Casado y el Gran Torino

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A lo mejor Pablo Casado podría haber dicho “no” de la misma forma que siempre. Nunca se le había visto de ese modo. Y llama la atención con quién. Quizá con el que menos parecía posible. Las recomendaciones anteriores del presidente y, sobre todo, los elogios posteriores del mismo y de sus socios debieron sacudirle bajo la mascarilla que realza la verdad de los ojos. Estaría bien que fuese de obligado cumplimiento para los políticos llevar mascarilla. En el Congreso, en sus declaraciones públicas, en los debates. La mascarilla nos deja desnudos y permite comprobar el grado de pudor, que es un sentimiento cercano a la decencia.

Esa sonada alineación del Partido Popular con el resto del hemiciclo en contra de Vox es de suponer que fue atendida y examinada debidamente por sus autores en cuanto a sus consecuencias y resultado. Y en cuanto a sus formas. La dureza inusitada de las mismas y de sus palabras nunca antes había sido empleada por Casado contra ningún miembro de la Cámara, bien provista de individuos en principio más adecuados por el perfil. A esa salida de tono casadiana la llaman los enemigos de Casado “moderación”. ¿Y si la hubiera empleado alguna vez contra Pablo Iglesias? ¿Hubiera sido Cánovas el líder del PP? ¿O hubiera sido otro?

Seguramente Pablo Iglesias le hubiese comparado con otro, con uno de los de siempre. Pero el otro día Pablo Casado fue Cánovas, según Pablo Iglesias. No sé cómo puede sentirse el líder de la Oposición después de que este vicepresidente le llame Cánovas. Hay algo extraño, pegajoso, en esto. Si Pablo Iglesias le hubiera llamado “fascista”, por ejemplo, hubiese sido más natural, desde luego. Ese “fascista” pasa de largo como un pajarito al salir de casa por la mañana, digo yo. Pero el “Cánovas” se queda. Es como el recuerdo de una paloma.

Yo lo vi en sus ojos asustados destacarse sobre la mascarilla. No le estaba llamando Cánovas el hombre más admirado por Casado. Se lo estaba diciendo Iglesias, complacido y condescendiente, más aún de lo habitual (siempre parece que es más de lo habitual), no por el mensaje, sino por las formas. Hubo ahí una desafortunada conjunción de Pablos producida por la vehemencia sorprendente de uno de ellos en una inesperada dirección. El mismo que se debatía (el otro no se debate en nada), después de su imprevisible interpretación, como un torero pálido al otro lado del burladero facial.

Un torero que no quería salir a matar, o no del todo, pero salió. Y pinchó a pesar de que (o precisamente porque) todo el Congreso allí presente menos Vox (y todos los medios afines a todo el congreso allí presente, menos a Vox) se apresurara a certificar una estocada hasta la bola. Lo de Casado fue una asociación formal a lo establecido o a lo que se pretende establecer. Pareció la prueba iniciática de una banda a la que en realidad no se quiere pertenecer, pero no se tiene más remedio, que es peor. Parecía Casado el vecino de Clint Eastwood intentando robarle el Gran Torino. Como si cada día hubieran estado pasando Pedro y Pablo (y toda su patulea) con el coche por delante de su casa para incitarle a ello, mientras Teodoro, su amigo, le animaba.

 

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