Catarsis contra Borges y contra las listas de libros

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Newyópolis, 17 de julio de 2013

 

Señor J.L. Borges

Séptimo anillo

Presente:

 

Hoy me he levantado con la buena intención de ignorar que existió un maldito ciego, medio fascista y que despreciaba a los peruanos (porque hablaban hasta el hartazgo de lo mucho que amaban a su país).

 

Empezaré de cero, como si nadie hubiera escrito antes. Ignoraré la tradición y fingiré que las letras se inventaron hoy, que el alfabeto fue puesto en mis teclas esta mañana, que soy el primero en probar este maravilloso invento: la computadora de escribir. Tal vez así no sienta esa presión paralizante de medirme con tres o cuatro cuentos suyos que me dicta la mala memoria, incluso con conversaciones informales –transcritas y publicadas– donde usted, señor Borges, nos prueba que vino al mundo con ventaja literaria, así sea sólo con aquella biblioteca en inglés.

 

He leído una lista de lecturas de verano de un bloguero atrevido que pisa estas páginas. Tal vez aquéllo ha desencadenado esta serie de flashbacks a libros que me hacían suspirar por la inspiración y el tiempo para poder leerlos. Hay tanta literatura buena, que no concibo como se puede perder el tiempo en tanta literatura mala. Aún quitándolo a usted , señor Borges, tenemos a toda esa maravilla de textos escritos después de haberlo leído: en italiano, en inglés, en castellano y quién sabe en qué otros idiomas. Los bárbaros –los pretendientes a escritores– los leemos y sentimos la necesidad, el impulso urgente de subirnos también al barco desesperado de la escritura, de medirnos con quien consiguió decir tanto y tan bien, a pesar de su ceguera y de su desprecio –justificado– por los peruanos.

 

Estoy en Nueva York señor Borges. Sé que usted, como cualquier héroe griego, cambiaría toda su fama por la oportunidad de estar vivo y disfrutar otra vez de los besos y abrazos, del cuerpo caliente de María Kodama (¿o no?). Entre el calor insoportable y la computadora de escribir está mi cerebro. Agotado, debo de decírselo (sino se lo digo a usted ¿a quién sino?) por la clase de español de casi cuatro horas que dicto todas las noches. Sólo le escribo para poder ignorarlo. Sólo porque he tropezado con la lista del bloguero innombrable, con ése que además de literatura me enseña cosas «buenas» de no ficción y una lista de ¡Libros de crónicas!, añadiendo nombres y títulos, de los cuales, a pesar de haber leído muchos de ellos, aún me quedan unos ocho que me hacen sentir cabezón, y me fuerzan a pensar si es que no debería levantarme durante ocho mañanas consecutivas para escribirles a esos señores y decirles que he decidido ignorarlos.

 

¿Para qué? Para no pensar en ellos y escribir la obra que me atormenta, esa que sé que llevo por aquí adentro. Para sacar la fibra, el talento –y el floro– que aguarda, esas cosas de allá abajo, esa escena de pintura y cacería donde las ideas flotan sin que yo las logre pescar. Al diablo con las listas.

 

Eso es todo míster Borges. Gracias por su tiempo, ya no lo jodo más.