Cerrilidad política reiterante

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Hace cuarenta días que el general-presidente de la república amaestrada de Guinea Ecuatorial, previendo la traslación de las revueltas norteafricanas a su particular feudo, quiso atajarlas de antemano, y llamó a su presencia a sus aduladores, a los que hizo fundar unos partidos políticos para el realce del folklore nacional, y también a los jefes de los partidos que no le ríen las gracias, UP y CPDS, por ahora, y les prometió que haría unas reformas, porque había visto que el pueblo oprimido lo pedía. Ya lo hemos dicho, era mentira, tenía miedo de verse arrastrado por el clamor popular en busca de las libertades pisoteadas.

 

Pero como en su Guinea no hay otra voz pública que la suya, de sus medios de comunicación, un penoso equipo de diletantes que ejercen de meros bufones para asegurarse sus prebendas, no hubo nadie que dijera que nadie se lo creía. Pero se lo dijeron. Dijimos, particulares, políticos y desde el Santo Vaticano, que era imposible que habiendo estado tantos años en el poder, quisiera hacernos creer que lo de sus “irrelevantes” reformas iba  en serio. (En este artículo no quiero dejar de citar a nadie, y si he mencionado al Vaticano es porque llevamos años preguntando, y somos muchos, qué función tiene, aparte de ser un lugar donde la gente va, como turistas, y desembolsando, a ver al Papa aparecer por el balcón). Y es que nadie se lo había pedido, y si no fuera por los que se interponen entre él y la terrible realidad que a veces vivimos en Guinea, lo que le hubiera llegado es que nos deje, se lleve su música, los bailes de sus aduladores, a otra parte, y hemos sabido que está construyendo una ciudad en la selva.

 

Pero los que se interponen entre él y los ciudadanos, Riggs, Qorvis, Mobil Oil, Marathon, Africa 24, TVE, la UE, un grupo de abogados de la Ciudad, o de todas las ciudades de los Estados Unidos, El País, etcétera, impidieron que les llegara este mensaje. Entonces se quedó. ¿Sabía algún lector que mientras el que esto escribe estuvo en su “mini huelga de hambre” la TVE dio la noticia de una chica mexicana que también estaba en huelga, pero pidiendo que alguien le invitara a la boda que en breve iba a tener en la familia real británica? La mía, una protesta chiquita, no les llegó a los televidentes de España. Y esto, claro, es una clara interferencia a la verdad. Ah, unos días después, un importante periódico de aquí ponía que yo calificaba al general-presidente de “dictador”. Es decir, era el único en el mundo que creía que lo era. Hay testimonios de esta interferencia importante, y lo cito por si alguien dudara sobre la designación de las cosas.

 

Pasaron los días, y ni llegó a Guinea la primavera árabe, ni creyó nadie que aquellas irrelevantes reformas, que nadie se lo había pedido, iban a tener lugar. Y es que, y es sentido común, nadie haría unas reformas si los aspectos sobre los que había que reformar constituían su norma de conducta. La corrupción, la gestión desastrosa, el personalismo, la negación de la humanidad, el nepotismo, la ocultación, el descaro, la impunidad, el fraude, son tantos en la Guinea regida por Obiang que cualquier cambio mínimo significaría la muerte del régimen. Por esto anunció el acortamiento de su mandato, la creación de otra cámara y también la de un tribunal de cuentas que dé fe de lo que han saqueado del Estado desde que subió al poder en 1979. Y es que, si este futuro tribunal no hace un recorrido por los graves agujeros dejados por los que están en el poder, no tendría por donde empezar, toda vez que todo está atado desde el fraude. Nadie, decía Cristo, echa vino nuevo en odres viejos, y sabía lo que decía. Es decir, lo que prometía Obiang no era lo que necesitaba Guinea. Pero él, como todos los que no han querido seguir adulándole, sabían que no iba a acometer ninguna reforma. O que las mismas no eran nada, absolutamente nada. Y hace poco, casi anteayer, cuando celebraba el aniversario de la pandilla de gente que le ha seguido adulando y que no se ha arrogado la responsabilidad de decirle que debíamos estar muchísimo mejor que Namibia, que Argelia, que Ghana, que Marruecos, que Cuba, que Paraguay, que Gabón, que Nigeria, que Italia, el mismísimo general reconoció que no pensaba hacer reforma ninguna, que pensaba seguir así, que vivía en África, la cumbre africana había salido bien y quería seguir así, ejerciendo el poder totalmente a la africana. Pero lo dijo de una manera peculiar, casi dramática, e irresponsable.

 

Lo que dijo fue que las potencias occidentales lo querían mal y habían decidido echarle del poder. Por ello, pedía a sus aduladores, a las mujeres de estos aduladores, a sus hijos, muchos de los cuales estudian en estos países “enemigos”, a estar vigilantes para, cual soldados en justa defensa de su patria, tomar las armas, cuando sea necesario, para luchar por su república de Guinea Ecuatorial, la de él. Los aduladores son “súbditos”, y así se les conoce en los medios de comunicación. El general utilizaba una lógica desconcertante, y por eso es original la manera de decir que no pensaba hacer ninguna reforma: lleva 32 años en el poder, reelegido con mayorías abrumadoras, sin reformas o maquillajes de ningún tipo, y nunca ha sido atacado por potencia extranjera alguna. Pero cuando verdaderamente se aviene a razones y promete hacer unas reformas políticas que insuflen un poco de humanidad y orden a la sociedad guineana, las potencias amigas, de los mismos países donde tienen bienes muebles e inmuebles valorados en millones de euros, lo atacarán sin remedio. Ahora si dijéramos que el general cree que sus amigos occidentales no quieren que haga ningún tipo de reforma, parecería que estamos descubriendo un mundo al revés. Pero todo está en los medios que recogen las palabras textuales del que rige los destinos de su pequeño feudo.

 

Es grave esta deriva dramática que toma los asuntos del país. Pero no es novedad, y es algo que debería ya saber. Todos los dictadores africanos, que han sido grandísimos amigos de sus amigos actuales, han acabado así. Pero en nuestro caso, no queremos que acabe así. Y es que una agonía política retardada puede traer consecuencias trágicas para los guineanos, ya de por sí maltratados por años de una incuria sin parangón. El general tiene que saber escuchar, tiene que escuchar a los guineanos que llevan años diciéndole que no iban bien las cosas. Como la vejez en la política agudiza los recelos y crea enemigos y fantasmas por todos los sitios, ocurrió con el innombrable Masié, podemos creer que habrá para él un sitio seguro en estos países amigos que han sabido ser hospitalarios con los caudales guineanos arrancados de nuestra tierra. Si pese a esta circunstancia no puede encontrar la paz en ninguno de los países donde él y otros miembros de su familia tienen guardados este tesoro, entonces este asunto será una historia que nunca seremos capaces de desenvolver en sus aspectos humanamente comprensibles. Será pues, una cuestión que sólo el puede dilucidar.

 

Barcelona, 11 de Julio de 2011

Juan Tomás Ávila Laurel. Es un joven y prolífico escritor, residente en Malabo, donde ejerce como técnico sanitario. Se ha convertido últimamente en un exitoso y asiduo conferenciante de numerosas universidades extranjeras. Ha representado a su país en importantes foros internacionales y ha sido conferenciante invitado en España, Reino Unido y Estados Unidos. Su obra se caracteriza por un compromiso crítico con la realidad social y politíca de su país y con las desigualdades económicas. Estas preocupaciones se traducen en una profunda conciencia histórica, sobre Guinea Ecuatorial en particular y sobe África en general. Tiene más de una docena de libros publicados y otros de inminente publicación, entre ellos las novelas y libros de relatos cortos La carga, El desmayo de Judas, Nadie tiene buena fama en este país y Cuentos crudos. Cuenta tambien con obras de tipo ensayístico, libros de poemas y obras de teatro.