Chillida

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He andado este fin de semana por San Sebastian y he ido, como cada vez, a ver el Peine del viento, a mirarlo, a contemplarlo, a pensar y ensimismarme, a lo que sea que uno hace ahí sentado frente al mar y la roca y las tres piezas de hierro retorcido contra las que baten las olas.

 

Dediqué mucho tiempo durante un año de mi vida a pensar sobre Chillida y sobre su idea -su visión- del espacio vacío. Una idea que compartió con Oteiza. Ahora se miran uno al otro de un lado al otro de la bahía de La Concha y quién sabe si el Peine del viento y Construcción vacía dialogan sobre el vacío con el lenguaje de las olas.

 

Decía Oteiza:

Mi pensamiento es este: Espacio es lugar, sitio, y este sitio en el que nos desenvolvemos y en el que tratamos de realizar nuestra escultura puede estar ocupado o sin ocupar. Pero este sitio sin ocupar no es el vacío. El vacío es la respuesta más difícil y última en el tratamiento y transformación del espacio. El vacío se obtiene, es el resultado de una desocupación espacial, ésta es su energía creada por el escultor, es la presencia de una ausencia formal (…). En física el vacío se hace, no está. Estéticamente ocurre igual, el vacío es un resultado, resultado de un tratamiento, de una definición del espacio al que ha traspasado su energía, una desocupación formal. Un espacio no ocupado no puede confundirse con un espacio vacío (…)

 

Pero ya digo que es a Chillida a quien yo me dediqué a mirar y a entender y sobre quien acabé escribiendo un ensayo Chillida, el desocupador del espacio, que ahora recojo aquí y en que hablaba de la reflexión sobre el espacio que fue central en su trabajo y a la que volvía una y otra vez a lo largo de los años cuando hablaba sobre lo que hacía o sobre la vida. Una vida dedicada, diríamos, a recoger el espacio, a envolverlo. Más aún, a entenderlo, a saber qué es, de qué hablamos cuando lo nombramos.

 

Chillida, el escultor del espacio, el buscador del espacio, el pensador del espacio.

 

Chillida labra, forja, talla, esculpe, moldea, fragua para buscar no sólo la forma que surge entre sus manos sino el vacío que va quedando, eso que no vemos, o no vemos tan fácilmente, pero que es tan provocado como lo que sí vemos, tan parte de su obra. Acaso más: él mismo dice que el vacío que queda oculto en algunas de sus piezas en madera es más la obra que lo que el espectador ve, y se pregunta, Qué es lo que manda: ¿el hueco o lo que lo delimita, lo que envuelve ese hueco?…

 

El espacio vacío no es algo que resulta de la obra de Chillida, que sucede, sino al contrario, parte de la obra misma, de su sentido, de lo que el artista quiere que sea. Como en esos juegos de percepción en que si uno hace un esfuerzo consigue ver dos imágenes completamente diferentes, Chillida busca provocar que el espectador cambie la mirada, el punto de vista, y vea el espacio vacío tanto como ve la pieza en madera o en hormigón.

 

La búsqueda del vacío como espacio positivo: he ahí el gran reto de Chillida y de su obra. Tal vez la sublimación de la obra de arte, esa en que lo material, lo que está ahí, no es más importante que lo que no vemos, sino apenas un elemento de lo que el artista ha querido crear y que el espectador vea, uno entre varios, el que contiene y limita a eso otro que también es la obra aunque no tenga materia porque es puro vacío, hueco.

 

 

Espacio es esencialmente aquello a lo que se ha hecho espacio, lo que se ha dejado entrar en sus fronteras, dice Heidegger. Y eso hace Chillida, abrir espacio al Espacio, dejarlo entrar y, al hacerlo entrar, hacerlo ser.

 

Hay una relación de ida y vuelta entre Chillida y Heidegger en torno al espacio, una reflexión y un interés compartidos, una influencia recíproca. Hicieron juntos Die Kunst und der Raum, Heidegger el texto, que Chillida le hizo escribir a mano, en caligrafía gótica directamente sobre la piedra litográfica; y éste siete litografías-collage.

 

Ahí, en El arte y el espacio, Heidegger habla de tres espacios de la figura plástica: el espacio en que se encuentra como un objeto presente; el espacio que la envuelve, (umschließen: Félix Duque lo traduce como “el espacio involucrado -o implicado- por los volúmenes de la figura”); y el espacio que, como vacío, subsiste entre los volúmenes.

 

Para Chillida el fundamental es éste último; más, mucho más, importante el espacio vacío entre medias que el espacio alrededor. Más el vacío envuelto que el envolvente. Trampas para apresar lo inaprensible: el viento, el rumor, la música, el silencio –el espacio, llama Octavio Paz a algunas esculturas de Chillida.

 

 

El Vacío es nada, la nada, ausencia de algo, de todo. Es exterior, es decir, no está-en-algo, no está-en, no es, o, si es, es-fuera. Lo vacío, en cambio, el vacío del escultor, “el hueco” de Chillida, sí está, dentro, en su pieza, entre la madera, entre el hierro, entre el hormigón. Y por eso, porque está dentro, porque es-dentro, es algo, no es ausencia: se le ha hecho espacio. Aunque invisible, se puede ver; aunque intangible, se puede tocar; aunque no ocupa lugar, se puede caminar, penetrarlo. Existe. Está presente. Es.

 

Espacio vacío, sí, por tanto, pero no vacío como nada, como cero, sino vacío como algo-que-sí-es. Espacio vacío que es tan parte de la obra, tan elemento suyo, como el objeto presente, la materia. Vacío que el escultor esculpe, va conformando con sus manos al tiempo que labra la piedra, forja el hierro o moldea el barro. Porque va a la vez también, sin duda, labrando el aire, forjando el vacío, moldeando el espacio y dejándolo entrar. Forjador de vacíos llama Félix Duque a Chillida.

 

Y Escultor arquitectónico lo ha llamado también, Arquitecto cuando esculpe. Y José Angel Valente: Maestro de la vacuidad, arquitecto del vacío. Tal vez porque aunque abandonara temprano la arquitectura ha reivindicado ese oficio que también debe ser el de los arquitectos, más que ningún otro, más que de ningún otro: constructores de espacios.

 

Espacios grandes o pequeños, claros o intricados, visibles o escondidos en la pieza y sabidos sólo por su artífice. Espacios positivos o negativos.

 

Chillida habla de “espacio positivo”, la obra, el volumen real de la obra, el espacio del objeto presente, frente a la vista, evidente, material (hecho de materia); y “espacio negativo”, el espacio que queda dentro: lo vacío, “el hueco”.

 

Espacio negativo, sí, pero negativo como el de una fotografía, esa otra cara de la realidad donde lo blanco es negro y lo negro blanco, lo mismo visto de otra manera, desde el otro lado. Negativo, pero, de nuevo, no como ausencia, como lo que no es, sino un negativo igual de real que el positivo, cara y cruz de lo mismo, misma imagen a uno y otro lado del espejo. Intercambiables por tanto, dependientes del punto de vista, tan reales el uno como el otro, el espacio que ocupa la pieza de madera, de hierro, de hormigón, y el espacio vacío que se genera en medio o en torno. Espacio real creado, conformado (dado forma) por esa materia que, si logramos alterar el punto de vista, puede dejar de ser lo positivo, lo que es, para ser al cabo lo negativo, lo de afuera, lo que sólo envuelve.

 

 

 

Estar a veces en el límite de no saber si lo que estoy separando del espacio, lo que estoy esculpiendo, es la masa de materia que estoy trabajando, o es el aire que se está haciendo pasillos ya interiores y cerrados para siempre.

 

Félix Duque habla de vacío excavado-y-encerrado a la vez por Chillida. He ahí, tal vez, una clave para entender. Vacío excavado, vacío encerrado.

 

Vacío encerrado cuando materia y espacio son dos caras de la misma obra, positivo y negativo a la vez, como en el juego de percepción, y uno puede jugar a cambiar la mirada y decidir si quiere que la obra sea, por ejemplo, las manos, las zarpas, las tenazas de hierrro forjado que son el Peine del Viento, o si el Peine del viento es más bien el aire y el agua que atrapan, el mar y el viento que lo peinan sin cese.

 

O escoger si lo que quiere ver reflejado en el estanque bajo Elogio del agua, en el parque barcelonés de La Creuta del Coll, son esas garras de hormigón enormes o más bien el espacio vacío que agarran.

 

Como Elogio del horizonte no es sólo la impresionante pieza de hormigón, el arco que se impone sobre el horizonte en el Cerro de Santa Catalina de Gijón, sino lo que ella abarca, contiene, define, dibuja. El arco es sólo límite, perfil; lo que cuenta es el volumen que surge dentro, el espacio, lo vacío. Ese ábside hueco y cóncavo donde el propio Chillida dice que el mar -la mar la llama él siempre- se oye de manera diferente. Escultura inmensa junto a la que el hombre se ve y se asume ínfimo y que logra hacerlo sentirse dentro, protegido, y al tiempo asustado frente a lo que lo desborda y lo cuestiona. A la vez ventana al horizonte, abrazo al aire, cápsula desde donde oír la mar y capilla de homenaje y humillación del hombre frente a lo inmenso, lo incomprensible, lo inefable. Espacio positivo, tanto o más que el arco de hormigón que lo crea y lo delimita.

 

 

Y vacío excavado cuando el escultor hiende la piedra para, a la vez, en una misma acción, quitar lo que sobra y crear vacío, re-crear el espacio.

 

Cavar, sacar, también es esculpir. Como al forjar el hierro o al moldear el barro se van esculpiendo volúmenes, al cavar, al quitarle a la piedra, se va esculpiendo el vacío, dejando salir al espacio. Creándolo.

 

DiceValente: Es que la escultura tradicionalmente era un arte de ocupación del espacio. Y la originalidad de Eduardo es que desocupa el espacio (…), interroga a la naturaleza en su intimidad, es decir, la penetra. Es como si se hubiera desplazado la función de la escultura, que era un arte de ocupación. Y en Eduardo es un arte de desocupación del espacio.

 

Un arte de desocupación del espacio… Chillida, el desocupador del espacio.

 

Eso hace Chillida, no saca piedra, no quita, sino que añade, “mete” espacio. Desocupar materia es llenar de espacio vacío, es apartar lo que lo esconde. Vacía y llena al tiempo, aligera, cambia materia por espacio. Esculpe vacío.

 

Chillida, dice, se dio cuenta un día de que cuando los canteros sacan piedra de una montaña, sin saberlo están metiendo espacio. De esa epifanía, que puede meterse espacio dentro de un espacio, surgió el proyecto de Tindaya: excavar esa montaña sagrada en la isla de Fuerteventura, labrarla como se labra la piedra, como si la montaña fuera una roca inmensa a la que se puede también quitar lo que sobra para re-crear, liberar el espacio oculto ahí, en su interior, en el corazón de la montaña. Para meterle espacio.

 

Uno siente que Tindaya iba a ser la gran obra de su vida, la culminación de esa búsqueda de tantos años, pero los ecologistas, que ni supieron ni quisieron entenderlo, lograron frustrarlo.

 

 

Todo mi trabajo está saturado de un profundo respeto hacia la materia, porque la materia en sí es cosa importante, y también hacia su comportamiento, hacia su conducta.

 

Chillida sabe bien de dónde viene su obra, los porqués, qué es lo relevante en su trabajo y en la vida. Sus temas y sus ideas son, por tanto, recurrentes, van y vuelven una y otra vez a lo largo de los años, se repiten en sus escritos y en sus conversaciones: Es que un hombre que dice la verdad siempre dice lo mismo.

 

Recurrentes como la del espacio, profundamente ligadas a ella, son sus reflexiones sobre la materia y sobre los límites. Espacio, materia, límites, tres reflexiones separables, tal vez, en el discurso de Chillida pero una sola sin duda en el fondo.

 

Dice Octavio Paz que en la obra de Chillida se conjugan dos direcciones opuestas del arte contemporáneo: la atracción por la materia y la reflexión sobre la materia. Relación íntima entre uno y otra, entre espacio y materia. Tan estrecha que Chillida, de manera intrigante, las ve, uno diría que apenas las intuye, como lo mismo, materia y espacio como dos realidades pertenecientes a una misma categoría y diferenciadas únicamente por la velocidad (¿el elemento tiempo?):

El diálogo limpio y neto que se produce entre la materia y el espacio, la maravilla de ese diálogo en el límite, creo que, en una parte importante, se debe a que el espacio, o es una materia muy rápida, o bien la materia es un espacio muy lento. ¿No será el límite una frontera, no sólo entre densidades sino también entre velocidades?

 

La reflexión de Chillida sobre la materia no es diferente de la atracción que lo lleva a escoger materiales, a decidir si va a trabajar en madera, en hierro, en hormigón, a buscar sus propiedades, a explorar cómo reaccionan, cuál es el papel de cada uno en el mundo. Tal como el vacío se convierte en espacio positivo, la materia -Chillida no habla nunca de materiales- se vuelve protagonista, elemento fundamental. La materia no le sirve como medio, no es un instrumento, sino parte central de su trabajo y de su obra, la naturaleza incorporada al arte.

 

Materia, forma y espacio: eso es la escultura de Chillida.

 

Por eso ha ido con los años explorando materias distintas, estudiándolas, viendo cómo reaccionan, cómo se adaptan a lo que necesita. Diversos materiales le han ido sirviendo en momentos distintos: primero el yeso, luego la piedra, el hierro -el hierro de los vascos (el de Chillida es un cosmos de hierro, dice Bachelard; la materia incandescente, el mundo de los dioses, el flujo original, el fuego, dice José Angel Valente)-, la madera, el alabastro, el papel. Hasta llegar al hormigón de la Sirena Varada y de Elogio del horizonte.

 

 

 

Todas las cosas se hacen importantes en los bordes, en los límites, fuera, cuando las cosas dejan de ser. En los fuertes y fronteras, que dice san Juan de la Cruz.

 

De la preocupación y la reflexión sobre el espacio fluye también el interés por los límites. A Chillida le interesan los límites de las cosas, ese terreno donde empiezan a ser y dejan de serlo, donde son y a la vez no son, donde lo que es termina y lo que no era comienza.

 

Límites de las cosas, de la realidad, de la materia. Límites de sus obras, los puntos donde se ensamblan, se funden, se imbrican, se acoplan, encajan las piezas que las componen; que las componían, más bien, antes de que dejaran de ser varias para ser una sola, sin bordes ya que separen lo que ahora es uno, una sola pieza hecha a la vez de materia y vacío.

 

Y, a la vez, pensamiento en los límites, más cercano a la periferia que a los centros, más dado a las intuiciones que a las certezas, a las opiniones que a las ideas. Chillida no busca lo estable, lo fijo, no quiere consolidar, sino seguir siempre en la búsqueda –Tengo las manos de hoy, me faltan las de mañana-, avanzar sin cese, tender más que llegar, aproximarse siempre: Hay más o menos inestabilidad; lo que no hay es estabilidad; ¿no será lo único estable la persistencia de la inestabilidad?

 

Ahí es donde está la sabiduría, en darse cuenta de que lo importante es el viaje más que el destino, la exploración que el resultado, la intuición que la certeza.

José Antonio de Ory es escritor, entre otros oficios que lo han llevado a vivir de un lado a otro del mundo: Colombia (en tres ocasiones), la India y Nueva York. Ahora en Madrid, continúa escribiendo cuando le da el tiempo sobre cultura y otras cosas de la vida en este blog, donde se permite contar, y opinar, cómo ve las cosas. Es autor de Ángeles Clandestinos. Una memoria oral del poeta Raúl Gómez Jattin (Ed. Norma, Bogotá, 2004).