Casamance sueña con la paz

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Boubacar Ba pisó en octubre de 2004 una mina que habían plantado en su campo de anacardos. Boubacar es una de las miles de víctimas de una guerra olvidada. El conflicto armado que enfrenta a los rebeldes independentistas del Movimiento de las Fuerzas Democráticas de Casamance (MFDC) y al Gobierno central de Senegal es de los más antiguos del continente africano

Es un taller de bicicletas situado en el borde de una carretera de Ziguinchor, la capital de la región de Casamance, en el sur de Senegal. Unos toldos para protegerse del sol, unas cajas de herramientas. Aquí trabaja diariamente Boubacar Ba junto a su hijo. Sentado en un banco, su pantalón dibuja ligeramente la forma de la prótesis que tiene en lugar de la pierna derecha. Ocurrió en 2004. Boubacar caminaba por su campo de anacardos cuando una mina explotó. Con la otra pierna fracturada, Boubacar reptó durante horas hasta encontrarse con dos chicos que le salvaron la vida.

       Boubacar es una de las miles de víctimas de una guerra olvidada. El conflicto armado, que enfrenta a los rebeldes independentistas del Movimiento de las Fuerzas Democráticas de Casamance (MFDC) y al Gobierno central, es de los más antiguos de África. En 1982, tras la represión violenta de una manifestación por parte de la policía senegalesa, los militantes del MFDC decidieron pasar a la acción.

       Las razones de la rebelión fueron diversas. Para Jean-Claude Marut, geógrafo especialista en el conflicto, el desigual desarrollo de la región fue un motivo evidente, pero no único. “Durante la época de los ajustes impuestos por el Fondo Monetario Internacional (FMI), la promoción de nuevas actividades atrajo a mucha gente del norte del país, creando así conflictos en cuanto a la utilización de la tierra. Por otra parte, muchos funcionarios originarios de Casamance, y que trabajaban en Dakar, perdieron su trabajo, y se encontraron con esta situación al regresar a su pueblo”. Algunos de ellos ingresaron a las filas del MFDC. “Hoy”, añade Marut, “estamos viviendo una época de crisis que recuerda la de los años 1970”.

       A todas estas razones se añadió cierto desprecio cultural hacia las personas originarias de Casamance, una región habitada por etnias diferentes a las del norte de Senegal. Y, al observar el mapa, ¿cómo no pensar en el aislamiento de Casamance a causa de la peculiar posición de Gambia? (Una franja de tierra, un dedo, incrustado en Senegal).

      Las carreteras de Casamance son las de un país en guerra. Los coches avanzan lentamente, evitando los numerosos agujeros y parando en cada retén militar. Un ataque de rebeldes puede producirse en cualquier momento. Los asaltos a los coches y a los comercios se han convertido en la principal fuente de ingresos del MFDC.

       En cambio, la carretera de Ziguinchor a Cap Skirring, una localidad balnearia de la costa, es la vitrina turística de Casamance. En perfecto estado, es también una de las únicas zonas seguras de la región. Llegando a Cap Skirring, sin embargo, la realidad no está a la altura de las esperanzas puestas en esta actividad económica. Las tiendas de souvenirs y las mansiones de extranjeros ricos siguen allí, pero las playas están desesperadamente vacías.

       Ziguinchor. En esta ciudad tranquila de unos 150.000 mil habitantes, el sonido de las campanas de las iglesias sucede al llamamiento del almuédano. La de Casamance es la región de Senegal con más católicos, aunque la mayoría de los habitantes son musulmanes.

      En el fondo del humilde mercado de Ziguinchor, Martine Nafouna tiene su puesto, donde vende frutas, verduras y especies. Mientras espera clientes, abre su cuaderno de lectura y escritura. Su accidente se remonta al año 2009. En aquella época, trabajaba en Cap Skirring pero iba al pueblo cada semana. Un día, ayudando a su abuelo a llevar madera, pisó una mina.

       Con la ayuda del Comité Internacional de la Cruz Roja, Martine consiguió montar este pequeño negocio, pero sus ingresos son muy limitados. Para ella, no hay duda, viviría mejor en su pueblo que en Ziguinchor. “Allí tenemos campos que nos dan de comer, una casa por la que no tenemos que pagar ningún alquiler”. Desde su accidente, la gente del pueblo tuvo miedo y la mayoría se refugió en Ziguinchor.

        Allí, en Gambia y en Guinea Bisau, más de 50.000 desplazados esperan todavía que acabe el conflicto para regresar a sus casas. “Cuando llegaron los rebeldes, en 1992, tuvimos que dejarlo todo”, recuerda Seyni Sané, presidente del Colectivo de los jefes de pueblos desplazados. “Fue la solidaridad la que nos salvó”, sostiene Amadou Thine, del Encuentro Africano por la Defensa de los Derechos Humanos. “La gente fue acogida por familiares o amigos y nunca recibió ayuda del Estado”.

      Lyndiane es uno de los barrios de la periferia de Ziguinchor con muchos desplazados. Los animales destinados a la alimentación deambulan libremente por las calles sin asfaltar. Pocos tienen un puesto de trabajo, viven de la venta de productos recogidos en el campo, cerca de Ziguinchor (madera, carbón o frutas de temporada). Algunas oenegés trabajan para promover el regreso de las poblaciones. Entre 2004 y 2009, 26.000 personas con residencia en Ziguinchor volvieron a su pueblo. Todavía quedan más de 10.000.

         Esto fue posible gracias a la disminución de los enfrentamientos tras el acuerdo de paz alcanzado en diciembre del 2004 con una fracción del MFDC. Este permitió la implicación de los programas de cooperación de los grandes países en una estrategia de peace building. Con ello, las agencias de cooperación de Estados Unidos, Francia, España o Alemania buscaron establecer la paz en Casamance de manera vertical, a través de la implicación sucesiva de oenegés internacionales, asociaciones locales y jefes de pueblos.

       Se impuso así la visión desarrollista del conflicto. Se consideró que la mejora de la situación económica incentivaría a los combatientes para abandonar las armas.

         “La tasa de pobreza se ha elevado mucho, lo que no era el caso hace 40 años. Los rebeldes tienen familias; si encontramos actividades que permitan la autonomía económica de las personas, tendremos arreglado el 90% de la crisis. Creemos firmemente en esta solución”, analiza Jules Bassène de la organización no gubernamental Afrique Enjeux. Según un estudio del Programa Alimentario Mundial del 2009, Casamance es una de las regiones más pobres de Senegal, con más de 60% de la población por debajo del umbral de pobreza.

       Los “billones de la paz”, como se les llamó, tuvieron ciertos efectos. En pocos años se multiplicó el número de escuelas y se construyó una pequeña universidad, limitada de momento a algunas facultades. En 2008 fue construido el nuevo barco que efectúa la conexión con Dakar, el Aline Sitoë Diatta, cinco años después del hundimiento del Joola.

       Pero el entusiasmo no es compartido por todos. “Cuando vemos el MFDC actual, constatamos que está lejos de abandonar las armas. Está formando continuamente combatientes jóvenes”, argumenta Abdoulaye Diallo, técnico del programa de cooperación alemán PROCAS.

        “El acuerdo del 2004 fue firmado por facciones moderadas del MFDC, que no representan la realidad de los que combaten”, afirma por su parte Marut. “No habrá solución al conflicto mientras el Estado senegalés no acepte negociar con estos otros grupos”.

       Para Diallo, “hay intereses superiores que motivan a respaldar a las autoridades de Senegal, dada la posición geoestratégica del país en la subregión”. Como señala Marut, la agencia de cooperación estadounidense define Senegal como “una nación musulmana democrática y moderada, comprometida en la lucha contra el terrorismo”, cuya estabilidad debe ser reforzada.

       El conflicto de Casamance es complejo, pues los actores no se encuentran solamente en territorio senegalés, sino también fuera. Por razones de política interna, los países fronterizos –Gambia y Guinea Bissau– han apoyado en un momento dado a los rebeldes. En febrero de este año se reveló que Irán había abastecido de armas la facción de Salif Sadio, la más radical, a través de Gambia.

        Frente a los actos violentos cometidos por algunas facciones de los rebeldes, el MFDC ha perdido sin embargo el apoyo de la mayoría de la población. “Lo que antes tenía fundamentos ideológicos se ha transformado en puro bandolerismo”, dice un desplazado, que prefiere no desvelar su identidad. Marut matiza: “La gente piensa que los rebeldes están equivocados, pero que siguen siendo familiares suyos. También hay indignación contra el Estado por no querer negociar con ellos”.

      La Asociación de las Víctimas de Minas (AVM), por su parte, alberga preocupaciones más inmediatas. Este colectivo, nacido en 1998, tiene un objetivo: evitar que el número de fallecidos por estos artefactos, estimado en 800, se incremente. “No queremos solamente pedir al Estado, sino también formar a la gente sobre los peligros de las minas y acompañar psicológicamente a las personas”, explica Baccary Dhiédiou, fundador y presidente de la asociación. En esta tarea, la AVM recibe el apoyo de Handicap International y UNICEF.

      Cuando no está en su taller, Boubacar Ba, vicepresidente de la AVM, visita todos los rincones de Casamance para hacer pedagogía. El año pasado, el programa alemán de cooperación empezó la reconstrucción de su pueblo para permitir el retorno de los desplazados. Él, de momento, no puede. Su discapacidad le impide reconstruir su casa. Y sus ingresos son tan reducidos que no puede pagar a nadie para hacerlo. Será cuestión de tiempo. Las minas se van quitando poco a poco. Pronto volverá a pisar su campo de anacardos.

 

 

Benoît Cros es periodista freelance, originario de Francia y afincado en Barcelona. Su actividad le ha llevado a varios países de Europa, África y Asia

 

 


Autor: Benoît Cros