Cheever, melancolía de América

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John Cheever

Para que no creamos que son todos prepotentes, racistas, brutales. Puritanos y fundamentalistas. John Cheever estaba en Masachussets y el agua lo atraía. Y escribió ese cuento sobre ese hermano gilipollas del protagonista que se escandaliza de todo y como buen puritano lo considera todo pecado. Encima de lo jodida que es la vida vienen estos gilipollas puritanos a joder lo poco que queda.

Casi toda su obra es melancolía, o sea lucidez y apertura. El nadador se cree una gran cosa y a medida que avanza de piscina en piscina se da cuenta de que se ha vuelto patético. Un padre pretende impresionar a su hijo en Nueva York y no se da cuenta de todo el patetismo en que cae. Un conductor se vuelve neurótico en la autopista que lo lleva a Nueva York y se llena de miedos y no sabe qué hacer en su coche.

En el fondo tenemos el mar, parece decir Cheever. Pero entonces viene ese gilipollas puritano de Nueva Inglaterra a decirnos que todo es pecado. En el fondo los norteamericanos nunca pueden librarse de sus orígenes calvinistas y del cargamento de intolerancia que viajaba en el Mayflower. Escapaban de una intolerancia y el mar no les enseñó nada, cuando llegaron implantaron otra intolerancia que ya dura siglos. Acumulan arsenales de armas, masacran a familias enteras, matan a los negros, pero lo más execrable para ellos es tocar una teta.

Entonces Cheever se cansa y dice: dejadme vivir el agua. Y mira maravillado como salen su mujer y su hermana desnudas del agua en aquel cuento sobre el hermano santurrón. Que les jodan a todos estos gilipollas que nos quieren escamotear la vida, que solo quieren ahorrar y acumular capital. Entonces Cheever descubre todo lo que vale la literatura. Los puritanos siempre prefieren su libro de rezos a una obra literaria, siempre prefieren los dividendos y el libro de cuentas. Pero toda la literatura norteamericana está hecha contra sus orígenes. Si quieren vivir y disfrutar su literatura, tienen que negar sus orígenes.

En el cuento ‘Expulsado’ lo expulsan del instituto. En ‘Una culta mujer norteamericana’ la protagonista se cree muy culta porque sabe todos los datos precisos sobre Venecia y Europa. La cultura es lo contrario de la vida para ella, mientras el marido acomplejado se ocupa de la casa y le da algo de compañía a su hijo antes de que muera de soledad. En ‘El gusano en la manzana’ los Crutchman viven felices toda su vida y son ricos y no quieren ver los gusanos en sus manzanas.

En ‘El ladrón de Shady Hill’ un tipo quiere espantar a una rata en la iglesia recitándole la Biblia, escucha que un millonario no sabe nadar y no puede disfrutar de su piscina. En ‘Una mujer sin país’ todo el entorno se ceba contra una mujer que se dejó besar en la escalera por el vecino y declaró siempre: fue culpa de la humedad. En ‘La monstruosa radio’ un matrimonio escucha a través de la radio, por un fallo técnico, los secretos miserables de los vecinos. Una mujer escucha a Chopin y el marido le dice que apague la música de una maldita vez. En ‘Las amarguras de la ginebra una niña a la que prohíben todo se va la estación de tren del pueblo y quiere un billete a cualquier parte.

Pero todo estaba en El nadador. Ese hombre que quiso recorrer el camino de vuelta a su casa bañándose en todas las piscinas de las casas para sentir el agua en la piel y el esplendor de la vida. Pero descubrió que todo era fracaso y falta de aliento. Creyó que todos alucinaban con él, que era un ser imprescindible, pero escucha cómo lo tratan de patético y de fracasado. Y todas las ilusiones no eran más que mentiras. Y ni siquiera el agua mojaba. Unos americanos son prepotentes y triunfalistas, se escandalizan por todo, matan a los negros. Pero Cheever tiene la melancolía lúcida y la literatura.

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