¿”Chongqing es el Manhattan de China”?

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Nos habíamos citado en el Instituto Cervantes de Beijing para conversar, pero finalmente terminamos sentados en la cafetería del cercano Centro Cultural Francés. Eran las 2 de la tarde y, aunque mi estómago ya se había acostumbrado a la comida de las 11 y la cena de las 5, no podía renunciar al capricho del café con leche. Ella pidió un té verde, él varió con un té negro y se hizo cargo de la cuenta, como suelen hacer habitualmente los chicos chinos. Me sentí un poco avergonzara con mi copa de cafe latte, un verdadero artículo de lujo aquí, pero al pensar que durante la próxima hora íbamos a tener una conversación anodina en español para que ellos pudiesen practicar el idioma con una persona nativa lo asumí como una compensación por mi tiempo.

No les pregunté su edad ni si eran pareja. Deduje que no porque mencionaron orígenes diferentes. Trabajaban para la misma petrolera china, ella en la provincia de Hunan y él en la provincia de Shandong. Su misión en Beijing era estudiar español en el centro de formación que tenía su empresa en la capital para luego hacerse cargo de proyectos en América Latina. Me explicaron a grandes rasgos cuáles eran sus tareas en la petrolera y parecían relevantes. El español de la chica era mucho mejor, pero insuficiente para hablar de geopolítica, por ejemplo; así que la conversación derivó hacia temas más profanos, como el significado actual de la Navidad o mis experiencias en su país.

¿Qué ciudades has visitado? Esa pregunta me invitó a contarles el viaje que había hecho el año pasado por el país: Xi’an, Chengdu, Chongqing, Wuhan,… Cuando llegamos a su tierra natal se le iluminaron los ojos. ¿Conoces las Tres Gargantas? Cuando trabajo en Wuhan siempre llevo a los socios que nos visitan al Yangtsé. Cuando llegan a China ven las Tres Gargantas y cuando se van, la Gran Muralla desde el avión. No me preguntó nada acerca de mi experiencia a bordo de aquel barco que se presentaba como crucero turístico, pero durante los segundos de complicidad recordé aquellos dos días y dos noches sobre las aguas del Yangtsé, rumbo a Yichang para ser testigo de la ingeniería megalómana del siglo XXI.

Viajaba en segunda clase pero no tenía derecho a contemplar el paisaje desde cubierta. Con cuatro estrechas literas, estanterías de madera improvisadas y un baño minúsculo en el que el inodoro tenía funciones de plato de ducha, aquellos camarotes no eran en absoluto acogedores. En principio no se podía fumar, pero todos lo hacían. Bastaron unos minutos para que se formase una nube tóxica en el camarote que me habían asignado. Fui la primera en llegar y, desde una de las literas superiores pude ir oteando los movimientos del pasillo. La segunda persona en llegar al camarote fue un joven apocado que viajaba solo. Dejó sus cosas en una esquina y encendió un cigarrillo. Poco después entraron dos mujeronas con sus respectivos y esparcieron su excesivo equipaje, decorando el camarote con sus enseres como si fuese su propia casa. Se las veía entusiasmadas. Fue verme y empezar a chismorrear, en tan viva voz que pude escuchar laowai varias veces. También fumaban, y tabaco negro, así que comencé a sentirme realmente mareada en aquella atmósfera, cuando ni tan siquiera habíamos zarpado del puerto de Chongqing. Era de noche. aproximadamente las 7 de la tarde, y desde el barco se podían apreciar los contornos iluminados de los rascacielos y otras sombras de la gigantesca ciudad del interior de China, en aquel momento incluso monstruosa.

También me impresionó su inglés. Finalmente, cuando abandonamos las butacas del Centro Cultural Francés y emprendimos camino hacia la estación de metro de Chaoyangmen, intercambiamos comentarios. I don’t like Beijing, me confesó. Why?, le pregunté desconcertada. Siempre me habían encumbrado la capital china respecto a ciudades a priori más cosmopolitas como Shanghai, y ella venía de Wuhan, una ciudad capitalina absolutamente provinciana. Do you know Manhattan? No entendí bien a qué se refería en ese contexto, pero asentí. Chongqing is the Manhattan of China. Esa afirmación me dejó aun más perpleja.

Chongqing es la mayor de las tres municipalidades administradas directamente por el gobierno central de China. Mayor en cuanto a territorio (82.000 km²), población (más de 30 millones de habitantes) y densidad (casi 400 hab/km²), pero también en lo que respecta a la cantidad de vehículos a motor, vertidos y contaminación ambiental, entre otros aspectos negativos obvios. Se desgajó de la provincia de Sichuan en 1997 y desde entonces ha crecido desmesuradamente en todas las dimensiones, convirtiéndose en el principal enclave industrial de la mitad occidental del país, en la auténtica “capital del Yangtsé”.

Aun así, no podía salir de mi asombro ante tal comparación. Yo nunca había estado en Manhattan y confieso que lo idealicé al imaginarme alguna película de Woody Allen. Pero ella tampoco. Entonces, ¿por qué esa estridente comparación? Quizás la habría escuchado en la televisión local, tan dada al nacionalismo o incluso al provincialismo cuando se trata de elogiar las características propias. No se lo pregunté. Pronto avistamos la estación de metro y nos despedimos.

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Vigo, 1983. Licenciada en Periodismo y Especialista en Información Internacional y Países del Sur por la Universidad Complutense de Madrid. Tras experiencias académicas y profesionales en Madrid, Freiburg, Utrecht, Berlín y Londres, en 2008 llegó la ansiada oportunidad de ampliar horizontes en Asia. Cuatro meses antes de los Juegos Olímpicos me trasladé a Beijing con un visado de trabajo pero sin propósitos definidos, abierta al descubrimiento de un nuevo mundo, y aquí sigo, observando los cambios de una sociedad en constante transición que desafía mis neuronas constantemente.