momento máximo responsable de la prensa clandestina del país, horadó con paciencia franciscana y heroica determinación en rollos de papel higiénico, con un clavo como lápiz. Al acabar sus textos los hacía desaparecer dentro de una rejilla de ventilación, donde fueron encontrados al ser liberada Noruega.    

       Publicados por primera vez en 1949, el ascetismo religioso y el ansia de redención por una culpabilidad incubada en su interior, sobre todo a través de la delación mediante torturas, convierten su diario en un misal siniestro y muy triste. “Señor, extrae mi corazón de piedra y dame uno de carne. (…) Aquí en la cárcel nazi no hay Biblias ni Pascal -sólo jaleo. (…) Lo que temo más que la muerte es la tortura. (…) Me dedico con constancia y ahínco a mis problemas matemáticos -durante diez y doce horas cada día.” Como Robert Bresson demostró en su película Un condenado a muerte se ha escapado (1956), la nada de una celda puede ocultar una vida hirviente, una oscuridad de voces.

 

 

       Peter Moenn describe el colmo del ridículo de la perversidad nazi: la Gestapo registraba a conciencia una celda en la que sólo había, además del cuerpo del preso, un catre y ese rollo de papel higiénico colgado de un chejoviano clavo. Pero en realidad, esa nueva humillación escondía una aguda desconfianza hacia el ser humano, que no se da por vencido en las circunstancias más adversas. Y este Diario, como las Cartas a Stalin de Bulgákov y Zamiatin, lo demuestran con contundencia. Stalin fue un diabólico inventor de Bartlebys, en la terminología de Enrique Vila-Matas. Creó una legión de escritores del No. Aunque muchos, como Bulgákov o Ajmátova, los que se salvaron del exterminio puro que acabó con Mandelstham, Pilniak o Bábel, vivieron una literatura interior, que no se plasmaba en publicaciones pero que les alimentaba, si bien como una úlcera destructiva que amargó el resto de sus vidas. Bulgákov se dedicó a escribir imaginarias cartas a Stalin que luego destruía, y nunca perdió de vista que “para mí, no poder escribir era lo mismo que ser enterrado vivo”. Murió enloquecido y delirando ante su mujer por el temor a que sus manuscritos ocultos le estuvieran siendo arrebatados. Zamiatin, en su carta, lo declaraba valientemente: “Sé que tengo la mala costumbre de decir en un momento determinado, no lo que podría ser provechoso, sino lo que creo que es verdad”.

       Estos libros hablan, no de lo que podría ser provechoso, sino de lo que es verdad. No estaría mal que fueran de lectura obligatoria en los talleres literarios que tanto abundan en la actualidad, antes de discutir sobre el bloqueo literario o cómo hacer los finales más ingeniosos para un cuento.  En todo caso, el Diario de Moen -que incluye además una muy interesante crónica de la traductora, Cristina Gómez Baggethum, sobre la II Guerra Mundial en Noruega- y las Cartas de Bulgákov y Zamiatin son testimonios básicos de la historia de la literatura y del horror. Pero también un canto incandescente en favor de la palabra y el decir, hasta sus últimas consecuencias.

 


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Autor: Miguel Ángel Muñoz