Cerca de la guerra: las otras fronteras de Rusia, 3. Letonia

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¿Es Riga la Pequeña Moscú? Cómo se vive en la capital de Letonia bajo las constantes amenazas de Rusia

“La oligarquía rusa que se consolidó tras las elecciones de 1990 sigue funcionando, y promueve una política exterior diseñada para destruir la democracia en el resto del mundo”
Timothy Snyder, Sobre la tiranía

 

Treinta años después del final de la ocupación soviética, la política colonial de Rusia sigue constituyendo una amenaza para Letonia. Tras el inicio de la guerra a gran escala en Ucrania, las tensiones no han hecho más que agravarse. Así, Letonia ha sido el escenario de importantes maniobras militares por parte de la OTAN. Los medios de comunicación informan a los lugareños sobre cómo prepararse para una posible guerra, explicándoles que Riga –la capital de Letonia– carece de refugios antiaéreos. En consecuencia, en el caso de un bombardeo, deberá procederse a la evacuación de la ciudad.

‘Terra incognita’

Letonia es un pequeño país de Europa del Este (de un tamaño ocho veces menor que el de España), del que pocos han oído hablar fuera del continente. Viven menos de dos millones de personas y hay una gran fuga de jóvenes hacia países más ricos (especialmente Alemania e Irlanda), lo que está frenando mucho su desarrollo.

“Con 25 años me fui a Irlanda”, comenta Liga, de 32 años. “Allí los médicos tienen unas perspectivas mucho mejores. La mayoría de mis compañeros de promoción ha abandonado el país. Me da la sensación de que ahora se quedan solo dos tipos de médicos: aquellos que sueñan con cambiar el sistema y quienes, por el contrario, carecen absolutamente de ambición y no quieren cambiar nada”.

Mes a mes, Liga les envía dinero a sus padres. Ella espera que, en el futuro, se pueda ganar igual de bien la vida en Letonia, pero el principio de la guerra en Ucrania la ha vuelto más pesimista: “Mi madre no cree que Rusia sea capaz de atacar a Letonia, pero lo cierto es que, en febrero, para muchos también era inconcebible que atacase a Ucrania. Creo que debemos entender que Putin es capaz de cualquier locura. Yo estoy constantemente recordándoles a mis padres que deben tener reservas de agua y comida”.

Una cuarta parte de la población letona es rusa y, si bien oficialmente el idioma ruso no tiene el estatus de lengua oficial, en la práctica se oye con frecuencia en la calle. Sobre todo en la capital. Es imprescindible hablar letón para conseguir un trabajo, pero el conocimiento del ruso supone siempre un importante valor añadido. Según datos de 2018, en Riga viven 262.000 rusos, lo que constituye el 38 % de la población de la ciudad. No solo ellos hablan en ruso: en su vida cotidiana, también bielorrusos y ucranianos suelen emplear esta lengua.

Tras el estallido de la guerra, se oye mucho más ruso en las calles de Riga: aquí vienen tanto los refugiados ucranianos como ciudadanos rusos que no quieren seguir dependiendo del régimen de Putin. Se ignora hasta qué punto se ha incrementado la presencia rusa en Riga. No obstante, lo que sí se sabe es que, desde el 24 de febrero, Letonia ha expedido visados a más de 1.100 ciudadanos rusos. Casi la mitad de esta cifra son visados para trabajadores de los medios de comunicación y sus familiares. Después de que Rusia aprobara la ley sobre las fake news, que prohíbe informar con rigor de la guerra en Ucrania, los periodistas independientes empezaron a abandonar el país en masa para evitar la cárcel y poder continuar con su trabajo. También se expidieron visados a familiares de ciudadanos de la Unión Europea por motivos humanitarios: para tratamientos médicos graves o para ir al funeral de un pariente.

Tras la caída de la Unión Soviética no todos los rusos que vivían en Letonia lograron obtener la ciudadanía autóctona, por lo que se les concedió el estatus de no ciudadanos. Afectó principalmente a quienes se trasladaron a Letonia durante la ocupación soviética y a sus hijos. Los no ciudadanos se ven perjudicados con respecto a algunos derechos: no pueden ocupar una serie de cargos públicos ni votar en las elecciones. Para obtener la ciudadanía tienen que pasar por el procedimiento de naturalización: aprobar un examen de historia y lengua letonas. Resultó que no todo el mundo quiere hacerlo y, en el año 2020, uno de cada diez residentes en Letonia seguía teniendo el estatus de no ciudadano. La mayoría de estos últimos son rusoparlantes.

Ese 2020 se realizó una encuesta en el país: se preguntó a los no ciudadanos por qué no realizaban el proceso de naturalización. La razón más frecuente es el miedo a no aprobar los exámenes de lengua e historia (el 23 % de los encuestados opinaba así). El 17 % cree que se le concede automáticamente la nacionalidad y no tiene que pasar ningún examen, y el 15 % espera que el proceso de naturalización se simplifique en un futuro próximo.

“No me arrastraré ni demostraré nada a nadie”, declara Viktor, de 48 años. “Nos obligan a aprender letón. Aprendí ruso en la escuela, en mi casa he hablado ruso toda mi vida. ¿Por qué estoy obligado a reciclarme?”.

Viktor llama a la propia Letonia “un lugar vacío” e “inútil”. Espera que pronto las autoridades letonas ‘entenderán que el futuro pertenece a Rusia, y seguirán rogando a la gente que adopte la ciudadanía letona, porque en las calles se formarán colas para conseguir el pasaporte ruso’”.

La fuerza de la propaganda

Esta actitud hacia el letón suele ser consecuencia de la propaganda rusa. Tras el estallido de la guerra total en Ucrania, Letonia bloqueó muchos sitios web con noticias y canales de televisión de la propaganda rusa. Tan solo el canal independiente ruso Lluvia (Дождь), que recientemente ha abierto una oficina en Riga, está autorizado a emitir. De hecho, los periodistas de este canal no pudieron seguir trabajando en Rusia por las amenazas de las autoridades. Tras el 24 de febrero, el canal dejó de funcionar durante un tiempo, pero ahora ha reanudado su actividad, retransmitiendo desde Letonia.

Entre los medios propagandísticos bloqueados se encontraba Sputnik, una agencia de noticias pro-Kremlin mediante la cual las autoridades rusas difunden desinformación sobre la guerra en Ucrania. Los equipos de esta agencia llevan operando en varios países desde 2014, justo cuando Rusia ocupó la Crimea ucraniana y apoyó activamente a los movimientos separatistas en el este del país.

El gran éxito de la propaganda rusa en Letonia lo demuestran las encuestas realizadas tras el inicio de la invasión. Según los resultados, el 90 % de las personas que hablan letón en casa apoya a Ucrania. Sin embargo, entre las familias rusoparlantes, solo el 22 % lo hace.

Para contrarrestar la propaganda del Kremlin, las autoridades letonas han tomado medidas que algunos califican como violaciones de la libertad de expresión. En Letonia está prohibido ver o emitir la televisión rusa, y es ilegal exhibir cualquier símbolo de adhesión a Rusia. Así, en Riga hay muchas banderas ucranianas, pero solo una rusa, en la embajada del país agresor.

Desde el primer día de la guerra se han producido concentraciones frente a la embajada rusa. También hay puestos donde se leen frases textuales de los propagandistas, acompañadas de fotografías reales de Ucrania que demuestran que dichas citas son falsas.

 

—Mamá, ¿qué es esto? –pregunta una niña mientras pasa junto a carteles de apoyo a Ucrania y tablones con fotografías.

—Aquí la gente protesta contra los horrores de la guerra. Pero yo no creo que eso le ayude a nadie; solo alimenta el odio.

 

Las autoridades municipales no pueden retirar la bandera de la embajada rusa, pero sí pueden luchar contra la simbología soviética. En agosto de este año, por ejemplo, se derribó el monumento a los soldados soviéticos, situado en el Parque de la Victoria. La demolición ha sido una iniciativa que ha agravado la división ya existente en la sociedad: una parte de la población de habla rusa aún no está dispuesta a reconocer que ese periodo de historia soviética fue en realidad una ocupación de Letonia. Para ellos, derribar el monumento –que le costó a la ciudad dos millones de euros– es una falta de respeto a sus antepasados.

Тan solo voluntarios

Periódicamente, los refugiados ucranianos se concentran ante la embajada. Una vez que han huido de la guerra, intentan apoyar a quienes luchan por la independencia de su país. Pero no todos acuden a la embajada: muchos van a la estación de autobuses, al centro de voluntarios, donde ayudan a aquellos para los que Riga no es más que una escala en su largo viaje.

En las primeras semanas de la guerra, la gente huyó principalmente hacia Polonia, atravesando Ucrania occidental. La mayoría se estableció en diferentes ciudades polacas, pero, con el tiempo, cada vez más personas empezaron a recorrer más distancia, porque Polonia ya estaba masificada: tanto, que alquilar una vivienda se volvió demasiado arduo y caro, así como también se volvió difícil encontrar trabajo. Pero entonces todo cambió, y un nuevo flujo de personas llegaron a los Estados Bálticos e incluso más lejos, a través de Rusia.

Esta nueva oleada resultó ser mucho más compleja que la primera. Si al principio había mucha gente a la que solo le asustaba la guerra, ahora, casi todos los nuevos refugiados que entran en Letonia proceden de los territorios ocupados. La mayoría de ellos ha vivido mucho tiempo bajo los bombardeos: encerrados en los sótanos, pasando hambre, mientras enterraban a sus familiares y vecinos. Muchos se han quedado sin hogar.

Riga está ya superpoblada, así que desde julio no recibe más refugiados. Evidentemente, nadie va a expulsar a quien consigue alquilar un piso o tiene la posibilidad de vivir con familiares ya residentes. Pero no habrá más ayudas por parte del Estado. En total, Letonia ha acogido y registrado a más de 30.000 militares ucranianos refugiados. Más de la mitad se quedaron en Riga. Actualmente, no se puede precisar cuántos se encuentran en la ciudad. Porque siguen llegando y porque hay refugiados que abandonan Letonia sin renunciar oficialmente a su nuevo estatus letón.

Así, Riga se ha convertido en uno de los principales centros de tránsito. Suele ser la primera ciudad en la que se sienten seguros. No obstante, aquí ya solo los pueden ayudar los voluntarios. El Estado ha agotado los recursos para subvencionar a quienes se quedan en Letonia, y apenas se ampara a quienes están de paso. Nadie ha salido a anunciar la decisión oficial de no prestar ayuda a las personas en tránsito; simplemente se las ignora.

En cualquier caso, sí que se les procura cierta asistencia: si alguien entra en Letonia a altas horas de la noche o de madrugada los guardias fronterizos siempre pueden llamar a los servicios de asistencia, que se ocuparán de encontrar un lugar para que estas personas duerman, y les explicarán cómo llegar a Riga al día siguiente; los refugiados en tránsito pueden permanecer hasta cinco días de forma gratuita en el centro de Mucenieki, a las afueras de la ciudad. Es un lugar donde suelen vivir los que solicitan asilo en Letonia. Se encuentra en el extrarradio de Riga y se puede llegar en un autobús urbano regular, cuya ruta comienza cerca de la estación de autobuses.

Muchos militares ucranianos refugiados no lo ven como una opción, porque, entre otras cosas, no se admiten animales de compañía y Mucenieki no es adecuado para personas con dificultades para caminar. Las salas de estar están en el segundo y tercer piso del edificio, que no tiene ascensor. Y entre los refugiados suele haber personas con las piernas lesionadas o recién operadas.

Así que, en realidad, todo el sistema de ayuda a estas personas recae ahora en la organización juvenil Young Folks LV, que coordina el proceso.

“No puedo creer que ya estemos a salvo”, dice Liudmila, una mujer de un pueblo ocupado cerca de Járkiv. “¡Ocho días! Ocho días llevamos mi marido y yo en la carretera. Pasamos mucho miedo en Rusia. Sabíamos que si en cualquier parte nos pedían la documentación la policía podía detenernos simplemente por ser ucranianos. Sentí que era una especie de infierno del que nunca saldríamos”.

Si bien los hijos de Ludmila y Vitali se fueron al oeste de Ucrania durante las primeras semanas de la guerra, ellos se mostraron totalmente reacios a marcharse. Pero ahora dicen que no podían seguir viviendo bajo la ocupación. Es imposible viajar directamente desde la zona ocupada a los territorios controlados por las autoridades ucranianas, así que se vieron obligados a dar un rodeo: a través de Rusia, Letonia, Lituania y Polonia. En Leópolis, ciudad de Ucrania occidental, los esperan dos hijas adultas que ya les han comprado los billetes desde Riga.

Este es un caso muy sencillo para los voluntarios: solo tienen que hablar con la pareja, tranquilizarla, darle de comer y prepararle un té caliente. Normalmente suele ser mucho más complicado: personas que necesitan ayuda para comprar los billetes, a quienes deben encontrar algún alojamiento para unos días mientras esperan un medio de transporte.

Los refugiados llegan aquí de diferentes maneras: algunos con su propio vehículo, otros con la ayuda de transportistas o en transporte público. Son muchos los atendidos por los voluntarios de la iniciativa internacional Rubikus a los que ayudan a configurar su itinerario, a encontrar el medio de transporte adecuado y, si es menester, a pagar los billetes. Es muy habitual que haya personas recorriendo la frontera bielorrusa: circulando a lo largo de Bélgorod, Kursk, Oriol, Briansk, Smolensk, Velíkiye Luki… En Letonia pasan por el paso fronterizo de Burački y, con menor frecuencia, por Ubylinka, el punto más septentrional.

El centro de voluntarios se encuentra en el edificio de la estación de autobuses, en la sala donde antaño se recogían las maletas. Desde las 8 de la mañana hasta la medianoche hay personas de guardia que ayudan a los refugiados a encontrar alojamiento y a comprar billetes para su próximo destino; les dan comida y artículos de higiene, además de proporcionarles calor humano.

Una enorme red invisible de personas que no permanecen indiferentes se ha organizado en la ciudad. Algunos ayudan a pagar el alojamiento y los billetes, otros están de guardia en el centro de voluntariado; algunos acogen a las familias durante unos días, otros los ayudan en sus desplazamientos por la ciudad; finalmente, algunos llevan al centro comida, pañales, champú, e incluso hay quien carga con animales y colabora ofreciendo tranquilizantes.

“Tome tres pastillas”, le dice el voluntario a una mujer con un perrito asustado sentado a su lado. “Dele al perro una pastilla una hora antes del autobús de mañana y le facilitará el viaje. Guarde el resto. Luego podría necesitar alguna más”.

La mujer sonríe desconcertada y no parece creer que no hace mucho estaba escondiéndose de la muerte en un sótano, mientras los soldados rusos destruían su ciudad, y ahora alguien le proporciona sedantes a su perro. Y para no llorar empieza a contar rápidamente que le era imposible abandonar a su perro en Mariúpol, que no concebía hacer algo así. “Durante la evacuación les dije a los voluntarios y cooperantes que no iba a ninguna parte sin mi perro. Juntos sobrevivimos, y solo podíamos huir juntos”.

La Pequeña Moscú

Las autoridades letonas han anunciado recientemente que quieren dejar de expedir visados y permisos de residencia temporal a los ciudadanos rusos (con algunas excepciones), lo que significa que Riga podría dejar de llamarse la Pequeña Moscú. Ahora este nombre humorístico suele encontrarse en las redes sociales, entre grupos rusoparlantes. Algo que, por supuesto, ofende a los letones y los predispone contra los rusos.

Sin embargo, sí que hay distritos totalmente rusos en Riga. Incluso el barrio residencial más poblado, Purvciems, está habitado mayoritariamente por ciudadanos de esta nacionalidad. Construido con los típicos edificios de apartamentos soviéticos, allí no se suele oír hablar en letón por la calle. Además, la zona más desfavorecida de la ciudad se llama popularmente Maskachka. Se trata de un área denominada Periferia Moscovita (Maskavas Forštate). En su día fue un acaudalado barrio de comerciantes, pero en el siglo XX albergó un gueto judío, tras lo cual esta parte de la ciudad nunca se ha recuperado. La vivienda allí es considerablemente más barata y, entre sus vecinos, es fácil toparse con alcohólicos, mendigos o traficantes de drogas. Caminar por la zona se considera inseguro, especialmente por la noche.

Otro barrio ruso, Bolderāja, está cerca del mar y, en teoría, podría ser una zona de lujo y muy cara, pero en realidad también alberga muchos indigentes y delincuentes. En este suburbio es posible alquilar un estudio por 160 euros. En comparación, un piso similar en Purvciems se alquila por entre 200 y 250 euros.

Sin embargo, no es por eso que la ciudad se llama Pequeña Moscú. Muy cerca de Riga se encuentra Jūrmala, que en la época soviética era un popular centro turístico para la élite rusa. Es una ciudad muy cara, y muchos de los inmuebles pertenecen a rusos. No obstante, Riga es más idónea para una vida social activa, con lo que muchos de los que se trasladaron a Letonia se han instalado en la capital.

A menudo eran personas adineradas que abrían algún negocio. La peculiaridad de la diáspora rusa, no solo en Letonia, sino también en Alemania, es que la mayoría no quieren integrarse, sino que intenta crear islas en sus países de adopción. Están acostumbrados a los comercios rusos y quieren mantener ese mismo servicio en los lugares en los que se instalan.

Hasta cierto punto, están realizando en el extranjero su sueño de una Rusia perfecta sin violencia policial. Riga siempre ha sido un lugar idóneo para ello: la ciudad está a solo 300 kilómetros de la frontera rusa, el aire es limpio, hay mar y, tras la ocupación soviética, la mayoría de la gente, si no habla ruso a diario, cuando menos entiende el idioma.

“Mi familia y yo nos establecimos aquí hace tres años”, dice Pavel, de 35 años. “Es difícil criar a los niños en Moscú. En comparación, Riga es bastante pequeña: aquí todo está cerca y se puede ir al mar casi todos los días. Mi hijo va a una escuela rusa, yo trabajo en logística, mi mujer trabaja como manicura. Tenemos clientes de habla rusa en su mayoría, somos amigos de otras familias rusas, así que no aprendemos letón. ¿Para qué lo necesitamos? ¡Si somos rusos! ¿Qué pensamos de la guerra? En primer lugar, no es una guerra, es una operación especial. En segundo lugar, siempre amaré y apoyaré a mi patria”.

Tras el estallido de la guerra, Letonia decidió asegurarse de que todos los niños de habla rusa también aprendieran letón, así que parece que la familia de Dimitri tendrá que adquirir la lengua oficial, por mucho que les pese.

Con el inicio de la invasión, muchos rusos con mentalidad opositora también acudieron a Riga. La ciudad ha sido especialmente popular entre los periodistas independientes. Durante muchos años, la sede del periódico independiente ruso Medusa (Медуза)  se ubicaba en Riga, y ahora el canal de televisión Lluvia (Дождь)  emite desde aquí, al tiempo que también se publica Nueva Gaceta Europa (Новая газета Европа) .

De momento, se desconoce si Letonia anulará los visados y permisos de residencia de los periodistas rusos. Tampoco está claro si estos periodistas, junto con los lugareños, tendrán que evacuar pronto Riga… si es que los alcanzan las tropas de Vladímir Putin.

Más contenidos sobre el proyecto en Cerca de la guerra.

Traducción del ruso al español: Amelia Serraller Calvo

Fotos: Edu León, Emilia Lloret, Denis Vejas y Nasta Zakharevich

 

Оригинальный текст на русском языке (texto original en ruso)
Nasta Zakharevich es una periodista independiente bielorrusa, refugiada actualmente en Letonia, donde ahora reside. Tuvo que huir de su país tras sufrir dos detenciones y 22 días de reclusión en 2020, debido al alto riesgo de ser procesada judicialmente por su labor periodística. Tras huir de Bielorrusia siguió cubriendo la crisis política y las represiones masivas en su país. Entre otros medios, ha colaborado con Radio Liberty, el Portal Verde de Bielorrusia, Delfi (el mayor medio de comunicación de los Países Bálticos) y la agencia de noticias Efe.

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