Castillo de Montjuic y la antipatía

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Visitar el Castillo de Montjuic fue la oportunidad para apreciar, en la distancia y la altura, el puerto de Barcelona y sus enormes barcos anclados. Y también fue la ocasión para contrastar lo que había leído en Zafón sobre esta fortaleza militar, y de nuevo enfrentar la literatura contra la realidad, un enfrentamiento alimentado por la lectura de El doctor Passavento, de Enrique Vila-Matas y el cuento Emma Zunz, de Borges, relatos donde la ficción interviene en la vida real, la modifica o la pronostica.

Todo esto teniendo en cuenta que yo quería dejar de vivir en las crónicas para vivir en la fantasía, abandonar los terrenos llanos y limpios del periodismo, los datos verificables, la racionalidad, la exactitud y la precisión, para entrar de lleno en la jungla de la alucinación y el despropósito, dejar de pisar terrenos objetivos, que no existen por lo demás, para hundirme en los pantanos de la ambigüedad, el error y la omisión.

Desde la altura del castillo se veían al fondo los buques en la línea del horizonte. Una ruta marítima por la que iban y venían mercancías. En las terrazas del castillo estuve en compañía de la delegación, un grupo de personas que trabajamos en bibliotecas públicas, como hemos mencionado, otros quijotes en este mundo pragmático de buques trasatlánticos, castillos y puertos. Esa tarde caminamos por las murallas naranjadas y el piso en baldosa vieja y porosa, baldosa resistente y vieja, caminamos acariciados por un intenso viento mediterráneo.

En las novelas de Zafón, el Castillo de Montjuic funciona como un infame símbolo del antagonismo. El lector odia todo lo que tiene que ver con este lugar. Si bien en la literatura del entretenimiento hemos comentado la necesidad de crear empatía por el protagonista, también es necesario hablar sobre la contracara, el villano, el antagonista, la piedra en el zapato.

En la novela La sombra del viento dice lo siguiente:

“Mi padre me examinó de reojo, como si se preguntase si estaba él envejeciendo prematuramente o yo creciendo demasiado rápido. Decidí cambiar de tema, y el único que pude encontrar era el que me consumía las entrañas.

—En la guerra, ¿es verdad que se llevaban a la gente al castillo de Montjuic y no se les volvía a ver?

Mi padre apuró la cucharada de sopa sin inmutarse y me miró detenidamente, la sonrisa breve resbalándole de los labios.

—¿Quién te ha dicho eso? ¿Barceló?

—No. Tomás Aguilar, que a veces cuenta historias en el colegio.

Mi padre asintió lentamente

—En tiempos de guerra ocurren cosas que son muy difíciles de explicar, Daniel. Muchas veces, ni yo sé lo que significan de verdad. A veces es mejor dejar las cosas como están.

Suspiró y sorbió la sopa sin ganas. Yo le observaba, ca­llado.

—Antes de morir, tu madre me hizo prometer que nun­ca te hablaría de la guerra, que no dejaría que recordases nada de lo que sucedió.

No supe qué contestar. Mi padre entornó la mirada, como si buscase algo en el aire. Miradas o silencios, o qui­zá a mi madre para que corroborase sus palabras.

—A veces pienso que me he equivocado al hacerle caso. No lo sé.

—Es igual, papá…

—No, no es igual, Daniel. Nada es igual después de una guerra. Y sí, es cierto que hubo mucha gente que en­tró en ese castillo y nunca salió.

Nuestras miradas se encontraron brevemente. Al poco, mi padre se levantó y se refugió en su habitación, heri­do de silencio.”

La antigua fortaleza militar situada en la montaña de Montjuic fue un enclave idóneo para la defensa del territorio. Durante la guerra de los Segadores, en 1640, se construyó y ha perdurado hasta la actualidad.

El Castillo de Montjuic, protagonista vital en la Guerra civil española, es un siniestro lugar que cobra mayor protagonismo en El prisionero del cielo. Un aparte de esta novela dice lo siguiente:

“A los prisioneros nuevos los traían de noche, en coches o furgonetas negras que cruzaban la ciudad en silencio desde la comisaría de Vía Layetana sin que nadie reparase, o quisiera reparar, en ellos. Los vehículos de la Brigada Social ascendían la vieja carretera que escalaba la montaña de Montjuic y más de uno contaba que, al vislumbrar la silueta del castillo recortándose en lo alto contra las nubes negras que reptaban desde el mar, había sabido que nunca más volvería a salir de allí con vida.

La fortaleza estaba anclada en lo más alto de la roca, suspendida entre el mar al este, la alfombra de sombras que desplegaba Barcelona al norte, y la infinita ciudad de los muertos al sur, el viejo cementerio de Montjuic cuyo hedor escalaba la roca y se filtraba entre las grietas de la piedra y los barrotes de las celdas. En otros tiempos el castillo se había utilizado para bombardear la ciudad a cañonazos, pero, apenas unos meses después de la caída de Barcelona en enero y la derrota final en abril, la muerte anidaba allí en silencio y los barceloneses atrapados en la más larga noche de su historia preferían no alzar la vista al cielo para no reconocer la silueta de la prisión en lo alto de la colina”.

Con la comitiva de bibliotecarios dimos un corto paseo por el interior de la infraestructura donde vimos los calabozos oscuros y fríos y las salas de tortura, unos escabrosos y negros recintos donde cortaban dedos y perforaban ojos. Sentimos el frío de las bóvedas y el olor de la humedad de los rincones donde murieron muchas personas. Casi ni respirábamos. Agradecimos volver a la terraza y al aire libre. Volvimos a ver el cielo despejado, llenamos los pulmones con hondura y alzamos la cabeza para dejarnos acariciar por el viento. Abajo la vista de la ciudad proyectada desde la orilla del puerto.

Luego de recuperarnos de la experiencia en las mazmorras, caminamos buscando el mejor ángulo de la foto. Salir de un espacio de tortura para buscar la vanidad. Aproveché para separarme del grupo. Quería intentar describir lo que estaba viendo, y claro, lo que estaba sintiendo.

Para no parecer un poeta de media trapera me alejé de ellos simulando interés por una vista lejana. Pretendía evitar que me vieran escribiendo. Ray Loriga decía: “escribir avergüenza”. Cuando los noté distraídos me incliné sobre la muralla para lograr apoyar la libreta. Las gaviotas sobrevolaban un cielo de plomo. Intenté una palabra, una frase. Y como no la tuve, cerré los ojos, aspiré con fuerza el aire potente de Montjuic, deseando robar algunas palabras a las tripas del cerebro y de nuevo intentar una respuesta para describir la fuerza magnética que Barcelona ejercía sobre mi alma.

Escribí en la libreta: “Pienso de nuevo en sus calles, en su transporte público, sus museos, sus bibliotecas. Me siento enamorado de los cafés y las pastelerías de La Rambla, el olor de la calle de Aragón y la Avenida Diagonal”. Qué tontería, pensé. No importa. Escribir no es nada fácil, entonces volví a la carga: “Extrañamiento al pensar que desde el castillo se dispararon cañonazos contra la república; incomodidad al saber que Franco lo usó como prisión y lugar de torturas. La posguerra española fue la época que Zafón describió en su saga. Es muy curioso cómo un lugar que alguna vez fue denigrante y vergonzoso ahora puede generar encanto y fascinación. Algo similar se siente al visitar la tumba de Pablo Escobar en Medellín. O los campos de concentración en Polonia.

Ahora en el castillo, un extrañamiento, una fascinación y algo de asco al pasar por los calabozos que fueron recinto de torturas y desmandes de la dictadura. Gracias a todo lo anterior pudimos leer a Zafón. Homero escribió en la Odisea: “Los dioses tejen desventuras para los hombres para que las generaciones venideras tengan algo que cantar”.

Cerré la libreta, volví a mirar el casco urbano y, en un destello de entendimiento, supe que amaba el concepto de ciudad. Este viaje me había abierto la posibilidad de la aventura. Siempre tuve la inquietud del viaje y, sin embargo, la paternidad, el estudio y el trabajo y el hecho de haber comenzado una familia a los veinte años me había impedido resolverla. Mirando el Mar Mediterráneo desde el castillo, el teleférico bajando al puerto y los yates y el monumento a Cristóbal Colón al frente de la Dársena, pensaba que sería muy interesante viajar a Machupichu, a las pirámides Aztecas, hacer una aventura ecológica, pero primero tendría que ir a París, Londres, Roma, tendría que ir a New York.

En su ensayo sobre la actitud pueblerina, Pessoa dice: “Si hay una característica que inmediatamente distingue al provinciano, es la admiración por los grandes ambientes. Un parisiense no admira París; le gusta París. ¿Cómo va a admirar aquello que es parte de él? Nadie se admira a sí mismo, salvo un paranoico con delirio de grandeza.” En efecto, yo era un provinciano feliz. Uno que escucha rock sin saber ni forro de inglés.

Siempre había sido un roquer y eso debía significar alguna cosa relacionada más con las grandes ciudades que con las montañas. ¿Qué significado tendría para mí visitar la Torre Eiffel? Quería saber lo que forjarían estas ciudades en mi ánimo, en mi sensibilidad. Así como ahora estaba recorriendo a Barcelona, así mismo tendría que recorrer París.

Mirando el Mediterráneo tuve el intenso deseo de saber qué significaba para mí el Sena y dejar de leerlo en Louis Ferdinand Céline y las novelas de Henry Miller.

Luego, en el hotel, y durante las siguientes noches del viaje, no dejé de pensar el castillo. Entonces pude comprobar la consistencia en la descripción de Zafón sobre Montjuic, tan potente como real, una conexión entre la atmósfera literaria y el entorno histórico. En este caso, del huevo de la esperanza había escapado una paloma. La ficción de Zafón se había adelantado a mi realidad.

***

LA HISTORIA CONTINÚA EN La Barceloneta y el problema de las descripciones

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