Celebración

0
242

Suzanne Marlowe, americana –además de Massachusetts, tócate los cojones– me ofreció un asunto mayor: quería celebrar su cumpleaños con un puto –entiéndase prostituto– español, creyéndose que yo por el hecho de serlo sabía cocinar, canturrear fandangos de Huelva y que por tanto acumulaba todos esos tópicos con los que no acaba ni la globalización más severa.

 

Suzanne Marlowe, americana –además de Massachusetts, tócate los cojones– me ofreció un asunto mayor: quería celebrar su cumpleaños con un puto –entiéndase prostituto– español, creyéndose que yo por el hecho de serlo sabía cocinar, canturrear fandangos de Huelva y que por tanto acumulaba todos esos tópicos con los que no acaba ni la globalización más severa: la que padecemos en estos tiempos donde indios de la India visten camisetas de Leo Messi a la vez que mascan chicles al modo ‘cine western’ mientras comen hamburguesas o espumas de tortilla de patata, plato del que al menos no pillas salmonelosis gracias a que sus ingredientes realmente ni existen.

 

Suzanne, con puestazo en una ONG peligrosa –construyen puentes sobre ríos cuando según el nuevo dogma chino deberían secar los ríos para ahorrarse esas construcciones–, me citó en su casa como si en vez de un prostituto hubiera sido un amigo del alma. Y en el contenido del continente una muestra cotidiana: sofá exageradamente cubierto de sábanas, de esas que cubren la realidad para mostrar el cutrismo; un mini-bar de donde sobresalían unas copas lamentablemente patrocinadas por Passport, un whisky no ya venido a menos sino profundamente mediocre; y una cocina donde diversas materias primas (jamón italiano ya cortado y además a máquina, verduras varias y unos extraños trozos de carne roja que no eran de ternera sino de cerdo ensangrentado) se dejaban ver sobre una chocante mesa de trabajo, soporte de un lavaplatos entreabierto donde una vajilla deshonrosa con restos acumulados desde hacía, al menos, una semana, me dieron la auténtica bienvenida. Porque cuando me arrancaba los pantalones dejando ver unos calzoncillos erróneos –suelo usar cada dos días el mismo pensando en ahorrar energía– Suzanne se destapó.

 

Cariño, no te tomes prisa: quiero que cocines para mí; y que te comportes como un marido.

 

Joder, pues nunca he estado casado y gasto más en restaurantes que en mercados.

 

Si eres español sabrás cocinarme algo.

 

¿Tú de dónde eres?

 

De los Estados Unidos.

 

Eso ya lo sabía.

 

¿Cómo? ¿El acento?

 

Bueno… y el frigorífico.

 

¿Qué quieres decir?

 

No sé: bote entreabierto de salsa de arándanos, tres zanahorias ralladas a decenas de kilómetros de distancia y mantenidas en erróneas bolsas de plástico donde el moho comienza a hacerse fuerte, tarta de chocolate más seca que un bacalao inglés, yogures para adelgazar que dan más cáncer que alegrías, y un par de pepinos cercanos a la crionización. ¡Ah! Y una docena de latas de Coca-Cola.

 

Por eso lo de un marido mediterráneo.

 

Te aconsejo mejor uno nipón: gritan menos que nosotros y ganan más dinero. Y cocinan a la par, a veces hasta más sano.

 

Ya, pero es que no tengo sintonía con los orientales.

 

Sexualmente están muy avanzados. Al menos los japoneses.

 

Ya, pero la tienen pequeña.

 

Exiges mucho para el frigorífico que gastas.

 

Finalmente Suzanne extrajo un paquete de arroz australiano que decía ser de grano arborio cuando se apresuró a pedirme la consumación de una paella sin el recipiente adecuado y con colorante en lugar del azafrán manchego. Suerte que acumulaba ocho botellas del Zinfandel del director de cine Francis Ford Coppola que se vende bajo la marca ‘Director’s Cut’. Ya anuncio que nos bajamos cuatro de ellas mientras el arroz hervía y ella se recalentaba. A su vez, volví a hacer de José Luis Moreno, entreteniéndome con una Suzanne que se venía arriba a cada trago, a cada beso, tras cada horadación manual.

 

Con la zanahoria enmohecida culminamos una ensalada para cagarse; y con los yogures, la salsa de arándanos y algo de azúcar –a la que tuve que retirar una buena cantidad de hormigas drogadas de tanta sacarosa– me marqué un postre cuanto menos decente. Tras el arroz ese postre; y ya puestos de vino y gordos de tanto engullir: la siesta. Ya que Suzanne se quedó dormida en los preámbulos: cuando hacía de Indurain marcándome una contrarreloj brutal, sin maillot ni casco, aunque usando su pubis como manillar de la bicicleta menos pesada. Cuando me di cuenta que se había dormido me puse a leer un libro que Suzanne tenía en una de sus repisas, casi todas repletas de libros. La obra era ‘Ask the dust’ de John Fante. Lo más fuerte de todo es que engullí las ciento y poco páginas, y en lengua no vernácula, sin que ella siquiera tosiera. Por un momento la creí muerta, allí despatarrada, mientras yo me deleitaba lentamente –el inglés leído no es lo mismo que descorchar botellas de Zinfandel y engullirlas– en una novela donde me sentí parte del personaje: Arturo Bandini, ese gran hombre más real que una bocanada de aire puro.

 

En un momento del trayecto literario, que era cuando ya leído el libro de Fante verificaba la editorial y año de impresión, Suzanne despertó de manera infantil: tocándome el pene. Como si allí estuviera la esencia de la vida, una bombona de oxígeno o vete tú a saber. Evidentemente no le reproché nada por dos razones evidentes. La primera: que yo hacía lo mismo cuando en mis años infantiles despertaba con erecciones poco moderadas a causa de la orina acumulada que me dejaban dubitativo por su inmensidad visual y dolor al tocarme; y la segunda: porque Suzanne había pagado por sexo y podía hacer con mi sexo casi lo que le diera la gana, incluyendo el echarse una siesta tras aquel arroz digerible que culminó en un sexo oral que le generó, junto con el vino, la enfermedad del sueño.

 

Móntame.

 

¿Eres una yegua?

 

En los albores de mi vida fui amazona.

 

Lo peor no fue que reconociera que montaba a caballo. Lo que me dejó con un ojo abierto y el otro entreabierto fue que primero me pidió sexo sin protección y ya, llegando el trasvase, me exigió –gritaba como una posesa: “¡Yo pago y yo mando!”– que me corriera dentro. Como tenía 34 y ganaba buen parné no deshice su sueño. Además de que tenía grandes posibilidades de no volver a verla. Por lo que tras cambiar el semen de vasija me lancé a una suerte de preguntas mientras Suzanne bebía agua como una posesa. Que suele pasar: te pasas con el vino, te duermes una inmensa siesta a treinta y muchos grados centígrados culminada con una decentísima sesión de sexo y te entra sed.

 

¿Te parece un embarazo un buen regalo de cumpleaños?

 

Me parece el regalo perfecto.

 

¿Me hablas en serio? ¿Me has traído aquí para preñarte?

 

Aspersor: hace tres meses que perdí al hijo que venía dentro de mí y hoy justamente cumplo 34.

 

Lo siento. Dame tres cuartos de hora que prosigo con el regalo.

 

Luego Suzanne me lo aclaró todo: tras once años de relación con un americano extraño, al que conoció en la universidad, plaga de ex infantes, aceptó que se había cansado para juntarse con un loco europeo que casi la saca de quicio. De hecho le frenó la regla en una de esas noches repletas de alcohol justo antes de que terminaran una relación que se descosía por todas las esquinas. Cuando meditaba entre suicidarse o buscarse a otro no le volvió el periodo. Y así hasta que siete meses después, en silencio y a solas, vio salir sangre de sus entrañas. El médico le aseguró que aquello había sido un aborto natural y que además tendrían que operarla. Camboya, paraíso de la negligencia médica, donde hay pocos hospitales y menos médicos, no le obsequió con psicólogos trufados de MBA, por lo que mientras encargaba ansiolíticos por docenas en la farmacia más cercana comenzó una carrera entre suicida y humana, en busca de algún tipo que fuera capaz de preñarla y dejarla tranquila en su ansiedad pre-maternal. Ya no quería más ‘te quieros’. Le era suficiente con una nevera repletamente vacía de productos estúpidos y otra barriga in crescendo, pero esta vez sin padre al que recordar.

 

Mi consejo, Suzanne, es que no trates al resto de putos como me has tratado a mí.

 

¿A qué te refieres?

 

Te lo digo porque si todos eyaculáramos dentro de todas el riesgo sería absoluto. Y a lo mejor en vez de embarazada estarías infectada.

 

Ya todo da igual Aspersor. Busco a un donante de semen de apariencia mediterránea que además sea digno.

 

¿Y desde cuando la prostitución ha sido cosa digna para una americana serena de MBA y demás estudios profundos?

 

Aspersor: ser madre no se aprende en las universidades. Y lo peor es que las necesidades básicas te las suplantan con ansiolíticos. Y yo quiero tener un hijo.

 

¿De un puto?

 

Tú no eres un puto. Tú eres lo que yo habría querido poseer como pareja.

 

¡Pero si me conoces desde hace cuatro horas!

 

Como si te conociera de toda la vida.

 

Antes de irme, porque siempre del lugar que entras acabas saliendo, le deposité otra vez en sus entrañas la semilla del riesgo mientras se descorchaba, creo, la sexta botella de Coppola, en una salida que tomó tras mi nueva intentona de homenajear a José Luis Moreno, que de poco le valió, porque como me dijo Suzanne en un momento de arrojo: “Para manos las mías y para pene el tuyo. Así que no globalices el sexo”.

 

Suzanne agonizaba en vida. Y yo ya sabía que de mí no se iba a quedar preñada. Porque sin telefonear a Pitágoras uno que bebe más vino que agua, y que supera los cuarenta, tiene pocas posibilidades de hacerse pasar por semental; si acaso por prostituto: justamente lo que llevo meses anunciando y reivindicando.

 

Suzanne, por mucho que quieras yo no podré darte lo que deseas.

 

¿Y tú cómo lo sabes?

 

Porque lo sé. Confía en mí. Mi esperma viaja por tu cuerpo, pero sin billete de salida; adormecido; blandengue; embriagado hasta límites insospechados.

 

Suzanne, entre excitada, dolida y borracha, me agradeció las charlas, los polvos y el arroz –se olvidó del postre que me curré casi sin materias primas– para invitarme a marchar. Serían las once de la noche y a esa hora en Phnom Penh, a no ser que te acerques al Riverside o aledaños, no hay gente paseando. Por lo que sigilosamente me monté en un tuk-tuk que me apeó en mi zulo donde nada más cruzar el umbral de la puerta fui a orinar, y al verme en el espejo, busqué en aquella imagen algo que tuviera que ver con la paternidad. Luego me di cuenta que la paternidad no es correrse dentro, sino esperar queriendo. Y Suzanne tampoco es que me hubiera contratado para irnos de camping la próxima semana. Por lo que me acosté tranquilo, algo beodo, y en plena fase testicular de rellenado de los mismos. Leí algo del ‘Ulises’ de Joyce, libro que tengo aparcado como esos coches sin ITV desde hace años, para darme cuenta que Joyce era un genio y que John Dante era menos genial pero más auténtico: al menos se le entendía.

 

 

Joaquín Campos, 31/08/14, Phnom Penh.