Cerca de la guerra: las otras fronteras de Rusia, 4. Lituania

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Lituania lucha por borrar su pasado, pero lo ruso pervive

“¡Cuántas víctimas, cuánta sangre y cuánto dolor ha causado la cuestión de las fronteras! No tienen fin los cementerios donde yacen aquellos que murieron en el mundo defendiéndolas”

Ryszard Kapuściński, El Imperio 

 

Hay una pequeña porción de territorio ruso que, por la historia enrevesada de Europa del Este, se quedó entre Lituania y Polonia. El oblast –término ruso usado para designar a una región o provincia– de Kaliningrado nació tras la Segunda Guerra Mundial, cuando las tropas soviéticas ocuparon lo que hasta entonces había sido el puerto alemán de Königsberg, anteriormente parte de Prusia oriental y ciudad de nacimiento del filósofo Immanuel Kant. El nombre soviético para este territorio de 15.000 kilómetros cuadrados fue un guiño a Mijaíl Kalinin, uno de los fundadores de la Unión Soviética.

Actualmente en Kaliningrado hay poco menos de medio millón de habitantes que empujan una economía basada en el petróleo, el turismo y el ámbar –Kaliningrado produce el 90% del ámbar que se comercia en el mundo–. También existe una economía sumergida y de negocios relacionados con el contrabando, sobre todo, de cigarrillos, pero hace unos años también se encendieron las alertas por el tráfico de personas.

En tiempos de tensión como ahora, la existencia de una base militar rusa inquieta a Europa, por lo que la OTAN vigila con atención. Desde que Lituania y sus vecinos bálticos entraron en la Alianza Atlántica, se creó, por ejemplo, la policía aérea báltica que controla a los aviones rusos. España lideró la misión durante el verano pasado, pero no observó nada fuera de lo habitual.

Pero más allá de eso, el oblast depende de la Rusia continental y puede quedar aislado si Lituania o Polonia lo desean. Al inicio de la guerra, por ejemplo, Lituania quiso castigar a Rusia y bloqueó la vía férrea y las carreteras que conectan Kaliningrado con Moscú; fueron días de incertidumbre, pero la presión internacional y el llamamiento a respetar acuerdos de antaño pudieron más.

Aunque Lituana tuvo que permitir que trenes rusos atravesaran su territorio, inició una contrapropaganda de guerra en los andenes de las estaciones donde los convoyes hacen paradas (Vilna, Kena y Kybartai). Se colocaron fotografías de la guerra para llamar la atención de los ciudadanos rusos. Las imágenes de Bucha o Mariúpol se colgaron para que sean contempladas por los pasajeros desde los trenes y todas llevan una leyenda escrita en ruso. En Vilna se interpela a los pasajeros con una pregunta: “Hoy Putin está matando civiles en Ucrania. ¿Estás de acuerdo con esto?”. En la estación de Kena el mensaje que recibe a los viajeros reza: “Rusia está cometiendo genocidio en Ucrania. Está pasando, ¿por qué no lo crees?”.

Además, se ofrece acceso gratuito a internet inalámbrico en las estaciones de tren para que los pasajeros accedan a información imparcial, pero, antes de navegar, primero deben ver fotos de la invasión rusa de Ucrania e ir a la página de bienvenida que les saluda con este mensaje: “¡Bienvenidos a un país libre! No queremos que seas encarcelado en Rusia por la información que se puede leer y compartir en línea. Por eso te invitamos a usarlo sin restricciones aquí y ahora, puedes navegar todo el tiempo mientras el tren esté en la estación”.

Los pasajeros no se pueden bajar de los trenes, si acaso se asoman a la puerta de algún vagón a fumar cuando la parada se prolonga por las revisiones y el mantenimiento. Algunos prefieren bajar la cortina y ni siquiera se asoman a las ventanillas, y hay otros que golpean la ventana, llaman la atención de los que están en el andén –generalmente personal de seguridad y periodistas–, sacan fotos con sus móviles, se muestran enfadados y vociferan algo, pero no se les escucha.

La frontera con Kaliningrado 

El único sitio que ofrecía cerveza, café, té y comida para llevar a pocos metros del cruce fronterizo entre Lituania y el enclave ruso ahora está cerrado. Durante las primeras semanas de la guerra se hacía un control exhaustivo de todos los vehículos que transitaban y había colas enormes, pero los primeros días de agosto todo estaba en calma.

La población del lado lituano se llama Kybartai y tiene alrededor de 5.000 habitantes. Es un sitio muy pequeño y silencioso que saltó a la prensa porque allí hay un centro de internamiento de migrantes y llegó a tener recluidas a 700 personas que entraron por Bielorrusia en 2021. Algunos estaban el parque cerca de la estación de trenes, pero ninguno quiso hablar. Solo dijeron que venían de Nigeria.

La única algarabía que se escuchaba un viernes de verano venía de la terraza de un restaurante donde se celebraba un cumpleaños. Una de las camareras lituanas, Egle, reconoció que ya no había el tránsito de antes.

 

—Viene menos gente, la economía se ha reducido a la mitad de lo que era antes.

—¿Cómo era la frontera?

—Era una frontera que solía ser muy grande, pero después de las sanciones encogió. También había una prisión. La mitad de las personas que trabajaban en la frontera se mudaron con los inmigrantes a la prisión, en el centro de refugiados.

—¿Sientes que vives al lado de Rusia?

—Personalmente nada cambia. Al principio de la guerra sí hubo tiendas vacías y mucha preocupación, pero la gente se ha acostumbrado.

 

No había mucho movimiento en las calles. Una madre con un coche de bebé y un anciano que hacía su caminata vespertina fueron los únicas personas que vimos. A juzgar por esto se podría pensar que es un sitio para personas mayores y madres que buscan tranquilidad. La mujer se negó a hablar, solo el anciano se mostró más dispuesto aunque no quiso ser retratado. Tenía 72 años, era lituano y se presentó como Stasys. Había sido policía y reconoció que solía cruzar a Kaliningrado para comprar bebidas alcohólicas y pagar en rublos.

 

—¿Qué piensa de la guerra?

—Dicen que los rusos están violando a las mujeres y cometiendo horrores. Espero que alguien le asesine [a Putin] lo más rápido posible.

—¿Siente miedo?

—No hay tiempo para vivir y no hay tiempo para tener miedo.

En el autobús de regreso a Vilna había cuatro pasajeros; todos hablaban en lituano menos Olga, que era rusa. Acababa de cruzar desde Kaliningrado y venía a pasar el fin de semana con un novio lituano que conoció en Facebook. Tomó un avión desde Moscú y, como posee una visa Schengen, no tuvo problemas para atravesar la frontera a pie.

 

—¿Cómo cruzó la frontera?

—Pasé caminando, esto es como estar en Rusia, ¿antes era Rusia, no?

—¿Qué piensa de la guerra?

—Nadie la quiere. Mi entorno quiere que pare y vivir con normalidad, pero no hay miedo.

—¿Cómo se informan? ¿Hablan de la guerra?

— Bueno, hablamos de una operación especial y muchos tenemos VPN [una red privada virtual] en teléfonos y ordenadores. Pones la IP [protocolo de internet] americana e internet te dirige a otros países que no están vetados por el Gobierno ruso.

—¿Qué pasa en su país ahora?

—Hay más orden. La policía y los servicios secretos empiezan a funcionar, podemos decirles lo que pensamos. Ha habido una limpieza y la policía y las fuerzas de seguridad tienen miedo a ser despedidos y empiezan a trabajar. Nadie quiere ir a Ucrania y por eso se han puesto a trabajar. Todo el mundo tiene miedo de Putin.

—¿Y qué piensa usted del presidente?

—No hay nadie más que nos pueda gobernar y ha encarcelado a los oligarcas. Durante la guerra ha sido hábil, no hemos sentido el bloqueo, y todos los días envía mensajes a la población. Durante el tiempo que lleva gobernando han prosperado muchas fábricas. Ahora lo vemos como una oportunidad para desarrollarnos.

La colonización rusa

Un rosario con cuentas de pan, una cruz elaborada con el mango de un cepillo de dientes, un poco de tierra envuelta en jirones de tela. Son las escasas pertenencias que trajeron a casa los lituanos que sobrevivieron a las gélidas prisiones soviéticas, a los gulags. Los artículos están expuestos en el Museo de la Víctimas del Genocidio, en el antiguo cuartel general de la KGB en Vilna. Una guía, que aseguró que su madre fue deportada a un gulag, explicó que los prisioneros lituanos hicieron esos artículos religiosos para no perder su credo y que la tierra era una especie de amuleto que los ayudaría a volver a casa. Era tierra lituana que algunos pudieron llevarse en sus bolsillos cuando fueron desterrados.

La detención, deportación y ejecución de miles de personas a Siberia y Asia Central durante la época estalinista marcaron a los lituanos. Los soviéticos y su policía política, la KGB, actuaron con más saña después de la Segunda Guerra Mundial. Las víctimas, al menos 250.000 personas, fueron miembros de la resistencia, soldados acusados de colaborar con los nazis, familias de la clase media que se oponían al comunismo, y religiosos. La guía del museo hizo hincapié en mostrar los nombres y fechas que algunos prisioneros dejaron escritos sobre las paredes de las celdas y que se ocultaron por capas y capas de pintura. También mostró los planos del lugar donde los soviéticos tenían identificado como “cocina” al cuarto de ejecuciones.

La ocupación soviética de Lituania se prolongó durante medio siglo. Empezó en 1940, tras el Pacto de No Agresión que firmaron Hitler y Stalin poco antes de que se desatara la Segunda Guerra Mundial, que propició el reparto de los países bálticos y de Polonia, y terminó en 1990, cuando se convirtió en el primer país en independizarse de la Unión Soviética –con un ínterin entre 1941 y 1944, cuando la Alemania nazi ocupó Lituania en su intento de someter a la Unión Soviética–. Pero hubo una ocupación rusa a finales del siglo XVIII, cuando el imperio de Catalina la Grande se extendió hasta Lituania. De esa época, que terminó en 1918, se recuerda la clausura de la Universidad de Vilna, las iglesias y los monasterios católicos.

Por eso Lituania celebra dos independencias, la de la Rusia imperial y la soviética. Y eso les da para hablar de una colonización.

 

—Rara vez se estudia Europa del Este como una parte del mundo que ha sido colonizada, pero yo siento que podemos decir que Rusia lo hizo. Somos un pueblo colonizado que atesora toda una amalgama de sentimientos hacia su colonizador –dice Iva Giedraityte, académica lituana, que afirma que la relación histórica con Rusia no ha sido nada grata.

 

Muchos lituanos sintieron que no podían desarrollar su identidad. De esa sovietización habla Justina Karpalaviciute, hija de un miembro del movimiento independentista, que ahora vive en Londres, como muchos lituanos.

 

—Mis padres sintieron que no les permitieron ser lituanos. Nacieron en los años 50, ya en la Unión Soviética. Nosotros celebramos las navidades cristianas o el día de los muertos, efemérides muy significativas para nosotros. Pero la gente lo mantenía en secreto.

 

Al insoportable recuerdo de las purgas soviéticas se suma la matanza de Medininkai, que ocurrió después de que Lituania proclamara su independencia en 1990. El país no tenía un ejército propio y envió a un grupo de ocho hombres a establecer un puesto de aduanas cerca de lo que hoy es la frontera con Bielorrusia. Solo uno sobrevivió.

 

—Vinieron hombres armados del OMON [policía especial soviética] y atacaron a todos los que estaban allí solo para destruir la frontera. Sabemos quiénes eran los asesinos, pero Rusia nunca los entregó –recuerda con indignación la académica lituana.

Ese día, hace 30 años, los cuatro hombres armados que tenían que proteger a los cuatro aduaneros, no pudieron ni defenderse. Fueron atacados a las cuatro de la mañana. El reloj de una de las víctimas se detuvo a esa hora. Fueron obligados a tumbarse en el suelo y ejecutados con un disparo en la cabeza.

Por todos esos episodios históricos, la invasión de Ucrania por las tropas de Putin fue como si para buena parte de los 2,8 millones de lituanos se hiciera realidad su peor pesadilla, el despertar de su mayor enemigo.

—Aquí la gente siempre espera lo peor de Rusia —señala la académica lituana.

 

El recelo hacia todo lo soviético

Después de la independencia de 1990, Lituania retiró todas las estatuas soviéticas de sus plazas y calles. Durante una década estuvieron arrumbadas en distintos lugares, pero a inicios del año 2000 un millonario lituano que había hecho su fortuna gracias a la exportación de hongos y setas recuperó 86 estatuas y construyó el Grutas Park. Dicho de otra manera: un hombre que se benefició del capitalismo recogió los restos del comunismo y montó una atracción turística cuya entrada cuesta 12 euros.

El parque temático, conocido como Stalinlandia, se encuentra a 130 kilómetros de Vilna. El visitante tiene a veces la sensación de hallarse en un gulag soviético, no en vano está rodeado de cercas con alambre de concertina y torres de vigilancia. Estatuas de Vladimir Lenin, Josef Stalin y otros líderes soviéticos sorprenden por su tamaño, pero ya no asustan a los lituanos como en el pasado.

En Stalinlandia podrían encontrar acomodo seis esculturas de granito que están en el cementerio de Antakalnis y que recuerdan a los más de 3.000 soldados soviéticos caídos en combate en 1944, durante la batalla con los alemanes por la liberación de Vilna. Desde el inicio de la guerra, las autoridades del Ayuntamiento de Vilna han intentado retirarlas del espacio público, pero hasta noviembre no se conocerá la decisión final.

El alcalde de la capital lituana, Remigijus Simasius, es uno de los que más ha expresado su rechazo a la huella soviética. Al inicio de la guerra se sumó a la demanda colectiva para que el presidente ruso sea sometido a juicio por crímenes de guerra. “Putin, la Haya está esperando por ti”. Hoy esa frase se exhibe en la parte más visible de varios edificios municipales.

Pero aunque Lituania aborrezca su pasado ruso entre sus ciudadanos existe una minoría rusa que se instaló en la época soviética y se quedó después del colapso del socialismo. En Visaginas, el pueblo que creció alrededor de la central nuclear Ignalina, conocida como la hermana de Chernóbil, son algo más que una minoría, a pesar de que formalmente recibieron pasaportes lituanos y renunciaron a su nacionalidad rusa.

El pueblo ruso que se quedó en Lituania

El último reactor soviético que operó en suelo europeo se está enfriando a 150 kilómetros al noroeste de Vilna. Era parte de la central nuclear de Ignalina, que fue la razón para que exista una ciudad que piensa y habla en ruso en la Lituania que trata de borrar toda huella del pasado soviético. Su nombre es Visaginas y es un ejemplo del modelo de ciudades satélites rusas que, informalmente, se llamaron atomogrados. Estas urbes fueron construidas para alojar a los trabajadores de diferentes repúblicas de la Unión Soviética que se trasladaban para operar las plantas nucleares.

El inicio de Visaginas está en el diario oficial del partido comunista, Pravda [Verdad], anunciaba en 1975 la creación de una ciudad con el nombre de Antanas Sniečkus, secretario del partido comunista de Lituania entre 1940 y 1974. El espacio elegido era una vasta extensión de tierra alrededor del lago Drūkšiai, con suficiente agua para proveer energía. El sitio contaba con unas pocas granjas explotadas por vecinos de la localidad que pronto recibieron a las familias procedentes de todas las repúblicas socialistas soviéticas que respondieron a la llamada de una nueva vida.

Alex Vatnic, de 39 años, llegó a los seis años procedente de Vorónezh, en la Rusia europea. Acompañaba a su madre, profesora de teatro en su Rusia natal, y a su padre, que iba a formar parte del equipo que operaría el reactor RMBK-1500 —el mismo que explotó en el apocalipsis nuclear de Chernóbil—. Sentado en el suelo de una habitación del centro cultural que gestiona, para dar una vía de expresión a los jóvenes de Visaginas, recuerda los años del esplendor del atomogrado que creció en Lituania.

—El mejor momento para la ciudad fue entre 1985 y 1986. Todo era claro entonces, nuestro futuro, cuando 36.000 vivían en la ciudad. Era un lugar seguro. Todo el mundo tenía un piso, no había ni borrachos ni indigentes. Ni un problema –rememora Alex, que por aquel tiempo era un niño que lucía con orgullo la estrella soviética por su desempeño ejemplar en los programas voluntarios obligatorios.

Esos años también son añorados por su madre, Jelena Uyusova, de 56 años, que se vio obligada a emigrar a Londres cuando la planta nuclear se apagó y que volvió hace unos años para estar junto a su único hijo. Ella recuerda que la energía era gratis y que se proporcionaban a las familias apartamentos gratuitos en las Jruschovkas, sobrenombre que reciben los edificios de seis pisos de hormigón para el proletariado comunista. Recuerda, sobre todo, la cocina que era el espacio de libertad donde escapaban del férreo control del Partido Comunista.

—La cocina era el lugar donde se hacía lo que no estaba permitido en la vía pública. Se hablaba libremente, se escuchaba música y la BBC. Me acuerdo que nos gustaba los Beatles y que teníamos que pagar mucho dinero para conseguirlo y luego nos reuníamos en alguna cocina para escucharlo una y otra vez –señala la antigua profesora de teatro, que encontró trabajo en una guardería a su llegada a Visaginas.

La central núclear todavía emite un ruido y mantiene a 2.000 trabajadores que se ocupan de su desmantelamiento. El edificio permanece intacto, rodeado de alambres de púas, pero en sus alrededores la hierba ya empieza a crecer descuidadamente. Uno de esos trabajadores que continúa es Dimitri Savostin. Ahora tiene 56 años, pero llegó con veinte y pocos desde Vladivostok, una ciudad del lejano oriente ruso, donde hizo el servicio militar obligatorio. Vino con su mujer, embarazada, poco después de la boda.

 

—Vinimos con una maleta, cuando la mitad de la ciudad estaba construida y todo era muy verde y bonito. Estaba contento de empezar una nueva vida y encontré trabajo en la planta, en el departamento de electricidad. Nos dieron permiso para vivir en un piso pequeño y en un año nos proporcionaron un apartamento más grande, más agradable y totalmente gratuito.

La central nuclear deberá ser clausurada de forma definitiva en 2024. Fue un requisito del tratado de adhesión de Lituania en la Unión Europea. En el 2004 se apagó la primera unidad del reactor y en 2009 dejó de funcionar la segunda unidad de la central que llegó a proporcionar casi el 80% de la electricidad de Lituania. Poca gente brindó la Nochevieja de ese año en Visaginas. Gran parte de sus habitantes tuvo que emigrar, no hubo trabajos para los ingenieros que llegaron a prestar sus servicios en la planta nuclear.

—Cuando se cerró la planta, la ciudad se vació. Podías hacerte con un apartamento por unos 10.000 euros –dice Alex.

Fue el tiro de gracia para la utopía soviética, que se fue poco a poco vaciando de contenido desde la independencia de Lituania. En los años noventa, los vecinos de Antanas Sniečkus se dieron cuenta de que eran rusos en una nueva nación que condenaba su pasado. La ciudad cambió a su nombre actual, Visaginas, que literalmente significa “proteger a todo el mundo”, para enterrar toda huella que glorificara a dirigentes que para el gobierno lituano son símbolos del terror de la ocupación soviética.

Los entrevistados coinciden en señalar que reinó el caos, que no había ningún sistema y que muchos residentes cayeron en el alcoholismo.

—Un tiempo difícil, poco dinero. Llegaban a pedir 100 dólares por hacerse con documentos legales. Muchas bandas de delincuentes se instalaron aquí y los robos estaban a la orden del día. No había mes ni semana en que la prensa daba cuenta de los intentos de robar material. Las bandas actuaban por doquier y mucha gente se dedicaba a desvalijar lo que podían –dice Alex y añade con tristeza que entre los rusos desnortados que se refugiaron en el alcohol estuvo su padre.

—Recuerdo que poco después de la independencia fui con unos amigos al café habitual donde solían hablar ruso y me dijeron que ni entendían esa lengua ni la volverían a hablar –recuerda Jelena, que tuvo que renunciar a su pasaporte ruso para poder seguir trabajando.

La política lituana hacia los rusos que se quedaron en su territorio fue la menos agresiva del bloque báltico. Se dieron pasaportes lituanos a todos los que dejaron atrás su nacionalidad de origen. Asimismo, se obligó a aprender lituano a los nuevos ciudadanos y a usarlo en todas las instancias de su vida pública. Pero esta norma no se cumplió en la central nuclear, tal y como lo cuenta el trabajador entrevistado.

—Algunos departamentos trataron de cambiar los documentos oficiales al lituano, pero hubo dificultades en temas de seguridad y se volvió al ruso para evitar accidentes.

Dimitri cuenta una historia que vinculó a Visaginas con Chernóbil. El reactor RBMK de Ignalina era el mismo que estalló en Chernóbil el 26 de abril de 1986 y esto hizo que 700 trabajadores de la planta en Lituania acudieron a Ucrania para colaborar en la limpieza de lo que sería la mayor catástrofe en la historia de la energía nuclear.

—Estuvimos tres meses y teníamos sensores para registrar el nivel de radiación al que estábamos expuestos, pero hasta ahora nadie sabe los datos de cuánta radiación absorbimos. No estábamos al tanto del riesgo que corríamos –apunta tras señalar que casi todos sus compañeros murieron y que él tiene problemas de presión sanguínea y un cáncer que ha logrado controlar.

En Visaginas hay un monolito que recuerda a los hombres que voluntariamente se ofrecieron para ir a Chernóbil. Está en un extremo casi olvidado de la pequeña ciudad nuclear, que intenta recuperar el brillo del pasado con el turismo.

A día de hoy, la ciudad mantiene letreros, periódicos o información en ruso. Pese a todo siguió siendo tan rusa como en su génesis. La llegada de mujeres de países como Sri Lanka que llegan a trabajar en la industria textil es lo único que contrasta con todo lo que se ve en Visaginas.

También están dos edificios rutilantes: el nuevo centro comercial y un supermercado Lidl. El resto es una sucesión de bloques de pisos y de calles que se construyeron sin semáforos para facilitar una evacuación en caso de accidente nuclear.

—Antes de la guerra, mucha gente decía que era rusa. Ahora, mucha gente se lo piensa –dice Alex. Él enseguida aclara que se siente lituano, sin por ello renegar de su idioma o de su origen, a diferencia de algunos de sus vecinos–. En la cocina, cuando beben o en Facebook son muy valientes, pero nunca fuera.

Llama la atención que no haya banderas de apoyo a Ucrania, como ocurre en el resto de ciudades lituanas. Pero lo cierto es que es una ciudad sin banderas.

—La gente automáticamente te comparaba con el agresor, pero ser ruso no quiere decir que uno apoye a Putin. Soy una persona que apoya la paz –dice Jelena.

Dimitri asegura no haber sentido una actitud de rechazo hacia los rusos y que él por su cuenta y riesgo ayudó a una mujer y a su hijo a salir de Ucrania al inicio de la guerra.

Casi nadie habla de la guerra en los espacios públicos, quizás lo hacen en las cocinas, pero no tuvimos acceso. La presencia de lo ruso se ve en los conciertos de verano, en el cine estadounidense que se proyecta al aire libre con subtítulos en ruso, y en un mercadillo personas mayores que venden tomates, pepinillos y artesanías y se expresan en ruso. Entre los monolitos conmemorativos que se encuentran en la ciudad, hay uno que vuelve al inicio de todo, en agosto de 1975, y que dice en ruso: “Aquí se construirá la ciudad de los ingenieros en energía nuclear”. Hay poco ornamento en la ciudad, solo una escultura de metal, un árbol, donde los amantes cuelgan candados grabados con sus nombres rusos.

Más contenidos sobre el proyecto en Cerca de la guerra.

Fotos: Edu León, Emilia Lloret, Denis Vejas y Nasta Zakharevich

Soraya Constante (Quito, Ecuador, 1978) es periodista con experiencia en cobertura de fronteras, crisis humanitarias y derechos humanos. Su trabajo periodístico ha sido publicado por medios como El País, The New York Times, Gatopardo y 5W, entre otros. Es parte de una red latinoamericana de defensa de la Libertad de Expresión. Promueve proyectos independientes con periodistas que han sido amenazados por su trabajo. Sergio Martín (Valladolid, España, 1980) ha trabajado en el campo educativo y la comunicación durante 20 años entre España y Reino Unido. Escribe sobre minorías étnicas y música. El proyecto Cerca de la guerra es su primera incursión en el periodismo internacional.

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