Castel di Pietra, Vetulonia y Montemassi

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Uno no tiene todos los días la oportunidad de bañarse en un lago que tiene como lecho un volcán. Estoy hablando del Lago della Accesa. Nos dimos un baño y hasta contemplamos unas sirenas que no perdieron su tiempo en dirigirnos canto alguno, si bien tuvieron la gentileza de permitirnos salir de las aguas del lago por el pequeño muelle de madera en el que estaban varadas. Justo después del baño entre los juncos y el sol radiante de agosto, buscamos infructuosamente las ruinas del Castel di Pietra de Pia dei Tolomei (o Pia Malavolti, dependiendo de la tradición por la que se opte), de dantesca memoria, uno de los castillos desde el que la tradición afirma que la defenestró su desalmado esposo. En la vecina Gavorrano se recuerda todos los años el episodio en la fiesta conocida como “Il salto de la contessa”. Espero que lancen muralla abajo a una muñeca de trapo vestida de época en lugar de una cabra. Tendré que continuar con mi topografía dantesca de la Maremma, que yo bien sé que tiene mucho de topografía de mi morada interior. Recordé en aquella búsqueda aquella conversación con Jesús Pardo en la que me dijo que no tenía ningún interés por el paisaje de la Toscana. Para él aquella tierra solo contaba como escenario y tramoya de la summa poetica de su alter ego toscano. “Para viajar allí ya tengo la Commedia. Cuando fui a la Toscana lo único que hacía era pensar en tal o cual episodio del poema”. Entonces me pareció una ocurrencia de las suyas, a las que tan acostumbrado me tenía en aquellas mañanas de sábado en la calle de San Quintín. Ahora lo entiendo un poco mejor, si bien el paisaje de la Toscana y el de la Maremma en particular me siguen deslumbrando. A menudo evoco a mi añorado Pardo camino del parque londinense en Earl’s Court donde iba todos los días después de comer a la misma hora con su edición encuadernada en piel de la Commedia, de la que leyó todos los días un canto durante diez años. “The man with a book”. Así era conocido por los hábitos y conociendo la regularidad prusiana de sus hábitos y su obsesión por la puntualidad no me extrañaría que, como sucedía con Kant en su paseo cotidiano en Könisberg, siempre a idéntica hora, alguien pusiese su reloj en hora al verlo.

Desde Gavorrano nos dirigimos a Vetulonia, una de las lucumonias o ciudades-estado de la dodecápolis etrusca. Nos encontramos la necrópolis y las ruinas etruscas cerradas, algo que ya empieza a ser recurrente en este viaje; tras echar un vistazo al discreto museo de la localidad, donde no pude dejar de pensar en lo poco protegidas que estaban las piezas, fuimos hasta un mirador en la parte alta desde donde pudimos contemplar el antiguo fondo lacustre del Lago Prile y la Maremma propiamente dicha, es decir “la marina”, por eso tantos pueblos tienen el epíteto de “Marittima”, como Massa o como la propia Prata, nuestra base de operaciones. Grosseto quedaba hacia el sureste, siguiendo la costa. Vetulonia tiene un cassero o donjon soberbio que naturalmente me hizo pensar en las guerras de banderías por un quítame allá este feudo y a la fatalidad de mi propio lema: “un güelfo entre gibelinos, un gibelino entre güelfos”. Este tipo de construcción de origen franco lo traen a Italia las gentes de Carlomagno cuando vinieron a darles a los longobardos para el pelo, del mismo modo que hicieron con su arquitectura militar los normandos y otros dinastas feudales cuando hicieron lo propio en Inglaterra, los ducados del sur de Italia, Sicilia, Grecia y archipiélagos, Creta, Chipre, Siria y Palestina. Vetulonia se llamó durante la Edad Media Colonna y recuperó su nombre etrusco en el XIX, en pleno Risorgimento. Sendas placas recuerdan la visita del primer rey de Italia, Vittorio Emmanuele de Saboya y del gran historiador romano Theodor Mommsen, cuyo dictamen arqueológico arrimaron los naturales de este pueblo como ascua a su sardina para el cambio de nombre que tanto prestigio les confería. Tanto Vetulonia como la otra lucumonia sobre el lago Prile, Roselle, perdieron durante la Edad Media sus respectivas sedes episcopales en beneficio de la ciudad emergente de la comarca: Grosseto. Y en Italia perder la sede episcopal era heraldo o detonante de decadencia, del mismo modo que obtener ese rango confería enorme relevancia a una población.

De regreso a Prata nos detuvimos en el castillo de Montemassi. M., naturalmente, aunque su público y crítica estaba solo constituido en esta ocasión por mi persona (algo que creo que no le importa demasiado: empiezo a sospechar que, llegado el caso, hace este tipo de performances para él solo), dio con absoluta entrega ─y con evidente riesgo para su integridad física─ uno de sus espectáculos de fondo de armario subiéndose a una torre en proceso de abolición del castillo y comenzando a declamar en precario equilibrio a Homero y a Schiller. Si mis lectores lo conocieran, sería ocioso añadir que sus endechas fueron declamadas en griego y alemán, con su voz de recitativo wagneriano. A los devotos de la pintura italiana les interesará conocer que este es el castillo cuyo asedio pintó Simone Martini en un fresco de más de tres metros que se encuentra en el Palazzo Publico de Siena, Guidoriccio da Fogliano all’assedio di Monte Massi. Este fresco realizado hacia 1330 ─más o menos dos años después de la toma del castillo, que tuvo lugar en 1228─ es una de los primeros paisajes monumentales de la pintura europea y es considerada una obra maestra. El cuadro nos da también preciosa información sobre el arte de la guerra y la poliorcética en la Toscana medieval y el atrezo de uno de los condotieros más brillantes del siglo XIV. En 1327 Da Fogliano fue contratado por la República de Siena (cuyo gonfalón se puede apreciar en el fresco) para atacar las posesiones de sus rivales Pisa y la familia Aldobrandeschi en la comarca de la Maremma y del Monte Amiata. Pero sus victorias no se limitaron a Montemassi, ya que también conquistó el castillo de Sassoforte, Arcidosso, Scansano, Massa Marittima y Giuncarico. Desde luego, el oficio de las armas es indudable que lo conocía. Con Ilia, ya se sabe, siempre de castillo en castillo.

Después de visitar estas piedras que tantas batallas siguen evocando y respirando aliviado porque mi cicerone no se había desnucado, regresamos a Prata Marittima para reponer fuerzas y prepararnos para la siguiente expedición.

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Nicanor Gómez-Villegas Doctor en Historia. Máster en Filología Hispánica. Director del Colegio Mayor Universitario Isabel de España (Universidad Complutense de Madrid). En este blog hablo de historia, de palabras y de viajes, verdadera cartografía de mi visión del mundo y de la vida.  Bitácora de mis mundos, las lenguas de mis bazares, de mis moradas y castillos interiores.

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