
En las raíces polifónicas de su pueblo, Chogo Prudente encontró la fuerza necesaria para reivindicar la importancia cultural de la negritud. En una lucha contra la corriente, en la que la banalidad musical pareciera asfixiar los ritmos nativos, este trovador de la costa oaxaqueña canta para preservar y difundir el soplo marginal de los llanos.
Escuchar su música significa sumergirse en una acuarela de ricos matices en la que sus personajes incitan a danzar bajo el hechizo de acordes remotos. Pocos como él para estrujar el corazón del pasado y regresarle a la memoria el sentido humano del relato.
En el son de artesa y la chilena, dos ritmos contagiosos avecindados en la costa oaxaqueña, Chogo Prudente ha hallado las claves musicales para desanudar su propia identidad. En su caso, la renuncia a viejos prejuicios raciales ha sido posible gracias al ingenio de convertir su negritud en un universo de exquisitos gustos sonoros y en un amplio espacio de riqueza cultural.
En los primeros días de septiembre, el artista asistió a la celebración de cumpleaños de Esteban Martínez, un versátil músico costeño. En Agua Blanca, una paradisiaca playa, contigua a Puerto Escondido, Chogo Prudente tomó el micrófono y le cantó al anfitrión, como lo harían otros asistentes después.
El artista interpretó algunas chilenas y varios sones de artesa. Acompañado de Raí Jhalei, su hijo, Chogo parecía rastrear, profundo, la huella de su cepa africana. Me pareció que su tono evocaba dolorosas travesías y muertes crueles en el fondo de los mares. Sin embargo, en un momento, sus acordes subieron de tono y encendieron una fastuosa luz. Entonces comprendí que el canto de Chogo Prudente era una lucha por la perpetuidad de su estirpe.
Me encontré con el autor una mañana de agosto en su casa de Santiago Llano Grande La Banda, Oaxaca. Viajé de Puerto Escondido a su tierra natal después de descubrir su música en casa de doña Lala Escamilla, una inconfundible chileña, amante del fogón y de la buena cocina costeña.
La idea de entrevistarlo nació a raíz de que la música y letra de sus canciones contenían, a mi parecer, el sabor de una era sentimental que se resistía a desaparecer. Ante la presión de una aplastante maquinaria de consumo digital –que ha ensordecido ya a las grandes ciudades–, la música de Chogo Prudente, constituía una de las ramas básicas de la historia oral que los pueblos han usado tradicionalmente para conservar la memoria.
Después de escucharlo y percatarme del sentimiento desbordado con que interpretaba el son de artesa y la chilena, no me cupo la menor duda acerca de que la voz de Chogo Prudente era un disco duro que almacenaba las penas mas hondas, pero también las alegrías más sentidas que la humanidad experimenta.
Hablé con Chogo Prudente acerca del son de artesa y otros rituales africanos en su pueblo, una comarca afromexicana, en momentos en que el fantasma del supremacismo blanco recorre el mundo.
Santiago Llano Grande La Banda es una comunidad enclavada en la costa oaxaqueña, entre la llanura y la montaña. Para llegar a su corazón hay que trasladarse de Puerto Escondido a Pinotepa Nacional y de allí tomar una Pasajera, un singular transporte del siglo XIX, que recorre la zona, a través de una averiada carretera, que conecta al final los poblados de Tacubaya, el Maguey y San Juan Bautista lo de Soto.
De apenas tres mil 400 habitantes y con un reducido presupuesto anual para su mantenimiento –siete millones 500 mil pesos anuales–, según números de Xochil Cruz Arellanes, presidenta municipal, en el pueblo de Chogo Prudente no hay dinero para mejorar los servicios públicos menos para invertir en la cultura. A pesar del olvido oficial, la llanada palpita a escasos kilómetros de la linea limítrofe entre Oaxaca y Guerrero. No lejos del mar, sus habitantes se dedican al pequeño comercio, la agricultura y a la crianza de ganado.
Apenas en julio pasado, el huracán Erik azotó duramente la zona, arrancó y dobló arboles en el campo y dejó sin techumbre a buena parte de las casas en Santiago Llano Grande La Banda y otros pueblos circunvecinos. Sus efectos agudizaron las contradicciones económicas en la región y pusieron a prueba la eficacia del gobierno y a su nuevo sistema de apoyos al campo.
Dejados atrás los temores inmediatos por la hecatombe climática, el autor me recibió en la puerta de su casa. De entrada, me pareció que su sencillez no casaba con la idea que se tiene de los músicos exitosos. Pensé que su afabilidad tampoco correspondía al artista oaxaqueño que ha sido invitado al Festival Internacional Cervantino en cuatro ocasiones y al que algunos críticos consideran uno de los mas importantes músicos y compositores afroamericanos del momento.
Nada de eso. Con Chogo Prudente la naturalidad siempre por encima del ego. Sin mayores preámbulos, aceptó que habláramos sobre su vida, sus inicios como cantautor y acerca de las fuentes del son de artesa, un ritmo del que, sin duda El Bandeño, como le gusta que lo llamen en los escenarios, es uno sus mayores exponentes.
Sentados en la mesa de su casa, con cadencia, el autor golpea con ambas manos la madera de la mesa de la que hace brotar, como un mago, los tonos del son de artesa. Sus compases superan el ruido de la bocina que anuncia la venta de pescado en el centro del pueblo. Es el momento en que Antonia Norma, su esposa, sirve un suculento caldo de res al estilo de su tierra y una salsa de huevo aromatizada con epazote. Tomamos café hongo y ya llegará el chilate.
Chogo explica los orígenes del son de artesa. Dice que es un ritmo propio de la raza negra. “Es algo que nació con nosotros. Aunque no lo reconozcas de inmediato con el hecho de ser negro sabes que es tuyo, que te pertenece. Son acordes que nos vienen de muy lejos”, acota.
El son de artesa desembarcó en las costas de Guerrero y Oaxaca junto con los primeros esclavos africanos. Originaria de Sudán Occidental, Senegal y Nueva Guinea, la inmigración africana llegó a las costas de Veracruz, Guerrero y Oaxaca a finales del siglo XVI, trayendo consigo un copioso caudal de expresiones culturales reflejado en sus ritos, en su música y en sus danzas.
Sus acordes cruzaron fronteras y florecieron a lo largo del pacifico sur mexicano. En su caso, el son de artesa adoptó diversos matices de acuerdo a la atmósfera de los lugares donde era interpretado. En Cruz Grande y Tixtla, Guerrero, por ejemplo, sus compases son semejantes y distintos a los de la costa chica y a los de la costa oaxaqueña, aunque su estructura sigue siendo la misma.
Sergio Peñalosa observa que en Cruz Grande el son de artesa se toca con arpa, mientras que en comunidades como la del Ciruelo y San Nicolás el ritmo es interpretado con bases de violín y tambor. Estas variaciones son consecuencias del devenir de la música ancestral que ha ido evolucionado en los pueblos sin perder su raíz.
Para Chogo Prudente el son de artesa y el baile de los diablos son dos de las manifestaciones artísticas que más les acercan a su “africanidad”. María Elsa Velázquez, del Instituto Nacional de Antropología e Historia, anota que ambas tradiciones “se han vuelto ahora emblema identitario, aunque ya no estén tan cerca de los matices que le dieron vida”
En el tema de la dicotomía rítmica entre la chilena y el son de artesa, Chogo Prudente explica que la desemejanza entre ambas reside en que la primera “llegó estructurada de Chile y el segundo, es una música de ritmos vitales, exclusivos e inspirados entre el dolor y padecimiento de la raza negra”.
Después de extenuantes jornadas de trabajo los esclavos que habitaron a lo largo de las costas necesitaban sincerarse. Su medio era la música que recordaban de sus antecesores. Cuentan los antiguos, dice Chogo, que los habitantes de esos lugares volteaban la canoa al revés y la tocaban con sus manos callosas.
Con antelación y esmero, decoraban los extremos de sus barcazas con cabezas y colas de caballo y de algunos otros animales. De esa manera, emprendían un largo viaje de regreso. A través de ritos se reencontraban con su pasado.
Chogo Prudente dice que esa historia es la que lo apremia a perseverar y difundir la música ancestral de su pueblo. Tiene la certeza de que el son de artesa y la danza de los diablos son claves indispensables que explican la profundidad de una cultura, muchas veces incomoda, que durante siglos fue excluida de la agenda cultural mexicana.
La historia sigue en el fondo de su casa. Con las huellas aun frescas dejadas por el huracán, las paredes atestiguan la pasión con el que el artista cuenta y canta las soledades de su música y las causas que la inspiran.
En la intimidad de esos viejos muros, escucho el canto de Chogo Prudente y me trae a cuento a John Berger que decía que una canción, a diferencia de los cuerpos de los que se posesiona, no está fija en el tiempo y el espacio. “La canción –explicaba Berger– narra una experiencia pasada. Cuando se le canta, llena el presente”.
Buscando Iguana es quizá una de las composiciones más afectivas de Chogo. La pieza quiebra el corazón y lo transporta herido a un mundo rural de privaciones económicas del que él ha sido parte. El cáñamo de su voz aprieta la tristeza cuando menciona al “hermanito Emiliano cerca de la mogotera donde terminan los llanos”.
La canción es un homenaje a la nostalgia. Una geografía íntima devorada por el tiempo.
“Esa felicidad dónde está, ya no la veo.
hoy ya no esta mi mama, la mujer que tanto quiero.
Esa felicidad se está yendo como la tarde, Me hacen falta los consejos
los que me daba siempre mi padre.
La casita de jaulilla se esta quedando sin paderones,
los cuches y los vecinos ya se adueñaron de los horcones
Esa felicidad, dónde está, ya no la veo…”
Atrás del himno, crece el autor, el arqueólogo que excava hondo en el alma para que la humanidad no olvide su pasado.
En su devenir, el compositor pintará estrofas sencillas para abordar amores profundos. Se encontrará con el mediodía caluroso para describir la pasión que en secreto incendia a los llanos. Bajo techos de teja hilará versos sobre hembras tocadas por el deseo de amores vaqueros y escribirá acerca de bandeños abrazados al fantasma de mujeres prohibidas. Hablará de un tigre y de la valentía de un toro, se emocionará con el baile de la tía Joaquina. Chogo, el hombre, llora, se acordará con sublime ternura de la abuelita Yaya.
Cristina Pacheco confesó un día que le gustaba dormirse y despertarse con la música de Chogo Prudente. Para ella, una entrevistadora sensible, la música campesina del autor encerraba una gran erudición.
Sin que las letras lo expresen de manera literal, se intuye que la música sitúa al autor lejos del abuso y prepotencia de los de arriba. Su decisión de luchar por la reivindicación histórica de su pueblo, a través del arte, es prueba de su coherencia y honestidad intelectual.
Parte de su vasto repertorio, Pies Chirundos es una composición que pacta con los cánones del ingenio y el compromiso. Es una poderosa pieza que retrata a las musas rurales en medio de una realidad lacerante. Es un homenaje a las mujeres del campo, a las heroínas de los pies descalzos, a las peonas que cosechan el ajonjolí y doblaban las matas de maíz en las milpas del pasado
Es, también, un reproche contra la discriminación y un guiño a la esperanza.
Quisiera estar en tus pestañas
para que siempre me estés mirando
Negra color de tus ojos
Chirunda mía te estoy amando
Ya lo verás
ya lo verás
cuando la luna empiece a platicar
cuantas verdades se contarán
con tus pies chirundos que callados van…
Ya lo verás
ya lo verás
que ya no hay mucho por esperar
tus pies cansados caminarán
tus cansados hombros descansarán…
Así es Chogo Prudente, el compositor que escribió el corrido a Juan, el Chacalín, un loco iluminado y entrañable de su pueblo, un filosofo que rompió las cadenas opresivas de la cordura para denunciar el martirio de la racionalidad.
Como poeta consciente de su entorno, Chogo Prudente nunca ha quedado al margen de la ética política de su país. En su música se encontrará el celaje de la nueva trova latinoamericana. Emergerá el eco de Atahualpa Yupanqui, Mercedes Sosa, Facundo Cabral y José de Molina. Es la memoria de la utopía, la venganza de los sueños, la ironía punzante que esgrime el autor para no abandonar el viejo anhelo de una patria liberada.
Chogo ha subido a escenarios prestigiados del país a la arcuza y la charrasca, dos instrumentos musicales de origen ancestral. Adonde va lleva consigo no solo la chilena y el son de artesa, sino, además, la danza de los diablos, una escenografía sardónica con la que los esclavos negros se mofaban de la clase virreinal que los explotaba.
En Santiago Llano Grande La Banda y en pleno siglo XXI uno se pregunta si los pasos de los diablos no desasosiegan la tranquilidad palaciega e inquietan la buena conciencia de los modernos señores feudales.
Para Chogo, la defensa y difusión del son de artesa y la danza de los diablos constituye una necesidad inaplazable, sobre todo, cuando la modernidad desvalora las expresiones culturales auténticas y el racismo regresa por sus fueros, escondido, tras las mil mascaras de la ultraderecha.
“No es fácil reconocerte, valorarte, cuando provienes de una sociedad clasista que te desprecia por el color de la piel. Durante mucho tiempo los negros fuimos muy golpeados. Los citadinos se burlaban de nosotros por la forma en que hablábamos. Y nosotros, pues éramos muy acomplejados”, dice el intérprete al referirse al sufrimiento por el que ha atravesado la comunidad afrodescendiente mexicana frente a las lacras de la marginación.
En casa de Chogo Prudente es imposible olvidar Los hijos de los días, de Eduardo Galeano, que en uno de sus párrafos cita a la primera constitución de Estados Unidos que establecía que “un negro equivalía a las 3/5 partes de una persona”. Irónico, Galeano elogia la derogación de esa ley porque con ella “Obama no hubiera logrado llegar a ser presidente”.
Mientras tomamos chilate frío, una bebida criolla preparada a base de chocolate y arroz, Chogo recuerda sus primeras apariciones en público, pero hace hincapié en una en particular. Fue en tiempos en que temía a equivocarse al hablar en el escenario. Pensaba que no contaba con las palabras adecuadas para referirse ante un auditorio del que podrían provenir burlas e insultos, pero una voz surgida entre la oscuridad del auditorio le hizo “reaccionar”: “Me empujó a hablar como hablamos nosotros”.
“¿Bueno y ese de dónde es?”, se preguntó esa voz intrigante que subió como fuego desde los graderíos e iluminó el escenario. A Chogo le cayó el veinte. Entendió que la trascendencia y fuerza de su canto, surgido de las entrañas de su pueblo, impactaba en otras latitudes precisamente por ser distinto.
Ahora el artista esta convencido de que la riqueza y diversidad del ser negro es un principio que debe seguir reflexionándose a la luz de los nuevos tiempos. En los talleres que imparte entre los jóvenes de su comunidad habla sobre la importancia que tiene “reconocerse a uno mismo y revalorar lo que se produce en casa”. A sus alumnos les dice: “aprendan lo de ustedes, lo nacido en Santiago Llano Grande la Banda”. Les insiste: “el son de artesa y la chilena es lo suyo. Practíquenlo, ejecútenlo bien. Eso les da identidad. Y después lo demás”.
Con cierto abatimiento reconoce que hasta su pueblo ha llegado la alienación de la música foránea y grupera, cuyos contenidos arrasan entre los más jóvenes tan rápido como fuego en el pasto. “No está mal escuchar esa música, porque finalmente es otra forma de expresión, dice, pero sin que olvidemos lo que verdaderamente es nuestro”, advierte.
* * *
La militancia en el campo de la música tradicional le viene de lejos a Chogo Prudente. Su pensamiento es producto de la ponderación de revueltas pasadas y, en particular, de la marca imborrable que dejó en él y su región la denominada Revolución Negra, un movimiento social que se gestó en la última década del siglo XX, y que peleó por la reivindicación de los derechos y el reconocimiento constitucional de los pueblos afrodescendientes de la zona.
En 1996, Glin Yemot Nelson, un sacerdote mulato de Trinidad y Tobago, llegó como párroco a la comunidad del Ciruelo, Oaxaca, e impulsó, junto a varios activistas provenientes de otras localidades, la realización del Primer encuentro de los Pueblos Negros. Con la confluencia, pobladores y activistas buscaban visibilizar la problemática de los pueblos afromexicanos, cuya cultura corría en los márgenes constitucionales del país.
Israel Reyes Larrea cuenta que la denominada revolución negra fue inspirada por el movimiento zapatista que dos años antes se había levantado en armas en el sureste mexicano. Reyes Larrea, director de Á frica A.C., recuerda desde la ciudad de Oaxaca la efervescencia política que despertó la revuelta del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), sobre todo en las comunidades marginadas de México y el mundo.
Entrevistado, vía telefónica, desde la casa del compositor, el activista relata que fue en 1996, en el Curato de Pinotepa Nacional donde se reunieron Glin Yemot Nelson, Elena Cruz, Juan Serrano, Angustia Gómez, dos antropólogos más y él para redactar el documento que dio pie al Primer encuentro de los Pueblos Negros de la costa Chica y la costa oaxaqueña.
Veintinueve años después, Chogo Prudente dice que al padre Glin Yemot y a esa movilización se les debe en gran medida el despertar de los afromexicanos de la Costa Chica de Guerrero y Oaxaca. “Ahora sabemos que si el blanco vale por blanco nosotros valemos por negros. Ellos tienen su mundo, pero nosotros tenemos el nuestro”.
En ese contexto, el artista reconoce el esfuerzo de otras épocas y otros personajes en la lucha por la liberación de los pueblos afros de la costa de Oaxaca y Guerrero. Recuerda a Francisco Melo Torres, un político que se opuso a la discriminación y a los malos tratos en contra de los pueblos afrodescendientes. Melo Torres, a decir de Chogo Prudente, fue un maestro que impulsó la educación en Santiago Llano Grande la Banda. Como director de la Normal de Cacahuatepec abrió sus puertas para que los hijos de los campesinos pobres tuvieran acceso a la educación superior.
Susana Harp Iturribarría es otra oaxaqueña que tuvo un papel destacado en la batahola por el reconocimiento de los derechos de los pueblos afrodescendientes, dice el artista. La intérprete, en calidad de senadora de la República, propuso el 18 de octubre de 2018 una iniciativa de ley que elevaba a nivel constitucional esos derechos. El 9 de agosto de 2019, más de 200 años después de fundada la República, el Congreso de la Unión aprobó dicha la enmienda.
La reforma reconoció “a los pueblos y comunidades afromexicanas, cualquiera que sea su autodeterminación, como parte de la composición pluricultural de la Nación”. Garantizó, además, “la libre determinación, la autonomía, desarrollo e inclusión social” de esas entidades.
Aunque no lo admita ni presuma, Chogo Prudente, no ha dejado de ser un activista en defensa de esos derechos, dice Evangelina García Hernández, una antigua colega suya y directora de la Escuela secundaria general Ricardo Flores Magón de San Juan Bautista lo de Soto.
En 2016, Lucy Durán, una reconocida etnomusicóloga y productora discográfica, coordinó, a instancias del intérprete, algunos cursos musicales de origen africano en Santiago Llano Grande La Banda. La investigadora aprovechó su estancia en el pueblo para hacer con el autor una amplia entrevista para la BBC de Londres.
Enfundado en antiguos reclamos, Chogo no dejó pasar la oportunidad y denunció ante ese medio el trato humillante y los abusos de poder que padecen los afrodescendientes en manos de las policías mexicanas, sobre todo cuando salen de sus lugares de origen.
Chogo contó a Lucy Durán lo que alguna vez sufrió en carne propia
Recordó cuando él y un paisano suyo fueron detenidos por policías federales en un viaje a la ciudad de México. De manera prepotente, los uniformados exigieron a ambos se identificaran. Chogo y su acompañante mostraron sus credenciales de elector que avalaban su nacionalidad mexicana. Sin embargo, para los oficiales no fue suficiente.
El artista dijo a la radiodifusora que en México se ha normalizado ese tipo de revisiones ilegales dirigidas en contra de las personas de piel oscura. En la mayor parte de los casos, denunció, que la policía obliga a los detenidos a cantar el himno nacional para comprobar su identidad, so pena de ser deportados a algún país centroamericano.
Ahora Chogo recuerda con cierto humor el suceso con los policías. Contó la manera en que les cambió las reglas del juego. Sin inmutarse, les preguntó cuál himno querían que les cantara. ¿El himno corto que se canta en las escuelas o el que comprende todas las estrofas? Irritados, los uniformados no supieron qué responder y los dejaron ir.
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En su día a día, Chogo le dedica tiempo al campo y a la cría de ganado en una parcela ejidal. Ofrece conciertos y viaja por su estado y otros lugares del país donde su arte es requerido. Durante más de veinticinco años enseñó en la Escuela secundaria general Ricardo Flores Magón, una comunidad vecina a la suya. En ese centro de estudios el artista dejó un gran legado didáctico y musical, a decir de dos colegas suyos entrevistados para este reportaje.
En su calidad de mentor, existe un video que lo retrata de cuerpo entero. En una modesta instalación de su localidad aparece rodeado de niños y niñas. Él toca y canta un son de artesa, mientras sus pupilos bailan al compás de su voz y guitarra. Llama la atención Mali, su nieta, que toca el cajón con aires de una profesional consumada.
En mi segunda visita a su pueblo, acompañé a Chogo a la escuela secundaria de la que se jubiló en febrero pasado. Confirmé lo del legado al que se habían referido sus colegas unos días atrás. A su paso, un grupo de estudiantes se arremolinaron a su alrededor y se le colgaron al cuello, felices por verlo recorrer de nuevo los pasillos de la escuela.
“¡Profe Chogo! ¡Profe Chogo!”, era el grito. “¡Que gusto, verlo!”. Era la forma en que sus ex alumnos le profesaban su cariño y agradecimiento. Lo vi de reojo. Él, con el corazón lleno de gratitud por la vida.
De regreso a su casa Chogo maneja su auto por una estrecha carretera despedazada por las últimas lluvias y los años de abandono. Las costras en el pavimento constituyen la marca de un sistema de injusticias y corrupción que, al parecer, se niega a morir allende de estas tupidas arboledas.
En estos caminos que parecieran conducir al destierro, con Chogo Prudente hablamos de metáforas. El músico cita a Kafka para responder qué es la poesía. La poesía eres tú, dijo alguna vez el autor checoslovaco que moriría sin probar la exquisitez de un mole de armadillo en Santiago Llano Grande la Banda, ubicado a 10.276,7 kilómetros del lugar donde nació el autor de La metamorfosis.
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Chogo Prudente no es un músico de conservatorio. “Soy un músico hecho en la vida”, dice cuando se refiere a su formación. Huérfano de padre y madre, descubrió su oficio en las calles, en las plazas, en las serenatas y cantinas de su pueblo.
Desde niño se interesó en cantar y aprender a tocar un instrumento musical con la asistencia sólo de Eustolio Torres, su padre adoptivo, quien le enseñó las primeras notas musicales. Torres fue un valiente habitante de Santiago Llano Grande la Banda. Dedicado a la agricultura, fundó y lideró a los Kullapis, el primer grupo musical con aparatos eléctricos de su pueblo. Pero Chogo era semilla de un árbol musical de altas ramas. Traía la huella poética en la sabia brotada de la tierra. Urpicio Prudente Montes, su padre biológico, fue un trompetista connotado que integró y encabezó Cuatro Milpas, una de las bandas celebre de la región.
De acuerdo a Pablo Calleja, el último integrante de la banda que queda con vida, Picho Prudente, como se le conocía, se caracterizó no sólo por ser un músico preparado –entonces capaz de leer partituras en un pueblo lejano–, sino por ser un hombre cabal.
Entrevistado en su casa, Calleja, de 87 años, cuenta que al término de las presentaciones, que podían llevarse acabo en lugares remotos y durar hasta tres días sin que los músicos pararan de tocar, Prudente Montes premiaba a sus músicos.
Después de repartir la paga de forma ecuánime, el sobrante lo repartía entre los integrantes en partes iguales. Urpicio Prudente, por lo regular, recompensaba con un poco más de dinero al baterista, ya que, a su juicio, era el único músico que no dejaba de tocar durante todo el convite.
El padre de Chogo falleció después de que enfermara de los pulmones posiblemente por el efecto químico del latón de la trompeta. En el pueblo, algunos lo recuerdan por haberse dedicado a impartir talleres de música entre a niños y jóvenes sin cobrar un peso, como ahora lo hace su hijo.
Con el recuerdo de un padre que no conoció, pero que le renace en el corazón con historias como la que cuenta Pablo Calleja, ahora Chogo Prudente me cuenta pasajes de su vida.
Aunque sus primeras composiciones datan de cuando tenía apenas 15 años, sus inicios en la música formal se concretaron después de que llevó los primeros dos picheles de leche a su casa. Para entonces había comprado sus primeras dos vacas y contaba ya con los medios económicos, aunque no del todo suficientes, para solventar los gastos familiares. Tenía 26 años, una mujer y un hijo que mantener.
“Le dije a mi mujer que ahora me tocaba a mí. Ella comprendió. Me escuchaba cantar y me veía componer. Sabía que traía eso de la música muy adentro”, dice.
Fueron tiempos en que el artista se esparció. Se entregó en cuerpo y alma. No salía de su refugio, sino fuera para comer, ir a dar clases y jugar al fútbol, otra de sus grandes pasiones. Entonces, alcanzaba componer hasta tres canciones al día. La producción se fue acumulando en apretados casetes. Ahora había que buscarle salida.
Recuerda que por su casa pasaban músicos de su pueblo y de otras localidades cercanas a la suya. Le pedían canciones y él se las daba. Quería que su música fuera cantada, que caminara y se escuchara lejos. Tenía fe en Dios y creía mucho en lo que hacía.
Pero todo hubiera seguido igual sino hubiera sido por una epifanía que un domingo le tocó el orgullo. En lo que sería su último partido de fútbol, jugado en la liga de su pueblo, uno de sus contrarios, mucho más joven que él, le rebasó tres veces seguidas por la banda izquierda. Chogo no alcanzaba el aire y menos al muchachito del dribling endiablado.
Desde las tribunas alguien gritó: “saquen a Chogo que ya está viejo”. Entonces tenía 45 años. “Y, sí, en ese momento comprendí que era hora de retirarme”, dice riendo en la amplia techumbre de teja bajo la que hablamos.
¿Tocaba probar suerte en otra parte? No. Chogo Prudente traía ya un camino trazado. Era dueño de una voz poderosa y de la conciencia de pertenecer a los restos de una cultura milenaria que aún sobrevivía en su pueblo. Con ese capital en los bolsillos ahora sólo se trataba de echarse a andar. Y lo hizo.
Israel Reyes Larrea, el activista que ha sido parte de la movilización de los pueblos negros de la costa oaxaqueña, en una ocasión pasó por la casa del artista para invitarlo:
—¡Chogo, vamos a Oaxaca!
—¡Si, vamos…! –respondió el artista.
Era un día de mayo de 2012. Chogo no sabía que esa respuesta daría un vuelco a su vida.
Por esas fechas se celebraba el Día internacional de la Negritud en la capital oaxaqueña y para la efemérides se había organizado un festival artístico en la que participarían artistas afrodescendientes. Los convocados eran, por supuesto, la danza de los diablos, un músico y un poeta. Para la danza de los diablos, a decir de los organizadores, se había preparado una escenografía especial y costosa.
La gente fue llenando la Plaza de la Danza, pero para Chogo Prudente todo pintaba mal. El sonido era deficiente y la acústica del lugar no ayudaba para que su voz y guitarra lucieran como él esperaba.
Concluyó su presentación con un mal sabor de boca. Temía lo peor. Y lo más canijo era tener que reembolsar el dinero que se le había pagado por adelantado. Llegó el momento de la verdad, pensó, cuando hasta él se aproximó uno de los asistentes del secretario de Artes y Cultura de Oaxaca, quien llevaría al artista un mensaje: “el jefe te espera en las gradas”, le dijo.
Pero lo que ocurrió fue algo inesperado. El titular de la secretaría de Artes y Cultura se veía emocionado. De entrada, le explicó que toda la logística del evento estaba prevista para que destacara la danza de los diablos. Le comentó que con ese propósito la dependencia, inclusive, había contratado los servicios de un coreógrafo profesional, sin embargo: “Chogo –exclamó el funcionario, levantando la voz–, tú te llevaste la noche”.
Inabarcable, el artista no creía lo que escuchaba. Esa noche no sólo cosechó el aplauso y reconocimiento del público, sino quedaría invitado formalmente para participar, dos meses después, en la Guelaguetza, el festival considerado como una de las tribunas relevantes del arte indígena en el país.
De allí en adelante Chogo Prudente no ha parado.
Contra los peores augurios de sus propios coterráneos, su voz sigue cautivando y lo ha llevado a pisar escenarios insospechados. De la mano de Mary Farguharson –a quien el artista le llenó el oído–, en 2016 pisó por primera vez el tablado del Festival Internacional Cervantino, cuyos directivos habían quedado ya prendados de su música, incluso, antes de conocerlo y escucharlo en persona. A ese festival llevó consigo son de artesa, chilenas y otras danzas propias de la región afro de la costa oaxaqueña.
Por su manera peculiar de abordar la atmósfera sentimental de la llanada, en 2017 su voz alcanzó el Zócalo de la Ciudad de México y sigue siendo un invitado especial y permanente a la Guelaguetza oaxaqueña cada año.
En 2018 produjo el programa musical Soy Bandeño, una exposición polifónica que aborda las costumbres de Llano Grande la Banda. El formato se presentó ese año en el Festival Internacional Cervantino. Con ayuda de Discos Corason, el sketch incluyó la participación de cinco músicos y dos bailarines. La exposición se mostró con gran éxito en la Universidad de Chapingo, la Universidad Autónoma de México y en el emblemático teatro Macedonio Alcalá, en la capital oaxaqueña. Eufórico, el público abarrotó los espacios y se volcó de lleno en reconocimiento a su talento creador.
En el tema de la discografía, Chogo Prudente ha grabado tres discos propios y con Corason, un sello de música de culto, grabó Luz de Luna y Por cobardía, inspiraciones de Álvaro Carrillo y Francisco Melo Torres, respectivamente.
En 2025, Lila Downs grabó La tía Joaquina, una canción de Chogo que inyecta euforia y da luz a la chilena y al zapateado. En una reciente visita a Puerto Escondido, Natalia Lafoucade aparece siguiendo la letra de Te cruzaste en mi camino, otra de las composiciones de Chogo. En el video se ve al bandeño que canta y toca la guitarra y a la intérprete que lo sigue con su tono dulce y relajado.
Apenas, el 25 de septiembre pasado, se presentó en el Cuarto Festival de los pueblos Afromexicanos, en Marquelia, Guerrero. Acudió a él como uno de sus invitados especiales. Lo acompañaron cuatro excelentes músicos, Raí Jhalei, su hijo, y algunas parejas de bailarines de Marquelia y de Acapulco. Al término de su presentación sus canciones fueron ovacionadas por un público que pedía más a gritos. Era tanta la euforia abajo y arriba del estrado que el artista echó mano de José Alfredo Jiménez para el cierre del concierto. Esa noche Chogo reveló su maestría para manejar el timing en el escenario.
Semanas antes le había preguntado a Chogo en su pueblo por las cualidades que un músico debe reunir para llegar a ser bueno en su oficio. En Marquelia el autor descodificó una de las variables de la fórmula: entrega. Entre las emociones que despertaban sus canciones, recordé su ideario construido a lo largo de los años en el proscenio.
“Para llegar a ser un buen músico –me dijo– no sólo se necesita cantar bien, componer bien, ejecutar bien la guitarra. Se requiere de algo más. Es necesaria la humildad, la constancia, la responsabilidad, pero, sobre todo, se requiere honestidad”.
* * *
Chogo viaja en el asiento trasero del auto de Marquelia a Cuajinicuilapa. Explica a Ernesto, el saxofonista del grupo, algunos compases del son de artesa y de la chilena. Por momentos, ambos escudriñan la lontananza. Destaca un lago manso que ha aumentado su nivel con las últimas lluvias en medio de la llanura. Hay cabezas de ganado pastando bajo el brillo del sol que enciende el verdor azul y lejano de las montañas.
A instancias de Chogo, hacemos una parada en Huehuetán, una comunidad de hombres bragados que Álvaro Carrillo cita en su canción Alingo lingo. De Huehuetán se dice que su panteón es más grande que el pueblo. Por cuestiones de seguridad, pedimos al saxofonista quitarse los lentes oscuros que trae puestos al estilo de Aaron Paul, de Breaking Bad. Entramos al pueblo puros batos en dos carros desconocidos y se trata de pasar inadvertidos.
Son las 12:45 y Huehuetán parece dormir la modorra del medio día. Es un pueblo pequeño y de calles estrechas. Muchas casas son de material y techos de teja. De una fotografía se desprende la típica imagen de los pueblos pobres del sureste mexicano. Nada se parece al mítico viejo oeste californiano. Quizá ambas regiones, tan distantes la una de la otra, sólo compartan la vieja narrativa de caballos, muerte y pistolas.
Visitamos el museo del pueblo con la idea de seguirle rascando a la historia de la negritud.
El recinto museográfico sorprende por su orden y limpieza. Son cuatro salitas que contienen la información necesaria sobre el pasado de la región. La chica que lo atiende explica con claridad cada una de las estaciones.
Al final del recorrido, Chogo Prudente ofrece a la joven, una aspirante a poetisa, algunas claves del verso. El artista explica que el uso de la metáfora es un buen recurso para escribir y darle salida a la inspiración. Pero, sobre todo, en este terreno, hay que ser constantes y no cejar, aconseja el autor.
Adentro y fuera del museo, Chogo siegue siendo un Quijote.
Recuerdo la noche lluviosa en su pueblo en que me reveló uno de sus viejos sueños: Que Santiago Llano Grande La Banda se convierta en un referente de la cultura afro en el país. Su anhelo tiene sustento. Confía en el talento artístico de cantantes y danzantes de su comunidad que, hasta ahora, dice, han permanecido en la sombra.
Pero para eso, no hay que cejar.





