Casetas de rayas (II)

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Hoy va a remontar, ha dicho un zarauztarra de pelo blanco y tez rojiza, barítono de orfeón, o simplemente de cuadrilla, a pesar de que llegan nubes moradas por encima de Santa Bárbara...

 

Biarritz. Brilla un sol huidizo y los franceses están en la playa frente al casino. Otros suben y bajan las calles estrechas, curvas, pendientes e inclinadas. Se les ve descalzos, con sus trajes de pez por la cintura y sus tablas bajo el brazo. Hay mil tiendas y mil cafés y mil brasseries y todo el mundo está en la calle. Algunos comen en ella, sobre los bancos contemplando desde las amplias plazas balconadas el mar verde. Au revoir, Biarritz.


A lo lejos el Urgull y el Igueldo y más cerca suena a Jazz y huele a espuma y a rompiente. Por el medio bullen las tabernas alegres donde vuelan pinchos y chacolís. Llovizna y a lo lejos el Peine de los vientos anuncia el puerto.


Hoy va a remontar, ha dicho un zarauztarra de pelo blanco y tez rojiza, barítono de orfeón, o simplemente de cuadrilla, a pesar de que llegan nubes moradas por encima de Santa Bárbara. Hay canarios en los balcones contentos de ver azul, y la playa se llena y se vuelve bulliciosa y se despliegan y se montan las casetas de rayas como banderas de la buena suerte. Hace frío y la gente se solaza con camisa y se tapa con toallas. Hay paseantes de pantalón largo y zapatos en mano. Y en el interior las calles bullen de sábado y terrazas. Los oriundos y los abertzales, los últimos en sus herrikos, aquellos y los demás en todas partes, en el Iruña, en el Txiki Polit, en los kafetegia y tabernas.

 

Han montado un acto los radicales en la Plaza de la Música, al pie del quiosco. Dos adolescentes tocan el acordeón y el grupo, nutrido, les rodea en corros. Al fondo hay una mesa plegable y cubriendo la baranda del quiosco una bandera que reza Euskal presoak, ¡Etxera! Hay gente que pasa por el medio, otros se paran unos minutos y bailan al son de los acordeones. Los intérpretes, serios, ausentes, tocan sin inmutarse. El grupo parece una tribu con sus costumbres y sus peinados y sus vestidos y sus conversaciones remotas.

 

A pocos metros juegan al ajedrez en una mesa ventosa y soleada poblada de zuritos. Hay niños de un metro de altura corriendo alrededor de todas partes. Hay surfistas jóvenes despistados en tierra, lejos del viento y de las olas, y ciclistas que sortean los cuerpos armados de aperitivo, silenciosos y habilidosos. La comida es en Txiki Polit. Langostinos rebozados y chuletillas de cordero. Y ayer fue el rodaballo en la noche de Guetaria, y al fondo, por encima del puerto durmiente, estaba la playa de Zarauz iluminada y coronada por el Talai Mendi, oscuro y redondo y sombra desde las costillas del ratón.

 

Esto es Euskadi, dice un oriotarra mirando al cielo en la puerta del Katxiña. Y en la andorga  ya unas croquetas, y pimientos de Guernika y un lenguado de aúpa (aúpa Orio, rezan los balcones), bien planchado con aceite. Allí abajo está su puerto en un subir y bajar de montañas que no cesa, como la lluvia.

 

 Y se extiende la selva a uno y otro lado, y alguna vez se ve una fachada blanca y una ventana de madera pintada entre la bruma verde. Un monte y otro, y un viaje al pasado en el Igueldo: la montaña suiza bordeando el precipicio, la casa del terror, los espejos de la risa, coches de choque y palomitas. Y carreras de tortugas.

 

Desde allí se ve La Concha y la bahía y el islote de Santa Clara y su faro. Y se divisan en la playa las tumbonas en hilera que parecen señales de Shyamalan; y, hacia el otro lado, hacia el mar, una nube perdida cubre el horizonte mientras se alejan. Hacia Orio y su katxiña.

 

Al final les espera Zarauz. Frío Zarauz que no responde ni a sus remeros, ni a sus nadadores por la mañana, esos guipuzcoanos que caminan descalzos, tiritando por las calles, bajo la lluvia, rojo y tirante y encogido el cuerpo del frío.

 

Hoy hay fiesta de domingo en la plaza de la Música. Se van todos desde el malecón hasta la plaza. Una muchedumbre bajo el agua. Pero ya se toma el camino contrario y atrás se quedan Gema y Alfredo, y Laura y Pablo, y Paco y Alonso y Blanca como es costumbre, y atrás se queda Zarauz, aclarándose las calles de asfalto y de cemento bajo la lluvia en sus afueras.