Casetas de rayas (I)

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La piedra clásica, como romana de puente, de columna se alterna en verdes y rojos eléctricos, y azules y amarillos colmados de barandillas y balcones y macetas vivas que apuntan al cielo. Allí dentro los edificios se elevan formando cañones de empedrado, y a veces el sol se atreve entre las nubes abusivas...

 

La tarde es gris. Gris y blanca. Hay una luz que despista al profano, que se sorprende de ver el otoño, y hasta el invierno en el verano. Las calles están mojadas, los adoquines lisos y oscuros brillan por el agua caprichosa, soberbia de poderlo todo, consentida como una niña bonita inmortal que goza, voluptuosa, de su paraíso.

 

Aquí en este lado brilla el asfalto. En la calle principal invadida de salidas a salvo del destello. Por una de ellas se desemboca en la plaza vieja, rodeada de fachadas viejas y estrechas y verticales, bancos de caja camuflados y comercios a sus pies brillantes. Hay un quiosco vestido de bronce verdeado. Y está allí desde antes que todo.

 

Alonso hoy ha hecho surf bajo la lluvia. Y su padre le ha observado, entre orgulloso e inquieto, desde el paseo brillante y amplio y gris y luminoso bajo el paraguas. Las olas iban a morir en hilera sobre la arena y él, Alonso, surcaba su muerte suave y dulce y espumosa. Su padre se llama Paco y estaba allí observándole. Bajo el agua.

 

A su derecha hay una colina que baja al mar, y desde ella y hacia él desfilan de negro, casi en bandadas, como pájaros negros que se quedan flotando y se hunden y vuelven a flotar. Alimentándose. Más allá de la tierra hay asfalto y cemento, un abismo, y antes casetas de rayas sobre la línea y farolas art decó como si emergiera un barrio de París costero y tenue y brillante,  tan caprichoso como el agua.

 

Hay cafés en las esquinas, Kafetegia se llaman, y los toldos largos y amplios y firmes son los techos de las terrazas desafiantes. Gema sonríe y Alfredo, su hijo, y ella conversan con un hombre desconocido. Gema tiene la sonrisa agradable. El hombre tiene la cara roja y el pelo blanco. La camisa es de cuadros y le cubre un impermeable amarillo desabrochado y caído a ambos lados del pecho. Se apoya en un bastón y tararea y habla al mismo tiempo. Sigue con la vista los platos que el camarero saca de la taberna para dejarlos sobre el barril que hace de mesa en el exterior. Rebanadas de pan con buenos cortes de foie, morcilla de Burgos, pimientos asados, tostas de solomillo con queso brie. El hombre se despide. Dice: ¡Agur!, y levanta su bastón sin perder la sonrisa.

 

La noche es de sombras entre las calles brillantes y limpias. Gema y Alfredo, y Laura y Pablo, y Paco y Alonso y Blanca caminan escuchando sus voces y el eco de sus pasos bajo una llovizna fina y despistada. La quietud va dando paso a un bullicio contenido que llega del paseo marítimo. Dicen que mañana lucirá el sol. Mientras, se conforman con el sonido de las olas, que se aproximan. Kafetegia, reza el letrero.

 

Hay colores en las fachadas. La piedra clásica, como romana de puente, de columna se alterna en verdes y rojos eléctricos, y azules y amarillos colmados de barandillas y balcones y macetas vivas que apuntan al cielo. Allí dentro los edificios se elevan formando cañones de empedrado, y a veces el sol se atreve entre las nubes abusivas y todo alrededor pierde su esencia, y un vacío bienvenido se queda.

 

Un tren cruza los cañones por donde sube una barrera con aspas y campanas. Y los vagones parecen llenos de soldados de otra época y la vía es estrecha. Como los edificios, como las fachadas y las barandillas y los balcones y las macetas vivas que apuntan al cielo. Hay duelo de traineras y banderas en las ventanas y en los balcones. Aúpa Zarauz, dicen…