“Cayo César”, el poder demente 

0
261

Del reinado de Cayo Julio César Augusto Germánico –más conocido por su apelativo infantil de Calígula, que le pusieron los legionarios por las botitas militares que calzaba cuando acompañó a Germánico, su padre, en alguna campaña– la posteridad recuerda los ecos estrepitosos de su crueldad y excentricidades, alimentados fundamentalmente por los textos de los historiadores Suetonio (Vidas de los doce césares, escrito ochenta años después de la muerte del emperador) y Dion Casio (Historia romana, posterior en cien años a la obra anterior y de la que se conservan resúmenes redactados en la época bizantina); ambos autores eran patricios y, por decirlo de alguna forma, poco proclives a alabar a quien ha pasado a la historia, entre otros sucesos abracadabrantes y acaso dudosos, por nombrar cónsul a su caballo Incitato y haber mantenido relaciones incestuosas con sus tres hermanas. Únicamente se conservan dos textos de escritores contemporáneos al reinado de tan singular personaje, Séneca y Filón de Alejandría. El primero relata algunos detalles anecdóticos sobre el carácter del emperador, aunque tal vez deban ser puestos en cuarentena por su posible subjetividad, pues el filósofo nacido en la Córdoba romana estuvo a punto de pasar a mejor vida tras ser acusado de conspirar contra el caprichoso monarca. Por su parte, Filón se refiere a sucesos acaecidos en las provincias de Egipto y Judea cuando Calígula llevaba poco tiempo en el trono.

El caso es que la figura excesiva de este emperador, nacido en el año 12 de nuestra era, llama poderosamente la atención precisamente por la aureola de escándalos asociados a su corto periodo como soberano de Roma, que se prolongó de 16 de marzo del año 37 al 24 de enero del 41, fecha de su asesinato por una conspiración de senadores y pretorianos. Albert Camus lo eligió como protagonista de su más popular obra teatral, en la que, en pos de “traer lo imposible al reino de lo probable”, le hace encarnar la enajenación del poder llevada a extremos metafísicos, explorar los extremos absurdos de la existencia y exorcizar los demonios del sufrimiento, como ya he escrito en alguna ocasión, pues el Calígula del escritor francés se ha asomado al escenario del teatro Romano de Mérida a bordo de siete montajes: el primero fue el dirigido por José Tamayo en 1963 y el último, el presentado por Mario Gas en 2017. 

Juan Carlos Tirado (Calígula) y Rocío Montero (Drusila) en un momento de la función (Foto: Jero Morales / Festival de Mérida)

En esta ocasión el emperador regresa en un texto que lleva la firma de Agustín Muñoz Sanz (Valle de la Serena, Badajoz. 1953), buen escritor y articulista, profesor de Patología Infecciosa en la Universidad de Extremadura, y de quien el certamen emeritense estrenó en 2015 otra interesante pieza de tema romano, Marco Aurelio. Sin zambullirse en las complejidades psicológicas de Camus pero sin tampoco evitar honduras prospectivas, Muñoz Sanz ofrece un gran texto que subtitula El más cuerdo de los locos, en el que amalgama historia, apuntes sobre la sociedad y las costumbres romanas, y episodios de la leyenda tumultuosa del emperador tal vez demente, aunque algunos especialistas piensan que pudo padecer algún tipo de epilepsia o hipertiroidismo. Séneca y Flavio Josefo coinciden al señalar que el cambio radical de su carácter le sobrevino tras acceder al trono, mientras que Filón –que aparece en esta pieza como personaje– sostiene que la locura vengativa y cruel fue fruto de una grave enfermedad que colocó a Calígula al borde la muerte y Juvenal la atribuye a un mejunje venenoso que ingirió.

El autor se centra sobre todo en el final del reinado de Cayo César y hace avanzar la obra con notable pulso dramático enhebrando en la acción detalles y episodios como la fobia del emperador a que se refirieran a él llamándolo Calígula; su pretensión de ser un dios superior incluso a Júpiter; el histrionismo exhibido más allá de las representaciones ante la corte de las obras de su cosecha convencido de su categoría de gran actor; el asesinato de Ptolomeo, rey de Mauritania, durante una visita diplomática a Roma; su pasión por el caballo Incitato a quien ponía por encima de la aristocracia romana; su irrupción en la boda de Fabio Nasón y Calpurnia para violar a la novia; la retahíla de crímenes que cometió u ordenó cometer; la forma radical con que se enfrentó a varias conspiraciones y su final cuando, como el primer Cayo Julio César, cayó abatido por veintinueve puñaladas.

En primer término, la bailarina y coreógrafa Gema Ortiz (Foto: Jero Morales / Festival de Mérida)

Muñoz Sanz traza el perfil de un ser amoral marcado por el peso admirativo de la figura paterna, el odio hacia su tío abuelo Tiberio, a quien despreciaba, y por su capacidad de supervivencia durante su niñez y adolescencia en un erizado laberinto de intrigas. Al trasluz del tirano demente, el dramaturgo reflexiona sobre el influjo venenoso del poder detentado veleidosamente sin cortapisa ética alguna y sobre la naturaleza profunda, contaminante y extraña de la maldad. Cuando en una de sus delirantes conversaciones con Incitato Calígula pregunta qué es la locura, el equino responde que “es hacer lo que nadie se atreve a hacer”, lo que el emperador remacha afirmando que “los llamados cuerdos son solo los incapaces, los reprimidos”.

La sólida puesta en escena de Jesús Manchón es un ejercicio orgánico fluido y muy bien estructurado, en el que se da justo valor a los elementos simbólicos, se apuesta por el trabajo del coro y se integran estupendas coreografías como la bella escena submarina desarrollada bajo la advocación de Tetis; las firma Gema Ortiz, quien, entre otros cometidos interpretativos, también encarna la inquietante presencia de la muerte y a Incitato. La delicada luz de Francisco Cordero arropa y potencia el sentido dramático del montaje y la aparentemente sencilla e imaginativa escenografía de Miguel Ángel Castro abre insólitos espacios de la nada; mención también para el bonito vestuario de SHS Creaciones Escénicas.

Panorámica de la escena final del espectáculo (Foto; Jero Morales / Festival de Mérida)

El personaje de Calígula es un reto para grandes actores, Gérard Philipe protagonizó en 1945 el estreno de la pieza de Camus y en este mismo escenario lo encarnaron maravillosamente José María Rodero en el montaje de Tamayo y Pablo Derqui en el de Gas. En este espectáculo Juan Carlos Tirado está a la altura del desafío metiéndose en la piel de un prodigioso tirano que sabe jugar con el sarcasmo sulfúrico, la alucinación poética, la crueldad afilada y el desenfreno malévolo, y que también brilla en la dinámica coreografía en la que encarna al centauro del Tíber, una de las criaturas surgidas del deteriorado magín creativo del emperador, que se considera superior a Homero y Virgilio. Aplausos asimismo para el resto del reparto, de la sensible Drusila de Rocío Montero a la sufriente Milonia Cesonia de Paca Velardiez o el enérgico Casio Querea de Fernando Ramos, por citar unos cuantos nombres.

Merece este soberbio Calígula. El más loco de los cuerdos recorrido nacional, igual que lo merecía el gran Tito Andrónico de la pasada edición del festival, que, en certera versión de Nando López dirigida eficazmente por Antonio Castro Guijosa, protagonizaba de manera sobresaliente un desbordante José Vicente Moirón. Confiemos en que la ominosa tiranía de la pandemia lo permita.   

 

Título: Cayo César. Autor: Agustín Muñoz Sanz. Dirección: Jesús Manchón. Escenografía: Miguel Ángel Castro “Mikelo”. Vestuario y atrezzo: SHS Creaciones Escénicas. Iluminación: Francisco Cordero. Coreografías: Gema Ortiz. Espacio sonoro y piano: Abraham Samino. Producción ejecutiva: Francisco Palomino. Coproducción: Festival Internacional de Teatro de Mérida y Atakama Creatividad Cultural. Intérpretes: Juan Carlos Tirado, Rocío Montero, Miguel Ángel Latorre, Gema Ortiz, Fernando Ramos, Manuel Menárguez, Javier Herrera, Juan Carlos Castillejo, Paca Velardiez, Sergio Barquilla, y Beatriz Solís. 66 Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida. Teatro Romano de Mérida (Badajoz). 12 de agosto de 2020.

Print Friendly, PDF & Email
Artículo anteriorGaviota construye
Artículo siguienteCosas mías XXVII – El reloj
Juan Ignacio García Garzón
Juan Ignacio García Garzón es uno de los nombres que me habitan (o que habito, vaya usted a saber). Como tal espécimen, nací y vivo en Madrid, donde ejerzo la profesión periodística desde hace más de tres décadas, que ya son años. En tiempos pretéritos trabajé en Radio Exterior de España (RNE), la Agencia EFE y la cadena radiofónica COPE, no simultáneamente. En el diario ABC, he sido redactor jefe de la revista dominical Blanco y Negro, las secciones de Cultura y Espectáculos, y su suplemento cultural, además de crítico teatral.   He publicado dos libros biográficos: “Lola Flores. El volcán y la brisa” (2002 y 2007), y “Paco Rabal. Aquí un amigo” (2004), con el que obtuve el II Premio Algaba de Biografías, Autobiografías y Memorias, y el volumen de análisis cinematográfico “Cary Grant. RKO Films” (2009), además de alguna otra cosa sobre cine y teatro que se hace fatigoso enumerar. En 2009 fui agraciado con el premio Ciudad de Alcalá en su modalidad de Periodismo, que lleva el nombre de "Manuel Azaña", por el artículo “Si Hamlet fuera mujer”, publicado en ABCD las Artes y las Letras.   A veces, aunque hace ya tiempo que se hace el remolón, me visita un tipo que escribe poesía y firma como Juan Garzón. Pese a su ánimo remiso, este holgazán de la escuela Bartleby ha publicado cuatro libros de poemas: “Ejercicios de estilo” (1979), “Figuras y descripciones” (1984), “Imán” (1989) y “Principio de viaje” (2000).

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor, deja tu comentario!
Por favor, introduce tu nombre aquí