Centro Cultural Ruso

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Debería intentar aprender un poco de árabe pero prefiero el ruso. Un idioma absolutamente inútil en Líbano. Su centro cultural se sitúa en un edificio discreto, a escasa distancia de La Corniche. A pocos metros empiezan a desplegarse algunas de las grandes tiendas de moda. El edificio parece desierto. Solo unos papeles en cirílico pegados en la entrada indican que el ruso pinta algo allí.

 

El guardia de seguridad podría pasar por nativo de las estepas. Levanta la cabeza de una revista de crucigramas con gesto totalmente asqueado y no disimula su molestia al tener que incorporarse para examinar mi bolso. Me envía al segundo piso con brusquedad. Me siento estúpidamente nerviosa, como si algunos idiomas pudieran incluso hacer compañía, convertirse en un bastón…El pasillo está vacío, las distintas aulas también. Solo una pequeña sala está iluminada. Un hombre lee el periódico detrás de su escritorio. El formulario de inscripción en el centro  está disponible únicamente en árabe. La desidia llega hasta ese punto. Me explica que en Beirut, por exótico que parezca, existen rusas que no forman parte del mundillo de la prostitución. Una de ellas sería mi maestra.

 

Es árabe pero habla y se comporta como un auténtico ruso. No muestra el menor entusiasmo con la posibilidad de contar con una alumna nueva. Mis preguntas solo le roban tiempo a su vagar entre el aburrimiento y la pura abstracción. Es un diminuto cacho de Moscú en el Líbano, una migaja para una muerta de hambre. Una matrioska descolorida me mira desde una estantería. Cubierta de polvo funciona ahora como pisapapeles.

 

Cuando salgo a la calle me reencuentro con el trajín habitual de la ciudad: coches, mujeres y hombres con la última y más flamante carrocería. Es quizá una de las cosas que más echo de menos de Rusia, allí nadie se atrevería a afirmar que es feliz. Aquí tampoco lo son pero pretenden aparentar todo lo contrario. Los libaneses nunca podrían ser personajes de Dostoyevski.