Cholo Armada

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Nunca supe muy bien quién era. Es verdad que íbamos a abrir el portal de dos hojas de madera pintada de rojo cuando tocaba el claxon, que nos hacía darle la mano y apretarla como si fuéramos hombres cuando todavía éramos niños, que quiso que compartiéramos –en mi caso de manera infructuosa- su pasión por la vela, que los sábados echaba la siesta y nos permitía sentarnos a su lado para escuchar los mejores cuentos que me contaron en toda mi vida, que a bordo del Citroën Tiburón íbamos como en un crucero y viajamos de noche a Lisboa en mi primera impresión imborrable de lo que significaba el extranjero, que le temíamos cuando se sentaba a la mesa y el silencio entre él y nuestra madre era de hielo sucio, que jamás me puso la mano encima, que cuando quise preguntarle por el verdadero sentido de su vida era demasiado tarde porque había perdido la cabeza, que nunca quise seguir sus pasos porque temía convertirme en una versión imperfecta de él, que muchas veces deseé su muerte, que me acogió con los brazos abiertos la primera vez que me escapé de casa y que no me cerró la puerta en las narices la segunda vez que volví a casa después de haberme escapado por segunda vez, que siempre se empeñó en que estudiáramos, que no seguí el consejo que le dio Álvaro Cunqueiro de estudiar una carrera que no fuera periodismo, que me hubiera gustado cogerle de la mano cuando cumplí la edad que él tenía cuando yo me convertí en su hijo primogénito (después de haber perdido a dos en el camino) de la misma forma en que él me la cogía cuando yo tenía siete años, que tardé demasiado tiempo en aprender a ponerme en su lugar, que ahora que ya no está en este mundo hay preguntas que jamás podré formularle y que jamás tendrán respuesta, que es de noche y la muerte nos acecha a todos de la misma forma brutal, irreparable, sorda. Que veo a ese hombre en plena forma que era mi padre en el muelle del club náutico de Palma de Mallorca cuando yo tenía tal vez aquellos siete años, que se llamaba Cholo Armada (el segundo por la izquierda, un campeón de Snipe con voluntad de hierro), y me pregunto de qué forma los padres nos esculpen, nos insuflan el aliento, nos marcan, nos envenenan, nos salvan, nos sueltan a la vida sin que sepamos muy bien cómo abrazarles, cómo comprender que también ellos tuvieron sueños, biografía íntima, deseos, frustraciones, quisieron ser a pesar de sus propios padres y al final hicieron lo que yo nunca ni siquiera me atreví a probar.

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