Chalados

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Somos los periodistas unos chalados. Se dedica uno a trabajarse una crónica durante horas, con voces, con llamadas, para que vuele en un minuto. Quien conduce, quien cocina, lo habrá escuchado de fondo. Si es que lo ha escuchado.

 

Otro le dedica el mismo tiempo o incluso más a ponerle imagen a la noticia. Quizás habrá ido a una rueda de prensa. O no. No están las cosas para dispendios. Y quien lo ve desde el salón de su casa tampoco lo habrá seguido porque mientras lo emitían le pedía a su hijo que tirara la basura.

 

El prestigio está en el papel, dicen los apologistas. Ahí está la calidad. Ahí están los temas trabajados. Las fuentes de verdad. Cuando en las redacciones se bebía de petaca y no agua ni Coca Cola Zero. Cuando una nube de humo impedía ver al de la sección de economía, el chalado de turno incluso empleaba días para publicar ochocientas palabras. El papel sigue siendo el medio más importante, repiten: marca la agenda, genera influencia, hace caer a presidentes. Cuántos pescados habrán envuelto las páginas del Watergate.

 

Será que el no va más es plasmar la firma en el lomo de un libro. Perfecto para el ego del plumilla de turno. Mira uno a la estantería -todavía se compran libros en papel- y ve su nombre. Si la colección es escasa estará cerca de clásicos de Víctor Hugo o Alejandro Dumas. Si los organiza por género es probable que no quede muy lejos los del impoluto Gay Talese. Años de trabajo y fuentes trabajadas para unas páginas que en unas semanas dejarán de estar visibles en las librerías y se habrán retirado del mercado en doce meses.

 

Lo bueno de internet es que todo queda ahí, no se pierde, cantan los gurús. Claro que se pierde. Una noticia desaparece en el momento en que sale de la portada del diario digital en cuestión. De un día para otro se habrá convertido en prehistoria. Cada poco, noticias de hace meses resucitan gracias a las redes sociales, insisten los panegiristas digitales: la excepción confirma la regla. Nunca entendí esa expresión. Porque estos casos son precisamente excepciones la vida digital de un reportaje tiene fecha de caducidad. El monstruo de internet devora con solo un scroll.

 

Somos los periodistas unos chalados porque nos dejamos horas de trabajo y algo de salud en un resultado efímero. «¿Qué haces?», me preguntaban el domingo por la mañana. «Leer la prensa». Mientras escribo estas líneas recibo dos mensajes: «¿Estás viendo a Rubalcaba?» «¿No lo vas a ver?». Somos los periodistas una mala compañía.