Chica de barrio

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Recuérdalo, esto es una guerra de nervios y en una guerra de nervios el que se pone nervioso, pierde.

 

Cuatro semanas después de ser destituido de mi cargo y de estar literalmente sentado en mi sitio sin hacer nada, el director se acercó a cuchichear con el nuevo jefe de equipo, su fichaje estrella, que estaba sentado frente a mí. Se reían, compadreaban y me ignoraban como si fuera transparente, mientras yo fijaba la vista en la pantalla en blanco del ordenador y les miraba de reojo de vez en cuando. Entonces, y con esfuerzo, dirigía mis pensamientos hacia un parque de las afueras de Leganés, un lugar que solía frecuentar en aquella época y donde era absolutamente feliz: ropas tendidas en los balcones, edificios de ladrillo visto de cuatro plantas fabricados en los años sesenta ,alrededor de un parque de tierra con unos cuantos bancos cochambrosos y unos columpios oxidados. Al director ya lo conocía bien; para mí no era el director, era «la directora», también conocido como «la maricona, calva, falsa» o simplemente «la mentirosa». Había dejado muchos cadáveres en el camino, incluso los de sus más próximos colaboradores, con tal de seguir en el puesto. Normal, el puesto en cuestión es un potro de tortura, aunque a él le gusta mucho cabalgar y que lo cabalguen; pero a cambio media España chupa la polla del que lo ocupa y hasta el mísmisimo Rey lo recibe en audiencia privada y le ofrece un almuerzo sentados a una mesa muy recogidita donde no hay más de cuatro comensales. Eso vuelve loco a mucha gente en esta puta hoguera de las vanidades que es el ambiente de trabajo en el que yo me muevo. Pero, por entonces, a mí sólo me volvía loco Tamara, la niña de Leganés.

 

Yo también tenía mis apoyos. De hecho, había ayudado a la compañía a ganar 75 millones de euros en ocho años, y él tenía bastantes enemigos; así que visto que yo no cedía, que no me acercaba a hablar con él y que le respondía con la misma fingida indiferencia, optó por tomar la iniciativa: «tú y yo tenemos un problemilla, existen entre nosotros aristas que hay que limar, y antes de que vaya a más, vamos a resolverlo. ¿Te veo en mi despacho después de la reunión?» Por supuesto que fui. Aquella visita a su despacho y la  conversación que mantuvimos fue una de las experiencias más surrealistas que me ha tocado vivir, y creo que es dificílmente superable. «Tú has intentado torpedear mi proyecto»; no director, yo defiendo mis ideas. «Te crees que tienes la razón pero estás equivocado». Eso lo dirá el tiempo, director. «Y no lo has hecho porque seas mala persona…» Por supuesto que no, lo he hecho porque es lo mejor para la compañía, le replico yo. «Nada, nada que no tienes ni idea. Has conspirado contra mí». Yo no conspiro contra nadie, estamos en tu despacho, tú me has llamado y puedes decir lo que quieras, pero tus palabras me entran por un oído y me salen por el otro, matizo yo. «Te ofrezco un puesto para recolocarte», me dice con la sonrisita cobarde del que no se atreve a salir del armario. Ya te puedes imaginar que la oferta era la peor mierda que circulaba por la empresa en aquellos meses, lo que nadie quería y con lo que demostraba públicamente que el que se hiciera cargo de eso era un puto castigado. Me pongo de pie, le estrecho la mano y le digo a la cara con una enorme y bonita sonrisa: «Te agradezco muchísimo esta nueva oportundiad que me das director, es un puesto idóneo para mí y sabré hacerlo bien, puedes estar seguro de que no voy a traicionar la confianza que has depositado en mí». El muy cabrón quería matarme pero no encontraba la forma de clavarme la puñalada, de verme humillado o cabreado. Yo salía vivo de su despacho y tenía claro que su muerte era cuestión de tiempo, de no mucho tiempo. A partir de aquel momento bauticé a «la directora» y a su fichaje estrella como «Los otros», en homenaje a la película de Amenábar. Están muertos pero ellos todavía no lo saben.

 

Salí de allí con la misma sensación que tiene un pordiosero al que le acaban de tocar seis millones de euros y recorrí cagando leches los veinte kilómetros que separaban mi oficina del parque de Legánes en el que siempre me esperaba Tamara con sus tetas grandes, duras, redondas y sensibles, y su coñito fresco y jugoso, con olor a primavera, que hasta entonces sólo había catado yo porque la primera vez que metí mi dedo corazón en aquel agujerito receptivo y cariñoso encontré una resistencia inusitada. Siempre había intuido que la felicidad que yo buscaba estaba en un parque como aquel, cutre y de clase media baja, y ese día me dejé embelesar por Tamara y sus fascinantes conversaciones sobre el módulo de Formación Profesional que cursaba, los estudios de peluquería que había abandonado porque se aburría, sobre sus amigos macarritas jovencitos, ignorantes y llenos de vida, que tenían, como ella, todo por hacer; sobre su amiga más bien feíta y gordita que quería que la desvirgara un bombero. Y me ponía loco, aunque ella no lo sabía, cuando me hablaba de su hermana que trabajaba de cajera en un supermercado, a la que yo espiaba cada día con menos disimulo y me hacía pajas pensando en sus enormes zancas y su coño lleno de luz (sí, esos coños que tiene las mujeres con piernas ligeramente separadas y a través de las cuales pasa la luz y la vida). Besé a Tamara con pasión, apreté su lengua con mis labios, con mucha fuerza, me tragué toda su saliva. Le había comido el coño muchas veces y siempre me lo tragaba todo porque para mí era como beberme su juventud y su fuerza. Cada vez que lo hacía sentía que me quitaba diez o quince años de encima. Pero ese día tenía la regla. Bueno, me dijo que estaba en el tercer o cuarto día, así que eso para mí no fue problema. Era muy jovencita y con la regla siempre le dolían mucho los ovarios. Tuve que forzarla un poco para quitarle las bragas y contemplar el maravilloso espectáculo del hilillo del támpax colgando entre sus piernas. Le presioné el bajo vientre con la mano izquierda y le chupé bien el clitóris durante un cuarto de hora hasta que se corrió. Se quedó muy relajada y es que yo sabía por una vieja amiga que eso es muy bueno para el dolor de ovarios provocado por la menstruación. «Eres un cerdo», refunfuñó quedamente. No, joder, soy un sanguinario, un sanguinario del sexo, pensé yo. ¡No te jode, como todos los zares!

 

Efectivamente, al fichaje estrella se lo follaron unos meses después. Más bien, «la directora» sirvió su cabeza en bandeja como responsable de un proyecto que en realidad siempre fue inviable y que supuso la pérdida de tres millones de euros. «La mentirosa» sobrevivió casi dos años y al final le dieron una patada en el culo de la forma más humillante que se haya visto. No lo he vuelto a ver pero sé que sigue por ahí escupiendo bilis y sin salir del armario. Yo sigo aquí, sobreviviendo como puedo, cobrando a fin de mes y acordándome mucho de Tamara. Me consuela saber que ya no es tan joven. 

2 COMENTARIOS

  1. Oye, Zar, hablemos en serio;

    Oye, Zar, hablemos en serio; necesito un puesto en tu Empresa, manda un e-mail para que envíe el CV. Por supuesto no me comprometo  a no conspirar contra tí.

    Me interesa mucho esta deriva marxista que están tomando tus escritos, hace unos días escribía El Estratega de la comparación entre freudianismo y economía, me encanta que os pongáis tan serios.

    ¿Por qué no mezclas también sexo con novela policiaca? hoy saluda google con el 120 aniversario del nacimiento de A. Christie. Entre el negro y el púrpura podía quedar una cosa apañada para vender 36.000 ejemplares.

    ¿No darías tú lugar a lo del «monstruo de Leganés» con tus actividades al aire libre? Ya sabes aquello del monstruo de dos espaldas (o el menstruo).

  2. ¡Aahhh Dr. J.! Hoy sacas lo
    ¡Aahhh Dr. J.! Hoy sacas lo mejor de ti. Tú serías un elemento destacable en esta empresa, pero, aunque no te conozco, creo que no cumples el perfil. Para entrar aquí ahora tienes que tener menos de 25 años y estar dispuesto a cobrar menos de mil euros durante una buena temporada. Son los tiempos que corren, amigo mío..

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