Cerca de la guerra: las otras fronteras de Rusia, y 6. Moldavia

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Transnistria, el lugar en el que Lenin todavía vive

“Ya oíste lo que se ha dicho: mejor es morir entre las ruinas del propio país, que en un palacio extranjero”

Taras Shevchenko

 

—¿Trasintria?
—No, no, me voy a Transnistria. Lleva dos eses. Aunque ese no es su nombre oficial, esa es la traducción del rumano. En ruso se llama República Moldava de Pridnestrovia.
—…
—¿Sigues ahí?
—Ángela, creo que te lo estás inventado.
—Pero ¿cómo me voy a inventar un país?

Transnistria no es un país ficticio. Sobre todo porque no es un país, es un territorio moldavo secesionista fronterizo con Ucrania, y en el que más estatuas de Lenin hay por metro cuadrado. Mientras en las otras exrepúblicas soviéticas se han retirado tanques, esculturas y monumentos conmemorativos de otros tiempos más rojos (como hemos visto en otros reportajes de este proyecto), aquí hay que decidir entre cruzar por la calle Lenin, seguir por 25 de Octubre o pasear por Karl Marx.

La relación con Moldavia es muy complicada: hay demasiados factores que hacen difícil un entendimiento. Ahora, desde la invasión de Ucrania, este lugar liderado por autoridades prorrusas busca su encaje en la nueva coyuntura internacional mientras mantienen la hoz y el martillo en su bandera.

Moldavia es uno de los países más pequeños (y pobres) de Europa, con una historia apasionante, que lucha por limpiar con aguarrás la lacra de la corrupción y un pasado comunista, y que está construyendo infraestructuras que le permitan un abastecimiento energético que no provenga del Kremlin.

 

Moldavia, un país que busca su identidad

Con 2,6 millones de habitantes, Moldavia comparte vecindario con Rumanía y Ucrania. Es, con Ucrania, uno de los países con menor renta per cápita de Europa, según el Fondo Monetario Internacional (FMI). Desde el 24 de febrero de 2022, fecha en la que comenzó la invasión, Moldavia ha tenido que hacer frente a la llegada masiva de refugiados ucranianos. Maia Sandu, su presidenta, ha reiterado que está intentando hacer todo lo posible para mantener al país al margen de la guerra porque Moldavia sigue siendo neutral. Y esta no es únicamente una decisión política del Gobierno de Sandu, sino que es una condición que se recoge en la carta magna del país: “La República de Moldova proclama su neutralidad permanente”. Pero ya veremos que la neutralidad en un territorio donde hay soldados extranjeros, soldados rusos en este caso, se torna muy complicada.

En los últimos doscientos años, lo que hoy conocemos como República de Moldavia ha sido parte de Rumanía, del Imperio Otomano, del Imperio ruso y de la URSS; desde hace solo tres décadas es una nación independiente, que se sabe mezcla de muchas influencias e intenta buscar una identidad.

En agosto de 1991 se declaró independiente, pero el 2 de marzo de 1992, el mismo día que la ONU la reconocía como estado miembro, estalló un conflicto militar en la región de Transnistria que duró tres meses, en el que se enfrentaron fuerzas policiales y civiles moldavas al ejército ruso estacionado en Transnistria. La guerra terminó con un acuerdo de alto el fuego firmado por los entonces presidentes de la Federación Rusa, Borís Yeltsin, y el de la República de Moldavia, Mircea Snegur. Desde entonces este conflicto está metido en la nevera. Las dos partes son conscientes de algo fundamental: Moldavia nunca podrá integrarse la Unión Europea hasta que controle todas sus fronteras, algo que ahora no está en el horizonte inmediato.

Mariana Iatco, profesora de Ciencias Políticas de la Universidad Estatal de Moldavia, me explica que hasta ahora los sucesivos gobiernos moldavos tampoco se han involucrado mucho en solventar el problema; era más fácil mantener congelado el conflicto porque la oligarquía moldava y muchos políticos usaban este territorio para blanquear capitales.

Mariana me sigue contando cómo funcionan las élites en su país, y en su español aprendido en Andalucía, me pregunta:

—¿Existe la expresión lavar dinero en español?
—Vaya que si existe –le respondo–. La conocemos muy bien.

En treinta años, pocos han sido los intentos para estrechar relaciones. Ahora, dicen algunas voces, puede ser un buen momento para ponerse manos a la obra.

 

Pridnestrovia: la república de la hoz, el martillo, la agricultura y la industria

Aunque es mucho más común encontrar este territorio con el nombre de Transnistria, topónimo que en rumano significa “del otro lado del río Nistru”, nadie que viva en la zona lo llama así, porque esa misma corriente de agua se llama Dniéster en ruso, así que Priednestrovia viene a significar cerca del río, pero en ruso. Y eso, aquí, es importante.

La República Moldava de Priednestrovia es una estrecha franja de tierra en la que vive medio millón de personas. Su capital es Tiráspol, una ciudad de 160.000 habitantes en la que no necesitamos ningún túnel del tiempo para viajar al pasado. Estamos en el pasado.

A los youtubers que van a la zona les encanta llamarlo el país que no existe, el país inventado, y un montón más de lugares comunes, pero sí cuenta con todos los ingredientes para ser una nación: territorio, parlamento, ejército y policía, fronteras, constitución, bandera, e incluso emite su propia moneda… ¿Por qué no es un estado? Pues porque no cuenta con el reconocimiento de la comunidad internacional, elemento indispensable para serlo. Transnistria juega en la liga de otras regiones en disputa como Abjasia, Nagorno Karabaj, Osetia del Sur, o Somalilandia, que tampoco están reconocidas por la ONU.

Mientras que Moldavia tiene un ejército de unos 6.000 efectivos, en este pedazo de tierra de 4.100 kilómetros cuadrados hay unos 7.000, y más de 1.500 soldados rusos de forma permanente desde 1992, llamados “unidades de mantenimiento de paz”. La mayoría de la población transnistria tiene pasaporte moldavo, ucraniano o ruso. Los idiomas oficiales son el ruso, el ucraniano, y también el moldavo (que es el rumano), pero hay que escribirlo con el alfabeto cirílico, aunque sea una lengua latina.

Tras la invasión de febrero de 2022, Ucrania cerró inmediatamente sus fronteras con Transnistria y destruyó gran parte de las infraestructuras que conectaban ambos lados, lo que ha provocado que la región secesionista dependa completamente de Moldavia para la importación y exportación de bienes.

Ahora que ya tenemos un contexto del país, viajen conmigo a Transnitria. Traigan ropa de abrigo.

 

¿Llueve o no en Transnistria?

Una de las máximas del periodismo es que, si hay dos opiniones enfrentadas, si unos dicen que llueve y otros que no, no basta con recoger las dos versiones. Hay que salir a la calle para ver si el periodista se moja. Vamos a ver si en Tiráspol y alrededores llueve.

Antes de ir quiero entrevistar a Alina Ruda, cofundadora del Ziarul de Garda, un semanario de investigación con 18 años de vida, que ha peleado duro por hacerse un hueco dentro de la prensa prorrusa que ha imperado en el país durante décadas. Le pido perdón a Alina por llegar un poco tarde a la entrevista, me he encontrado con una manifestación frente al Parlamento y me he parado para hacer preguntas.

—Sí, son manifestantes pagados por intereses prorrusos, ya lo hemos sacado en nuestro periódico.
—¿En serio? ¡Pero si eran varios centenares, con tiendas de campaña y todo, y la gente decía cosas muy coherentes!

Me explica que están pagados por políticos corruptos cercanos a Rusia, y que todo está orquestado por el partido político de Ilan Shor, empresario y oligarca moldavo, que ha fletado autobuses desde las zonas pobres cercanas a Chișinău (la capital moldava) para para que acampen en esa zona. La historia de Shor se enmarca dentro del período más negro de la corrupción en el país. Fue acusado de planear en 2014 una estafa bancaria, de la que se beneficiaron algunas de sus empresas, en la que desaparecieron de tres bancos moldavos mil millones de dólares (unos 760.000 euros), lo que supuso la pérdida del 12% del Producto Interior Bruto de Moldavia. Shor fue interrogado, sus bienes personales incautados y sometido a arresto domiciliario, pero desde 2015 se le permite moverse libremente porque colaboró con la investigación. Lo apoya Rusia, me dice Ruda, y busca desestabilizar el gobierno proeuropeo actual.

—Contrastar información es fundamental en este momento, más cuando las fake news también forman parte de esta batalla.
—Eso es lo que hacemos cada día, somos periodistas de investigación.

Me cuenta que lleva 33 años en la profesión. “Tengo claro que he de luchar por la verdad cada día. Nunca he tenido el derecho de estar exhausta, porque siempre he tenido que pelear por mis libertades, porque sé lo que era ser periodista durante la Unión Soviética. Sé lo que es ser libre y lo que es no serlo”.

Me habla de que hay una población que sigue consumiendo mucha información procedente de Rusia, ya que más de las dos terceras partes de la población habla esa lengua, y que el problema con la intoxicación mediática ha sido muy grave. Dice que hay una narrativa férrea por parte del Kremlin que intenta convencer a persuadir a los moldavos de una idea: “Europa quiere que nos involucremos en la guerra, que la OTAN viene a crear la guerra y que todos los países europeos son nuestros enemigos y nuestro único amigo es Rusia”.

 

Hablamos de cuáles son los principales desafíos para los medios moldavos, en especial de la rusofobia, que Alina me explica que utilizan los partidarios de Putin para englobar toda crítica a la invasión. Ella ha sufrido la rumanofobia. Tres generaciones en su familia han nacido en el mismo pueblo: cuando su madre nació era Rumanía; cuando nació ella, la URSS, y cuando nació su hija, Moldavia.

Me despido con un abrazo y le digo que siento haberla entretenido tanto, que me tengo que ir a Tiráspol, que no quiero llegar tarde (sí, al final llego tarde). Me dice que me cuide.

El autobús que va desde la estación, al lado de la Piata Centrala de Chișinăua, a Tiráspol me cuesta 68 lei (3,60 euros) y suele tardar entre hora y media y dos horas, según el estado del tráfico y lo que se demore en la frontera. En Colombia a este vehículo se le llama buseta, porque no llega a la categoría de bus, es pequeña, viejita y hecha de partes de otros autobuses. No tiene música a todo volumen y la echo de menos. Saliendo de la capital veo barrios pobres, con grandes construcciones brutalistas y paredes que no han visto la pintura desde los años cuarenta. Reviso mis notas: Moldavia tiene la mayor inflación de la región, entre el 30 por ciento y el 3 por ciento. Un país pobre, con una tasa de población emigrada altísima que ha tenido que gestionar una crisis migratoria. “La población ha tenido una aptitud ejemplar”, me comentó Alina. “Nadie durmió en la calle y a nadie le faltó comida”.

No es la primera persona que me lo dice. Tim Schoffner, encargado de relaciones exteriores del Alto Comisionado de las Naciones Unidas (ACNUR) en Moldavia, me lo confirmó cuando hablé con él en Chișinău. Me dijo que la respuesta del Gobierno y de la sociedad civil había sido muy buena, y que llegaron más de 650.000 refugiados, aunque la mayoría de ellos ya se han ido a Rumanía y a otras partes de Europa. “Ahora hay unos 92.000 refugiados y quieren quedarse aquí hasta que puedan regresar a sus hogares”, me dijo Schoffner. La respuesta fue aún más excepcional teniendo en cuenta que el país se enfrentó a la pandemia, a la sequía en 2020 y a la crisis energética de 2021. ACNUR recibió en 2021 en este país cien peticiones de asilo. Este año han sido cerca de 9.000.

La mayoría de los refugiados son mujeres con niños y mayores. Los hombres están luchando en la guerra. El Gobierno moldavo ha desarrollado protocolos especiales para proporcionar protección a los refugiados. Schoffner, que habla un perfecto español, también me dice que ellos están pendientes de cómo evoluciona la guerra, y están preparados para otros escenarios potenciales.

Ese compromiso por parte de la sociedad lo veo claramente en la Casa Mărioarei, una ONG nacional, capitaneada por una mujer excepcional, Veronica Cernat, que brinda apoyo y asesoramiento a mujeres víctimas de violencia machista. Cuando la invasión comenzó, Veronica se reunió con su equipo y decidieron destinar cuarenta camas de su refugio a mujeres desplazadas, para que pudieran tener una casa. La conversación con Cernat está llena de cariño y de compresión, tanto para sus usuarias como para las mujeres ucranianas que han pasado por aquí. “Es muy importante para nuestras beneficiarias saber que, aunque vuelvan con su maltratador, nuestras puertas siempre están abiertas, porque no es fácil ni rápido cambiar. Pero aquí estamos para ellas”, me dice.

Le pregunto si han trabajado con mujeres transnistrias, pero me asegura que es muy complicado “porque allí no aceptan nuestras leyes, así que lo que aquí hagamos allí no se reconoce”. Si en Chișinău se autoriza una orden de alejamiento no tiene efecto una vez pasada la frontera con Transnistria. También me cuenta que hay varias organizaciones que trabajan allí, y que están haciendo un buen trabajo.

—¿Tú sabes si en Transnistria hay leyes contra este tipo de violencia?
—En Rusia no las hay.

De hecho, en 2017 Putin despenalizó la violencia doméstica en los casos en los que no causase lesiones a la mujer o se produjesen de manera no continuada. Lo que antes se castigaba con penas de cárcel ahora se saldará con multas de hasta 500 euros, sanciones administrativas o breves arrestos.

Vuelvo a mirar por la ventanilla, leer en un coche siempre me marea. El paisaje que veo es verde y uniforme, ninguna gran colina, ningún accidente geográfico relevante. Tierra. Mucha tierra y campo.

En abril de este año hubo tres explosiones en Transnistria, que dañaron dos torres de radio que emitían en ruso. Las fuerzas militares también informaron en su momento de que habían visto drones. El Gobierno transnistrio apuntó a las autoridades ucranianas como responsables de un tiroteo cerca de la localidad de Kobasna, donde se localiza un importante depósito de armamento de la época soviética. Nadie reivindicó los atentados. Desde entonces hay más seguridad en la frontera. Y eso ya es decir.

Nos paramos en el primero de los tres check points que, desde abril, hay instalados.

Para entrar a Transnistria como periodista hay que pedir permiso al Gobierno, para poder hacer fotos sin tener problemas con las autoridades y, sobre todo, para poder hablar con la gente. Yo seguí el procedimiento y me denegaron la entrada. ¿Por qué? Mis contactos en la zona me contaron que no daban permisos a los periodistas extranjeros, y que, si me pillaban entrevistando a alguien, podían deportarme. No es gran problema, respondí, sacando una heroicidad de la que carezco por completo. Pero a quien entrevistes puede tener problemas, me respondieron. Ah, no, no voy a poner nadie en riesgo, prometí, aunque no poder poner una grabadora en la mesa me doliese en el alma. Así que, a partir de ahora, citaré de forma genérica: me dijeron, me contaron, escuché… Usaré el genérico, porque hablar con un periodista no acreditado por el gobierno puede suponer ir a la cárcel o tener dificultades para encontrar trabajo.

Decidí hacerme para por una turista. De hecho, me pasé en el papel, porque durante mi estancia me hice más selfies que en toda mi vida. En la frontera, frente a dos soldados bien armados, con un inglés parco pero suficiente, les di mi pasaporte, y mientras me preguntaban dónde iba a estar, qué iba a hacer y cuál era el objeto de mi visita, recolecté todos los mapas que encontré en la mesita de madera cercana, folletos de Bender, de los monumentos de Tiráspol.

—Los tiene también en inglés –me dijo la soldado, viendo que solo cogía los que estaban en ruso. Con los nervios ni me había fijado.
—Ay, qué bueno, gracias –contesté con una amplia sonrisa y seguí con mi recolección.

Una vez registrados volvimos al bus. A la llegada a Tiráspol la estación estaba cerrada, no podía cambiar moneda y la tarjeta de teléfonos moldava que había comprado para el viaje no funcionaba. Es decir, en el propio territorio moldavo las compañías telefónicas que operan en el resto del país aquí no tienen cobertura

Gracias a que cogí los mapas en la frontera, mis paseos por Tiráspol son menos aleatorios. Quiero ir a la estatua de Gagarin, en la calle Gagarin. Desde donde estoy, en la calle Lenin, solo hay unos diez minutos a pie. Pero no voy a perder la oportunidad de perderme en una ciudad como esta. Subo por Lenin, que cruza con 25 de Octubre, fecha de la Revolución bolchevique; más arriba está la calle Rosa Luxemburgo y, muy cerca, la calle Karl Marx. Hago fotos de las todas las placas, porque para eso, soy turista. Estoy paseando por la calle Karl Marx, me repito.

Los barrios cercanos a las arterias principales son verdes. Árboles grandes de troncos macizos, parques caóticos, y bloques de edificios altos y herméticos, con la pintura a medio morir. Si no fuese por su altura y envergadura, podría pensarse que estoy en el extrarradio de cualquier ciudad mediana española. Veo un Lada marrón viejo, y pienso que puede tener unos sesenta años. Me fascina lo rudo de su armazón y el ruido que hace el motor, que no se rinde. Me pita un BMW reluciente, porque he cruzado la calle Pushkin sin mirar. La mujer rubia, guapísima, con gafas de sol gigantes, ni me mira No me enfado, es mi culpa por no estar atenta.

Tienes que comer en una cantina soviética, me aconsejan. Nunca, en mi vida, había visto tantos retratos de Lenin juntos, unos encima de otros, en banderas, en carteles, en pequeños bustos encima de las estanterías. Parece que nunca son suficientes. Durante mi viaje no voy a una cantina sino a dos. No por la comida, que es un menú escueto, como escueto es también su precio. Katia, la camarera, me intenta explicar qué es cada cosa que hay en las vitrinas. Hay puré de papas, verdura asada, un cereal que parece trigo sarraceno y varios tipos de sopa. Le digo que me sorprenda, porque ella me dice que he de probar algo muy sabroso propio de su país. Cuarenta rublos transnistrios (unos 2,5 euros). Katia me dice que no hay problema en sacar fotos al local, pero no a ellos, por favor. Me acompaña a una de las salas, donde hay más banderas de Lenin, y un televisor grande que emite una telenovela rusa. Es un día entre semana y todos los parroquianos comen (comemos) en silencio. Me presenta a un chico italiano. Me hago amiga de él. Saco mi italiano oxidado y me cuenta que se va a hacer un tatuaje. Le pregunto que por qué aquí, que no habrá sitios en el mundo para tatuarse, y me responde que todo el mundo le previno de que este sitio era peligroso, pero él no ha visto peligro alguno. Se va a tatuar Why not. Me dice que después podemos ir a ver la estatua de Lenin.

—¡¿Cuál de todas?! –le digo bromeando.
—Pues la grande, mujer. La más grande –responde riéndose.

La grande. La que está enfrente del Soviet Supremo, la sede gubernamental y parlamentaria. La que vigila los destinos del país. Y de sus políticos. El presidente actual se llama Vadim Krasnoselski, y está en el cargo desde 2016. Antes de llegar aquí he estado en La casa de los soviets donde, ¡sorpresa!, hay otra estatua de Lenin y una pared llena de fotografías de personalidades ilustres. Recuerda a los ciudadanos y a los visitantes quiénes fueron importantes en el transcurso de la historia del país. Uno de ellos es el primer presidente que tuvo Transnitria, Ígor Smirnov. Me piden que no haga un chiste con el apellido. Evidentemente, lo hago, pero en voz baja.

En el Parlamento busco el encuadre perfecto para la foto, pero no me cabe la estatua y el edificio parlamentario. El brutalismo soviético en estado puro. Paso varios minutos pensando cuál es el mejor ángulo. Mientras saco el móvil (no me he traído la cámara profesional, porque es lo primero que me preguntaron en la frontera, si tenía cámara profesional), un joven turista me pregunta si le puedo hacer una foto. Claro, cómo no. Ahora lo tengo aún más difícil: tengo que sacar al turista, a Lenin y al Parlamento. Le pregunto de dónde es.

—De Japón.
—¿Y has venido desde Japón aquí?
—No, estoy haciendo un erasmus en Hungría.
—Ah, ¡qué interesante! ¿Y qué estudias?
—Historia.

Hago una pausa y respiro hondo. Tiene la mirada ávida y un tanto malsana que tenemos todos los que hemos cursado esta carrera cuando vamos a los lugares que tanto hemos estudiado, y de los que queremos confirmar su existencia, tocarlos, olerlos, incluso chuparlos, si es necesario.

—¿Qué te parece el país?
—¡Es genial! –lo dice visiblemente emocionado–. Mi padre es de Kazajistán, emigró a Japón antes de que yo naciera y siempre ha tenido un lazo muy fuerte con el mundo soviético. Así que estoy descubriendo aquí mis raíces, es como volver un poco a casa.
—¿Y no le encuentras nada negativo?

Cuando mi nuevo amigo me va a responder, una preciosa señora se me acerca con un pañuelo de grandes flores atado en la cabeza, una falda por debajo de la rodilla y una cesta de mimbre.

—¿Rusky?
—Niet –le digo que no hablo mucho ruso. Me pregunta de dónde soy y le digo que española. A mi nuevo amigo no le hace mucho caso.
—¿Española? –me dice con una sonrisa apaisada.
—Muchas gracias por venir a visitarnos –y antes de que pueda preguntarle algo trivial, se va calle arriba, diciendo en voz alta: “¡Ispanskiy!”.

Comento a mi acompañante del momento que en otros países exsoviéticos este tipo de simbología está en museos o, simplemente, se han retirado de las calles. No me dice nada al respecto, pero añade que no voy a encontrar ninguna figura de Stalin, porque cuando fueron conscientes de lo que había hecho retiraron todos sus retratos y estatuas. ¿Y de Trotsky?, pregunto socarronamente. Niet. 

 

El Sheriff que está en todas partes

El club de fútbol de Tiráspol es el Sheriff. Supimos de su existencia cuando ganó en 2021 al Real Madrid en el Bernabéu, en un partido clasificatorio de la Champions League –el equipo blanco ganó la vuelta, en Tiráspol, y se clasificó–. Cuando pasé por Moldavia el Sheriff jugaba contra la Real Sociedad de San Sebastián y hablé con Óscar Parrondo, un aficionado de Donosti que acompañaba a su equipo en la aventura.

“No tenía idea de dónde estaba Moldavia hasta que vine”, me dijo. “Desde la embajada de Moldavia en España nos desaconsejaron viajar a Transnistria, que podía ser peligroso, pero nosotros fuimos igual, y ha sido una experiencia muy bonita”.

Un amigo de Parrondo hablaba ruso, y así pudieron interactuar un poco con la población. “Nos dijeron que eran contrarios a la guerra, que Putin estaba loco y que la mayoría de ellos tenía familiares en Ucrania”.

La Real Sociedad ganó sin problema su partido, y Parrondo disfrutó del viaje. “No conocíamos a ningún jugador del Sheriff. De los once que jugaron al principio, nueve eran de fuera. Creo que, salvo el portero, los demás no eran moldavos ni rusos”. El equipo tiene varios jugadores ghaneses, brasileños, cameruneses y nigerianos.

Sheriff está en todas partes. Es un gigantesco conglomerado de empresas que comprende equipo de fútbol, partido político, gasolineras, supermercados, apartamentos, una fábrica de licores, un canal de televisión, una editorial, bancos… Controla más del 60% de la economía legal de la zona. Nació en los noventa como una empresa de seguridad, que fundaron dos exagentes del KGB (como Putin), Ilya Kazmaly y Viktor Gushan. Empezó a creer rápido como las malas hierbas y en 1997 crearon el FC Sheriff Tiráspol.

Entro en un supermercado a comprar agua y recuerdo las palabras de Alex Gutsaga, que me dijo: “Si uno tiene un negocio próspero en Transnistria, ya no es tuyo. Ellos te lo quitan, lo absorben todo”. Esa fue una de las razones por las que este transnistrio se mudó a Chișinău y se llevó consigo su empresa de deportes acuáticos. Gutsaga subió en marzo un video a las redes sociales, con más de 700.000 reproducciones, donde le pedía al gobierno de Transnistria que se uniera a la Unión Europea: “Era un llamamiento de paz, porque en aquel momento Rusia estaba incrementando la presión sobre Ucrania”. Fue después de que su hermano recibiera varias cartas para que se uniera al ejército transnistrio, y este tipo de misivas también la recibieron muchos otros hombres. “Nadie fue porque nadie quiere ir a morir”, me dice Gutsaga, que hace años que no vive en Transnitria, pero sí su familia.

En octubre de este año, cuando hablé con él, me dijo que muchas compañías de Transnistria habían sido vendidas: “No sé por qué han cambiado de dueño, no sé qué pasará en el futuro”. Cree que se podría estar preparando una desconexión del suministro de gas desde Ucrania y tener así “el peor invierno del mundo”.

 

Los tipos de celdas que existen

“No vivimos en una celda. No estamos enjaulados”, me dice una de las personas con las que hablo. Ni Tiráspol ni Bender, los lugares a los que he podido ir, tienen pinta de ser cárceles. Las cárceles no tienen este aspecto, me digo, mientras contemplo la cantidad de parejas de recién casados que se hacen fotos en el lago del Katharinenpark, cerca de la imponente estatua de Alexander Suvorov, el general ruso que fundó Tiráspol en 1792. La zona es ideal para las fotos. Hay cola para posar en el mismo sitio. Cuento diez parejas de novios. En el lago hay cisnes que se acercan a comer de las manos temerosas de los niños.

En la Universidad de Tiráspol, que tiene una estatua del poeta Tarás Shevchenko, padre de la literatura moderna ucraniana, se puede estudiar historia y periodismo, me dicen. Existe la carrera de Historia de Pridnestrovia. La guerra aquí está muy presente. En muchos lugares hay recordatorios del conflicto de 1992, de cómo los pridnestovianos lucharon contra las tropas moldavas. En Bender hay un museo con objetos de la época, y edificios en los que se siguen viendo agujeros de bala. No sé si estuvo mal lo que hice, pero metí el dedo en uno de ellos, y me cabían cuatro más.

Sigo con la idea de la cárcel. En las prisiones no hay chicos cantando por la calle, como el que me he encontrado en el cruce de Lenin con 25 de Octubre. La gente le da algo de dinero. No tiene mucho público. Tampoco hay muchas personas paseando, aunque es sábado, y un día de otoño cálido y brillante.

Pero claro, hay muchos tipos de cárceles. ¿Cómo sabes que estás en una si vives en un lugar que no tiene barrotes? ¿Si tienes pasaporte ucraniano, moldavo o ruso, y puedes moverte por el espacio postsoviético con cierta facilidad? “No es una cárcel: es una partida de ajedrez”, me repiten. “Los quince países soviéticos estábamos en nuestras casillas, teníamos nuestro papel, nuestro sitio, y dentro de ese tablero nos movíamos libremente, porque las fronteras eran invisibles. Como ahora ustedes en la Unión Europea. Todo funcionaba bien, porque teníamos una industria fuerte, mucha industria, aquí no necesitamos importar nada, porque lo construimos todo nosotros. Por eso nuestra bandera tiene el cereal, la agricultura, y una pieza de un engranaje, porque la idea soviética se construyó sobre el trabajo, la tierra y la familia”.

¿Qué es lo que te quita la cárcel? La libertad. En septiembre de este año condenaron a un hombre a tres años y dos meses de prisión por haber criticado la invasión de Ucrania por parte de Rusia. Victor Pleskánov, de 58 años, ya había sido detenido el pasado junio por censurar públicamente a las autoridades de la zona.

¿Hay oposición en Transnistria?, pregunto sistemáticamente a todos mis entrevistados. Todos me dicen que no. Todos los que puedo citar sus nombres. Por ejemplo, Alex Gutsaga me dijo: “Si uno intenta ser activo o visible como activista, va directamente a la cárcel. Después de mi vídeo, que se hizo viral, no he vuelto a visitar a mi madre. Y eso que no dije nada radical, pero sé que mi mensaje fue muy controvertido para el Gobierno”.

Alina Ruda me confirma que la oposición que hay es artificial, es fabricada, “como la que hay en Rusia”. No hay posibilidad de ver otros canales de televisión que no sean rusos, llenos de propaganda. “Y lo que estos medios dicen, gran parte de la población lo cree”.

Pregunto a uno de mis interlocutores de Tiráspol por qué no dejan hablar a la gente con la prensa extranjera, si hay libertad. Me responde que el Gobierno está en un momento de gran tensión, en “una falla tectónica”, pero que está seguro de que las cosas volverán a “la normalidad”.

 

Nostalgia, siempre la nostalgia

Nostalgia. Esta puede que sea la palabra que más he escuchado en todo el viaje. En Chișinău me hablaron de que las generaciones que ahora tienen cuarenta y cincuenta años tienen un sentimiento de añoranza de la URSS, de lo que significaba ser parte de aquella unión, de la cultura rusa y sus valores comunistas. Pero que, desde luego, las jóvenes generaciones no estaban en absoluto interesadas por un pasado que no conocieron.

Mariana Iatsco me dice que cree que sí existe añoranza de la Unión Soviética y que también hay un sentimiento pro Putin, porque es el líder que va a conseguir otra vez crear esa confederación que tantos echan de menos. Me comenta que los alumnos más brillantes (o los que tienen más dinero) de la Universidad de Tiráspol tienen becas para ir a estudiar a Moscú o a otras instituciones universitarias rusas. De hecho, no necesitan homologar su titulación si cuentan con un diploma de esa universidad. Si es de otra institución moldava, sí hay que hacer el proceso. La profesora con la que hablo me explica la base del razonamiento: “No te damos mucho, pero a ti sí te lo parece”.

Veronica Cernat también me habla de la añoranza de los mayores, de la gente que vio desmoronarse el gigante soviético para ingresar en un período de incertidumbre, de dificultades, de preguntas. Puede entender algunos de esos razonamientos, pero que ya no tienen sentido, porque esta época es totalmente diferente y nos ha traído libertad. Otra palabra que voy a escuchar en todas mis conversaciones.

¿Nostalgia de qué? me dice Alina, la periodista, con una vehemencia que me parece sincera. “Obligaron a mis padres a hablar ruso, no se podía usar el rumano, y ellos hablaban mal ruso, eran mayores. Ahora entiendo su pánico, porque si no lo hablaban se quedaban sin trabajo”. Sustituyeron las elites de ciudades y pueblos, explica, a los maestros, los médicos o los sacerdotes, los mataron o los enviaron a Siberia y los sustituyeron por rusos que llegaron a “enseñarnos a ser buenos rusos, porque les dijeron que los moldavos éramos estúpidos, analfabetos, sin una clase culta, así que ellos tenían que hacer respetar las reglas rusas”.

—¿Qué parte de la sociedad moldava crees que es prorrusa, aun teniendo en cuenta este escenario? –le pregunto.
—Tenemos todavía generaciones de gente que aún tienen miedo, porque saben que, en otra época, no respetar las órdenes rusas significaba la muerte. Algunos dicen que si estoy bien con Rusia ellos me darán un pedazo de pan, y les serviré mejor. Otros prefieren perderlo todo antes de renunciar a su identidad. Hay muchas familias compuestas por moldavos y rusos, y hay que respetarlos, porque nacieron en esta realidad.

Pienso en todo esto mientras paseo por Bender una mañana de fiesta, donde una banda toca música pop y la gente bebe cerveza y come salchichas y otras cosas que no reconozco, pero que me resultan muy apetitosas. Me entra hambre, y quiero una cerveza.

—¿Qué es lo que echas de menos de la URSS? –esta vez hablo con alguien que no llega a los cuarenta años, así que poco período soviético ha vivido.
—Antes, con un trabajo podías vivir, el sistema te protegía, sentías que tenías alguien que te cuidaba. Ahora, ni con dos llegas a fin de mes. El capitalismo no es la solución.

Le digo que Putin es amigo de los líderes de los partidos de extrema derecha europeos y latinoamericanos, pero no parece creerme.

—No vayas a pensar que todos los europeos pensamos que el capitalismo es un buen sistema, porque sabemos que es la principal causa de sufrimiento y dolor a la mayoría de la población. De ahí a que nos guste cierto tipo de comunismo… –digo bajito.
—El comunismo fue un sueño, ahora no funcionaría. Pero antes sí lo hizo.

 

¿Puede Moldavia ser el próximo objetivo expansionista de Putin?

“Todos deben entender que cualquier acción que ponga en peligro la seguridad de nuestros militares se considerará, de acuerdo con el Derecho Internacional, como un ataque sobre Rusia”, afirmaba en septiembre el ministro de Asuntos Exteriores de Rusia, Sergei Lavrov, quien además advertía que cualquier acción contra las “fuerzas de paz” rusas presentes en Transnistria se consideraría un ataque contra la propia Rusia.

Las declaraciones subidas de tono por parte de las autoridades rusas con respecto a este territorio han sido las suficientes para poner a la población sobre aviso.

“Siempre hemos tenido este miedo de que cualquier día pueda escalar el conflicto. Tenemos Kolbasna en el territorio, ¿qué pasaría si estallara? Eso no nos deja dormir tranquilos”, me cuenta Mariana quien, con su español aprendido en Andalucía me ha ayudado a resolver muchas de las dudas que tenía sobre el país.

Transnistria alberga el mayor arsenal de armas desde la Guerra Fría, un depósito con unas 20.000 toneladas de armas y municiones. Se supone que la mayoría de ellas no funcionan, pero Moscú no proporciona información sobre el estado de las mismas. En 1999 Moscú aceptó retirar una parte de las municiones y las armas que se almacenaban en Transnistria. Entre 2000 y 2004 se llevó trenes enteros cargados de material, pero las autoridades transnistrias paralizaron este proceso y no se ha vuelto a reactivar. En septiembre de 2021, en un discurso ante la Asamblea General de la ONU, la presidenta de Moldavia, Maia Sandu, reiteró su petición para que se retiraran las tropas rusas de Transnistria y se eliminaran las armas y municiones de Kolbasna. Ninguna de las dos demandas se ha cumplido. Rusia se ha negado. Tener un polvorín cerca de casa debe impresionar muchísimo.

Pero este no es el único peligro. Desde la estación de autobuses de Tiráspol al puerto de Odesa se tardan dos horas en coche. De hecho, si la guerra llega a esa parte, el pánico aumentará. El presidente de Ucrania, Volodymyr Zelensky, ha advertido varias veces que “la guerra de Rusia contra Ucrania es solo el comienzo”, y muchos moldavos lo tienen en cuenta.

Sin contar con el poder nuclear ruso. “No sabemos cómo protegernos de eso. Los ucranianos con los que he hablado me han dicho que, si tiene que pasar, pasará. Pero solo tenemos una vida. ¿Y por qué un solo hombre, que no ha hecho nada por su país, tiene ese poder?”, me dice Alina, la periodista.

Si la situación es tan complicada, ¿por qué los transnistrios no huyen del territorio, si tienen pasaportes moldavos y ucranianos, si pueden buscar otro lugar para vivir? “Porque en invierno, en Tiráspol, pagas diez euros de calefacción, mientras que en Chișinău pagas 500”, me responde Alex Gutsaga. Es una poderosa razón, le digo a Alex, y afronto con energía el tema del gas y la electricidad en el país.

 

La energía, la maldita energía

Le pregunto a tanta gente cuánto paga de gas al mes que he perdido la cuenta. Veronica me dice que está muy preocupada, porque en invierno van a tener a mujeres en la casa, y no sabe cómo van a poder hacer frente a las facturas del gas. Mariana comenta que, aunque no es oficial, ya se empieza a rumorear que más de un colegio en Chișinău no va a dar clases de forma presencial porque no van a tener cómo pagar la calefacción.

Para una familia de cuatro miembros que antes pagaba 3.000 lei al mes (160 euros) ahora la factura puede alcanzar los 10.000 lei (530 euros). El salario mínimo es de 170 euros. No me salen las cuentas por ningún lado. El Gobierno ha puesto en marcha un plan para ayudar a las familias más vulnerables a asumir lo que parece inasumible.

Moldavia tiene una dependencia total de energía importada, una situación que no es nueva, y que tiene sus raíces en su época soviética. Según Iatco, experta en políticas públicas, no ha habido interés en disminuir esa dependencia por ningún gobierno hasta ahora. La empresa española Gas Natural Fenosa fue el principal distribuidor privado de energía eléctrica en Moldavia hasta 2019, cuando vendió su filial.

¿Cómo se nutre de gas y electricidad Moldavia? Aquí es dónde empieza a complicarse el tema, ya de por sí difícil. ¿Dónde está la principal central eléctrica del país? ¿La planta metalúrgica? En Transnistria.

Iatco me explica que Transnistria disfruta de una fuerte subvención de Rusia a través de Gazprom, que el gas le sale “casi gratis”, pero lo anota como deuda de Moldavia (unos 8.000 millones de dólares hasta ahora, unos 8.100 millones de euros).

—¿Cómo va a ser eso, Mariana?
—Que sí, que esa deuda la pagamos los moldavos, pero nosotros tenemos un precio del gas muy diferente al que tienen los transnistrios. Para que lo entiendas mejor tienes que hablar con Sergiu Tofilat.

Cuando ella me da el contacto de Tofilar ya he leído su trabajo “Russian gas and the financing of separatism in Moldova”, que me deja algunas respuestas, pero muchísimas incógnitas. Le confieso a Tofilat, analista de políticas energéticas y una de las voces más acreditadas del país en esta materia, que me cuesta encajar todos los fragmentos de este puzle de 100.000 piezas. Me mira con lo que yo quiero interpretar como comprensión, pero puede ser condescendencia. Me explica que el suministro de gas ruso a Moldavia y a Transnistria se ha hecho por medio de contratos firmados por Gazprom (una de las empresas más grandes del mundo) con entidades registradas en Moldavia y reconocidas oficialmente. Pero que la cosa cambia cuando se trata de alimentar de energía a Transnistria.

Me dice que desde que publicó sus artículos en 2020 las cosas han cambiado. Ahora existe el gasoducto Ungheni-Chișinău, una ampliación de 120 kilómetros del actual interconector de gas Ungheni-Iasi que posibilita llevar gas de Rumanía a Moldavia. “Tenemos infraestructuras para que nos suministren otras fuentes si Rusia decide cortar el suministro de gas. Es la necesidad de diversificar para hacer decrecer la dependencia de Moldavia de Gazprom, que ha sido el único suministrador de gas hasta el momento”. Conocen lo que han sido los cortes de suministro. Rusia cortó el suministro de electricidad varias semanas en 1998, 2004 y 2005, el de gas en 2000 y 2021, y volvió a amenazar con esta estrategia si no se pagaba la deuda que el Gobierno tenía con Gazprom, la reina en esta partida de ajedrez, poco sutil y violenta.

Pero hay más cambios. Cuando empezó la invasión, en febrero de este año, la Unión Europea permitió que Ucrania y Moldavia conectaran su sistema eléctrico a la red europea, ya que trabajaban con frecuencias diferentes. Aunque esta idea llevaba en marcha desde 2017, hizo falta una guerra para que esto se hiciera realidad. “Moldavia es ahora capaz de comprar cierta cantidad de electricidad del mercado rumano. Así que ahora somos más fuertes que antes”, comenta Tofilat.

—Pero aun así no parece que sustituir la dependencia de los recursos rusos se pueda alcanzar a corto plazo, ¿no?
—En los próximo dos o tres años, tanto Ucrania como Moldavia estarán mejor preparados para enfrentar el precio del gas. Pero quedan años duros, y nuestra situación es incluso peor, porque nuestro país tiene sueldos muy bajos. El salario medio aquí son 500 euros, así que se puede imaginar qué difícil va a ser el cambio.

La clave está en construir las suficientes infraestructuras nacionales para tener una menor dependencia del gas y la electricidad rusa, reducir el consumo de gas entre un 35% y un 40%, buscar otros combustibles fósiles por un corto período de tiempo; sobrevivir a toda esa transición para poder contar con mercados como el africano, el estadounidense o el noruego del que poder proveerse de recursos energéticos.

El panorama no es solo negro. También es muy frío. “Tendremos que pagar más por el gas y por la electricidad, porque Ucrania ha dejado de exportar electricidad y tendremos que comprarle a Rumanía, donde es cuatro veces más caro”, añade Tofilat.

El analista pronostica que el Gobierno va a tener que gastar entre 1,5 y 2 millones de dólares en los próximos años para hacer frente a esta crisis, lo que significa el 15% del PIB.

—Este cambio a un modelo más autónomo va a ser muy doloroso, económicamente hablando. Pero hablemos del ahora. ¿Y si a Putin le da por desconectar a Moldavia? –le pregunto, pidiéndole perdón por mi falta de terminología técnica apropiada.
—Si Putin se despierta una mañana y decide dejar de suministrarnos gas perdería el control de Transnistria. Lo perdería todo.

Rusia no puede suministrar energía o gas solo a una parte del país, y eso significa que si corta el grifo dejaría el territorio secesionista sin suministro. Y eso, según Tofilat, supondría “una crisis humanitaria”: la gente se quedaría sin gas y sin electricidad, y el presupuesto de la región se reduciría drásticamente, ya que la mitad se obtiene de los beneficios de recibir gas gratis. Putin se quedaría sin uno de los bastiones que más lo defienden fuera de Rusia.

Pero que Moldavia no tenga una infraestructura industrial fuerte no quiere decir que ocurra lo mismo en Transnistria. La antigua República Socialista Soviética de Moldavia invirtió mucho en infraestructuras e industria en esta zona este, en la frontera con Ucrania. La mayor suministradora de electricidad de todo el país se llama Kuchurgan, de 2,5 GW, la opera Moldavskaya GRES, se alimenta por fueloil, carbón, pero principalmente con gas natural de Gazprom, que le llega a través de Ucrania. Dubăsari es una central hidroeléctrica situada en el curso medio del río Dniéster, también es la mayor de Moldavia, y tiene una potencia instalada de planta de 48 MW. La producción anual promedio de electricidad es de 261 millones de kilovatios-hora. También tienen la planta metalúrgica de Moldavia, conocida por su acrónimo ruso MMZ, que consume grandes cantidades de gas y de electricidad.

Según Tofilat, un megavatio, en Kuchurgan, cuesta unos 17 dólares. En el mercado actual, en Alemania, por ejemplo, esto cuesta 500 dólares, y puede llegar a los 600. “El Kremlin suministra gas a Transnistria, este gas se transforma en electricidad y metales, se vende a todo el mundo, y lo que se obtiene con ese dinero se destina a financiar esta zona separatista. Si tomamos el presupuesto de Transnistria de los últimos tres años, la mitad viene de esa cuenta especial del gas. Si no hubiese gas gratis, no habría independencia para Transnistria”, sentencia.

Vienen años duros para el continente. Los moldavos con los que he hablado piden que la guerra acabe lo antes posible y que este sea un invierno clemente. Que no baje de los -5 o -10º.

 

El futuro de Moldavia y el Mărţişor

“Somos un buen pueblo, somos pobres pero inteligentes”, recuerdo que me dijo la periodista Alina Ruda cuando nos despedimos. No tiene fácil solución, pero la tiene, concordamos.

La mochila me pesa muchísimo, y tengo la espalda destrozada después de cargar computador, cámara, mil cables y algo de ropa por la mitad de Moldavia. Me subo en el autobús para el aeropuerto, un domingo de otoño donde Chișinău está, si cabe, más bonita y verde que los días anteriores.

Recuerdo la leyenda de Mărţişor que me contó Alex Gutsaga. El 1 de marzo la bella primavera salió del bosque y observó, en medio de un claro, que de los arbustos brotaba una campanilla de invierno. La primavera quiso ayudarla quitando la nieve y las ramas de los arbustos, que la atrapaban y le impedía que floreciera. Pero entonces el invierno montó en cólera y llamó al viento, porque quería destruir la flor. La campanilla se congeló de inmediato y murió, pero la primavera la cubrió con sus manos y se lastimó uno de sus dedos con las espinas de los arbustos, con lo cual brotó una gota de sangre caliente que al caer sobre la flor la revivió. Así, la primavera venció al invierno. Una de las cosas que menos necesita Moldavia es sangre, rencor e inviernos sin calefacción. Esperemos que la primavera siempre venza.

Más contenidos sobre el proyecto en Cerca de la guerra.

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