Cerdo encuentra guarra

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Hacía tiempo que no cataba carne fresca y nunca creí que aquella carita de no haber roto un plato en la vida escondiera tal cantidad de conocimientos, deseos, pasión y ganas de comer polla. Ella creía que yo iba de farol. Y yo no voy de farol, ni voy por la vida de vuelta de todo. Yo no voy de nada. Simplemente me gusta follar. Me parece lo mejor que hay en la vida; mejor que el dinero (salvo si es para invertir en putas, porque entonces el vil metal se convierte en fuente inagotable de felicidad), los viajes (permítanme otra vez la puntualización: salvo que viajes acompañado de un chochito fresquito, compacto, cerradito, es decir, no parido, fácilmente humedecible y con boquita mullidora. ¡Ahhhhhh Dios mío, qué pena que los coños no tengan lengua!), el poder, la salud (¡pa qué quieres vivir si no follas!), la cultura o el buen comer (ni en el mejor restaurante del mundo vas a comer nada mejor que un coñito)…

 

Cómo llegó aquella jeva a mis manos no tiene importancia, pero sí quiero destacar un dato importante. No pagué por ella; ya sabes, siempre te gastas dinero con las tías, pero eso no importa, sólo me hierven las pelotas cuando te lo gastas y, además, no follas; entonce me voy a casa jodido y de camino me cago en la virgen puta y en toda la corte celestial y no dejo de maldecir hasta que me hago tres pajas y me quedo dormido. El caso es que yo, que soy más bien de polla larga y cansada -mi corazón bombea cada vez menos y tengo muchas dificultades para ponerme turgente- no iba muy animado a la función y aquel día me pillaba especialmente cansado. Pero allí me fui liberado de presiones del bajo vientre y dándole vueltas a la cantidad de marrones que me esperaban al día siguiente. Fue una comida agradable, sin más, hasta que ella me espetó de repente: “tengo ganas de que me rompan el culo, a mis amigas se lo han roto y a mí aún no, lo han intentado pero no lo han conseguido y me gustaría experimentarlo. Tampoco he follado nunca con dos tíos a la vez y no me quiero morir sin probarlo». La virgen puta!!! Se me atragantó la comida en ese momento. Empecé a sudar y a mirar a mi alrededor en el puto restaurante para ver si no me conocía nadie y abalanzarme sobre ella. No había lugar.

 

Quedamos unas horas después en el centro de Madrid y me la llevé a uno de los bares de moda propiedad de un muy buen colega y cómplice de mis pecados. Un par de copas y pásame la llave del reservado. Sin problemas, hay confianza. Entramos, él cierra por fuera y ahí no entra ni Dios, sólo puedo abrir yo desde dentro. Unos sofás rojos, retro, un televisor, unas copas. Antes de que me diera cuenta me dijo dulcemente: “quiero comerte la polla, quiero sacarte la leche y dejarte seco”. La muy cabrona me lo dijo con clase, y antes de que me diera cuenta mi rabo había desaparecido en su boca. Allí medio tumbado en el sofá, con el sonido lejano de la música y los pantalones y los calzoncillos en los tobillos, me corrí plácidamente en su boquita de labios finos y garganta profunda. “Zorrita”, dije para mis adentros, “te vas a enterar”. Contra la pared, puta, fuera esos pantalones y ese tanguita, y ella sonríe nerviosa, jadea y chilla cuando le como los pezones al tiempo que le azoto las nalgas. Luego se las relamo pero no le meto la lengua por el culito, eso acabará suplicándomelo un día gimiendo de placer. La siento en el sofá, dejo que los pantalones y el tanguita cuelguen de un solo tobillo, por si hubiera algún imprevisto así se vuelve a vestir más rápido, y le separo una de las piernas. Contemplo ese coñito afeitadito, húmedo como un torrente, y ese vientre hermoso y firme. Tiene también unos brazos y unos hombros bonitos, y piernas perfectamente largas para follármela otro día de pie. Me chupé dos dedos de la mano derecha para no entrar en seco y se los metí por el coño hasta bien adentro. Intentó resistirse, me pidió con voz apenas audible que no lo hiciera, que le hacía daño. Eso me puso más loco, así que hasta el fondo, separa bien las piernas, coño, y verás que entran mejor y te duele menos. Mis dedos revisaron bien ese coñito mientras le comía y le chupaba el clítoris. Se corrió retorciéndose, gimiendo y chillando, hasta quedarse quieta, tranquila, relajada. Pasado un rato, se incorporó levemente, me miró y me dijo: “Me he corrido muy a gusto”.