Chorradas teatrales XVIII – Cuento de teatro IV

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(Esta historia comenzó aquí y continuó aquí y aquí.)

Pues bien, la historia sigue. Y si la última parte era un musical, ahora llegamos a un gótico cuento de terror.

Habíamos dejado a Roberto pisoteando todas las cosas de su habitación, mientras daban las tres en el reloj de la torre. De repente se empezaron a escuchar ruidos extraños, de mucho miedo. Búhos ululando, grillos nocturnos, gritos desesperados, una abuela llamando a su nieto… Todo de mucho miedo. “Ya está, ya sé qué va a pasar ahora, ¡ahora vendrá el espíritu del teatro del futuro! ¡Pues me cago en el futuro!”

Un niño le estaba mirando desde un rincón de su habitación. Un niño terrorífico, con una mirada penetrante, vestido de negro, con un chaleco de teatro público, de esos que se ponen los técnicos de los teatros públicos, y se sientan con ellos en el patio de butacas a verlas venir. De esos chalecos que tienen muchos bolsillos para guardar herramientas. El niño tenía un destornillador ensangrentado en la mano. La verdad es que este niño no había matado a nadie con el destornillador, pero aparecerse con un destornillador ensangrentado daba mucho más miedo. El niño se acercó silenciosamente a Roberto, pero este no le veía. Cuando estuvo justo a su lado, le tocó con la punta del destornillador. Roberto dio un grito de mucho horror.

ROBERTO.- ¡Ahhhhhhh!

Se giró y vio al niño. Se quedó mudo por momentos. Estaba aterrorizado, pero trataba de que el niño no se lo notase. Al fin, habló.

ROBERTO.- ¿Así que tú eres el espíritu del teatro del futuro?

El niño asintió.

ROBERTO.- ¿Un niñato como tú es el que representa al teatro del futuro?

El niñato asintió. Perdón, el niño asintió, quería decir.

ROBERTO.- ¿Y ese destornillador es… para matarme?

El niño negó con la cabeza y se guardó en destornillador en un bolsillo del chaleco. Roberto se quedó pensativo, sin saber qué hacer ni decir. El niño señaló hacia adelante con una mano, pero al final de lo que indicaba su dedo índice, extendido, solo estaba la pared.

ROBERTO.- ¿La pared?

El niño asintió otra vez.

ROBERTO.- ¿Has venido para enseñarme las cosas que aún no han sucedido pero sucederán?

El niño asintió señalando la pared.

ROBERTO.- ¿En la pared? ¿Las voy a ver en la pared?

Aunque a estas alturas ya estaba acostumbrado a la compañía de los espíritus, se sentía algo inquieto, pues tras Concha Velasco y Eurípides, que no habían parado de hablar en toda su visita, este espíritu silencioso le hacía sentir muy incómodo, y ya hasta le temblaban las piernas.

ROBERTO.- Espíritu del futuro, te tengo más miedo a ti que a todos los demás espíritus. ¡Acabemos esto cuanto antes! ¡Si he de morir, que sea ya mismo! ¡Háblame, niño!

Mientras Roberto se ponía melodramático de más, el niño siguió señalando la pared, y como Roberto no sabía qué hacer, miraba alternativamente a la pared, y luego al niño.

ROBERTO.- Si tu intención es convertirme en una persona mejor de la que soy, ¡te tengo que decir que eso es imposible! ¿No vas a hablar?

Nada. Sin respuesta. Su pequeña mano seguía señalando hacia adelante, hacia la pared.

ROBERTO.- Ah, ya entiendo, eres el espíritu de un director famoso que triunfará en el futuro, del director más moderno del futuro… Es decir, cuando crezcas serás como un Rodrigo García, pero hace 20 años, como era Rodrigo García hace 20 años, porque ahora ya no está de moda… Es eso, ¿no?

El niño no respondía.

ROBERTO.- Me he explicado fatal, pero es justo lo que te he dicho, ¿verdad? Tú serás un director famoso. ¿Me puedes decir cómo será el teatro del futuro?

Roberto seguía mirando al niño, y este seguía sin hablar. Finalmente, el niño bajó el brazo, se le acercó y le empujó contra la pared, mientras Roberto refunfuñaba.

ROBERTO.- ¿Qué haces, imbécil? ¡Que me chocoooo!

Roberto salió disparado contra la pared, pero no se chocó. Atravesó la pared limpiamente (no lo intentéis en casa, por si acaso), y de repente se vio en la calle, en la puerta de un teatro. No sabía distinguir de qué teatro se trataba, pero… Unas personas estaban hablando en la puerta del teatro, con las entradas en la mano, justo hacían lo que Roberto había visto hacer a la gente a menudo en las puertas de los teatros… No entendía muy bien lo que decían, pero en ese momento el niño le dio la mano y les oyó claramente.

ESPECTADORA.- ¿Cuándo la ha ‘palmao’?

OTRA ESPECTADORA.- ¡Ya era hora, menudo gruñón!

ESPECTADOR.- Esta mañana, creo.

OTRA ESPECTADORA.- Pues no lo han puesto aún en redes. Voy a ponerlo, ¡esto hay que celebrarlo! (Saca el móvil.)

ESPECTADOR.- ¿Pero pon muchos dibujitos de alegría, que nos hemos librado de un tipo bastante inmundo!

ESPECTADORA.- ¡Era tan gruñón!

OTRA ESPECTADORA.- ¿De qué ha muerto?

ESPECTADOR.- Ni idea. Lo único que sé es que ya no va a venir más a gruñir a los teatros y luego a sacar sus mierdas por escrito en su crítica del día siguiente…

OTRA ESPECTADORA.- ¡Pensé que no se iba a morir nunca!

ESPECTADORA.- ¿Y qué ha sido de su casa llena de programas de mano y de entradas y de libros de teatro y de…?

ESPECTADOR.- ¿Por qué sabes que había todo eso en su casa?

ESPECTADORA.- Ah, es lo que se dice por ahí…

OTRA ESPECTADORA.- Alguien lo habrá heredado.

ESPECTADOR.- A mí no me ha dejado nada, es lo único que sé.

ESPECTADORA.- ¡Seguro que tendrá un entierro muy lleno de… nadie!

LOS TRES.- (Ríen muy escandalosamente.) Jaja, jaja, jajajajajajaa…

ESPECTADORA.- ¿Y si organizamos un gran grupo de plañideras para llorar en su entierro? Así, muy dramáticamente. Vestidas con túnicas de teatro griego. ¡Lo que más le hubiera horrorizado a él si lo hubiera visto sobre un escenario! (Llora muy dramáticamente.)

ESPECTADOR.- Yo, lo que organizaría es un saqueo a su casa para robar los libros de teatro y venderlos…

OTRA ESPECTADORA.- ¿Y quién va a querer comprar esa mierda? ¿Libros de teatro? ¿Para qué valen?

ESPECTADORA.- Bueno, al peso, el papel se vende al peso y algo se saca…

ESPECTADOR.- Venga, yo voy a saquear su casa, si se apunta alguien más… Porque saquear casas solo es un aburrimiento…

ESPECTADORA.- Yo me apunto.

OTRA ESPECTADORA.- Y yo también, que saquear casas me apasiona.

ESPECTADOR.- Os tengo que confesar que saquear casas es mi profesión frustrada.

ESPECTADORA.- Vamos después de la función, si os parece.

ESPECTADOR.- Venga, y entremos ya, que se hace tarde.

Roberto observó la escena sin inmutarse, y únicamente al final le preguntó al niño una cuestión que llevaba un rato planteándose.

ROBERTO.- ¿De quién hablaban?

El niño no le respondió. Solo le sacó la lengua y le guiñó un ojo. Roberto no supo cómo tomárselo. Entonces, el niño, tiró de su mano, le hizo rodear el teatro, y llegaron a un bar con una gran cristalera. Dentro del bar, vio a tres actores a los que sí que conocía. De hecho, hace bien poco había escrito en una crítica una gran cantidad de barbaridades sobre ellos. Estaban brindando con una botella de champán sobre la mesa, no de cava, sino de champán…

ROBERTO.- Mira estos imbéciles… ¿Champán? ¿Les habrá tocado la lotería o algo?

No podía escuchar lo que decían, hasta que de repente el niño cogió una piedra del suelo y la tiró contra el cristal, que se rompió en mil pedazos.

ROBERTO.- Mira que eres bruto, chaval… ¿Así va a ser el teatro del futuro? ¿Todo va a saltar en pedazos?

De repente Roberto se dio cuenta de que estaba escuchando a los tres perfectamente y de que ellos no se habían enterado de la rotura del cristal… Es decir, este niño hacía magia… “Ah, mira, el teatro del futuro va a tener magia”, pensó, mientras les escuchaba…

ÍÑIGO.- ¡Ya era hora!

LUIS.- ¡Por fin!

MANU.- ¡Ya te digo!

ÍÑIGO.- ¡Lo que ha tardado en morirse!

LUIS.- ¡La gente tan mezquina se tendría que morir antes, querido!

MANU.- ¡Pues sí, queridos!

ÍÑIGO.- ¡Camarero, otra botella del mejor champán, que esto hay que seguir celebrándolo!

Roberto miró al niño, pensativo…

ROBERTO.- Niño del futuro, ¿hablan de la misma persona que los de antes?

El niño asintió.

ROBERTO.- ¿De quién, si puede saberse?

El niño sonrió inocentemente. Bueno, lo que para ti o para mí hubiera sido identificado como una sonrisa inocente, para Roberto fue una sonrisa de pedazo de hijo de puta del niño, pero esa es otra cuestión. 

Roberto se puso a pensar. ¿Y si se referían a su amigo Jacinto? No, no podía ser, porque había muerto hacía ya muchos años. ¿Y si se referían a alguien cercano a él? Estaba claro que parecía que hablaban de un crítico de teatro. Se puso a pensar si todo aquello no era una treta de ese niño tan hijo de su madre para tenderle una trampa y ablandarle. Entonces, el niño comenzó a caminar, con Roberto de la mano. Y empezó a tararear una especie de canción que Roberto no reconoció.

ROBERTO.- ¿Qué cantas, niño piojoso?

El niño únicamente sonrió, mientras le miraba y caminaba. De repente Roberto vio que le había llevado justo a la puerta de su casa y vieron, delante de los cubos de basura, un montón de libros. Fue corriendo a mirarlos; es lo que siempre había hecho cuando había visto libros por la calle, lanzarse a por ellos, y esta vez tampoco lo pudo evitar. Se puso a leer los títulos. “¡No! ¡Mierda! ¡Maldición!” Él había tenido esos libros. Vamos, que esos libros eran suyos, alguien los había sacado de su casa… “Pero, ¿quién narices…?”

Uno tras otro, todos suyos. Las obras completas de tal o cual autor. ¡Suyo! La Historia del Teatro Universal, tomo 17. ¡Suyo! Tú estarás pensando que si es que ocupa tantos tomos La Historia del Teatro Universal, pues, mira, parece que sí, y después del 17 hay muchos tomos más, no vayas a pensar… Es que La Historia del Teatro Universal está llena de palabras… Abrió la primera página y vio su exlibris. Para quien no lo sepa, un exlibris es una chorrada pija que sirve para poner un sello en las primeras páginas de un libro, para marcar que el libro es tuyo. Hay gente que los marca y no los lee, se conforman con marcarlos. Como cuando en las pelis del oeste marcan el ganado a fuego… “¡Esta vaca es mía! ¡Y esta otra vaca, también es mía! ¡Jajajaja! ¡Qué de vacas tengo! ¡Pero no me leo ninguna!” (Era una metáfora, hombre, ¡no vayas a pensar que es posible leer una vaca!) Su exlibris era un cuervo. Claro, no iba a ser una bella y gentil paloma, con lo gruñón que él era… Era un cuervo negro y arrugado, mirando al frente, desafiante… ¡Sus libros en la basura! ¡Pero a quién narices se le había ocurrido tirar sus libros?

Miró hacia la puerta de su casa y la vio entreabierta. Fue corriendo hacia ella, con el niño piojoso de su mano. Y… al entrar… no entró precisamente en su recibidor, sino… Era un cementerio. Se vio de repente en un cementerio, con el niño pulgoso al lado. Pero no era un cementerio cualquiera. Era un cementerio gótico. Es que hemos dicho que este era un gótico cuento de terror, pues bueno, ahora viene lo gótico. Era un cementerio con pináculos, arbotantes, arcos apuntados, bóvedas de crucería, contrafuertes… Y sobre todo muchas tumbas antiguas y una vegetación muy descuidada.

Estaban junto a unos arbustos, y al otro lado vio a dos hombres con los dientes negros que estaban cavando una tumba. Al lado de la tumba, había un ataúd y apoyado en él, una lápida. De repente, Roberto se acordó de la escena de los enterradores de Hamlet.

ROBERTO.- ¡Qué graciosa es esta escena!

ENTERRADOR 1.- ¿Y ha de sepultarse en cristiana tierra a alguien tan imbécil como este engendro?

ENTERRADOR 2.- Dicen que sí, así que, sigue cavando.

ENTERRADOR 1.- ¡Que estúpida es la escena de los enterradores? ¿Verdad?

ENTERRADOR 2.- Pues sí, mucho,

ENTERRADOR 1.- La pena es que sufrió poco.

ENTERRADOR 2.- Tendría que haber sufrido por lo menos todo lo que les ha hecho sufrir a todas las compañías de teatro…

ENTERRADOR 1.- Por lo menos.

ROBERTO.- ¿A quién van a enterrar?

El niño se encogió de hombros y siguió tarareando su canción.

ROBERTO.- ¿Qué canción es esa?

ENTERRADOR 1.- Dicen que sus cosas, sus libros, sus muebles, los sacaron a la puerta de su casa, y los dejaron junto al cubo de basura.

ENTERRADOR 2.- Dicen que fue a su casa un tasador de cosas viejas y no pudo darle valor a nada de lo que había allí dentro.

ENTERRADOR 1.- Que era todo un asco.

ENTERRADOR 2.- Y dicen también que alguien prendió fuego al cubo de basura y al montón de cosas.

ENTERRADOR 1.- Y no me extraña, yo también lo hubiera hecho.

ENTERRADOR 2.- Y yo dos veces.

ENTERRADOR 1.- ¡Era un tacaño!

ENTERRADOR 2.- ¿Era un tacaño? ¿Eso no es de otro cuento?

ENTERRADOR 1.- ¿Qué cuento?

ENTERRADOR 2.- No sé…

ENTERRADOR 1.- Era un tacaño y un imbécil.

ENTERRADOR 2.- No ha venido nadie a su entierro.

ENTERRADOR 1.- Ya ves…

Roberto estaba cada vez más horrorizado, quería saber de quién estaban hablando. Quería acercarse y leer el nombre que venía en la lápida, que estaba al lado del ataúd. El niño seguía tarareando.

ROBERTO.- ¡Niño de mierda, deja de canturrear! ¡Y dime de quién están hablando! ¡Ya sé! ¡O me lo dices, o gafo todo tu futuro! ¡Publico un artículo mañana mismo diciendo que tu teatro es una mierda! ¡Aunque no hayas estrenado nada aún! ¡Dímelo ya! ¿Soy yo? ¿Es eso? ¿Soy yo a quien van a enterrar?

En ese momento Roberto se acercó a la lápida y, claro, habrás pensado que su nombre estaba escrito en ella. Pues sí… Roberto leyó su nombre en la lápida, y un poco más abajo cuatro letras. Cuatro letras mayúsculas. La D. La I. La E. Y, por último, la D. Y después una fecha, la de ese mismo día. Roberto comenzó a refunfuñar de nuevo.

ROBERTO.- ¿Esto es inglés? ¿Y qué pinta aquí ahora esto en inglés, niño? ¡¿Qué es esto, una de esas en que dejan el título sin traducir porque así la obra mola más?! ¿Dejan el título en inglés? ¡Qué asco! ¡Morirme en inglés! ¡Qué porquería! ¡Ahora sí que estoy enfadado! ¡Que lo cambien! ¡Que lo traduzcan! ¡Ahora mismo! ¡Niño! ¿Dónde estás? ¿Así va a ser el teatro del futuro? ¿Con palabras en inglés?

Tan enfadado estaba que no se dio cuenta de que había metido un pie en el hoyo que los enterradores estaban cavando y, claro, cayó al hoyo. ¡Qué profundo era el hoyo!

ROBERTO.- ¡Aaaaah! ¡Socorro! ¡Ayuda! ¡Niño de mierda, dime cómo va a ser el teatro del futuro! ¡Quiero saberlo! ¡Quiero saberlo! ¡Y haz que traduzcan eso!

Siguió cayendo, y siguió gritando, y de repente…

Continuará…

@nico_guau

El Gallinero es la bitácora de un grupo de dramaturgos que interpretan el papel de un periodista. Un espacio donde se informa del teatro que no acostumbra a salir en los medios de comunicación, de los recovecos que componen la vida teatral de Madrid y los espectáculos/ espacios/ creadores/ gestores menos conocidos.   En El Gallinero escribe nico guau, y en una época escribieron muchas más gallinas: Antonio García, El Trapo, Folguera, la señora del fondo, Manuel Rodríguez, Muflón Silvestre, Pelma y gris, Turuleta, Vera Yobardé... Si queréis contactar con nosotros, podéis hacerlo en elgallinerofronterad @ gmail.com, quitándo lo espacios alrededor de la @.

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