Chove!

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Amar la lluvia porque sí. Quererla por su generosidad, su darse entera sin pedir nada a cambio. Tan gratuita y tan inevitable quizá como esta escritura, que nace y se agota en sí misma: evocaciones y evagaciones en el reino del otoño.

He vuelto a la biblioteca otra tarde de viernes a escribir en el silencio laborioso de los opositores, los doctorandos, los adolescentes de instituto. Son pocos, nadie hace ruido, se está bien aquí. Tras los ventanales, el sonido de la lluvia en los árboles, y ese otro, tan dulce, de los neumáticos de un coche solitario sobre el asfalto mojado. Hace unos días, en la calle, una niña de cuatro o cinco años arrastraba su mochilita con ruedas por un suelo con relieve, y de repente se detuvo y le dijo a su padre sonriendo: «Este es el sonido de la lluvia».

Sí, este es su sonido. Pero suena a muchas cosas la lluvia. ¿Cómo sonaba aquel día de hace treinta años, en un pueblo de Orense, a la hora de la siesta? En la oscuridad de nuestra habitación —era una pensioncita humilde—, solo se oía el fino tableteo de las gotas en el empedrado de la calle. Qué molicie estar ahí abrazados imaginando el frío y la monarquía del agua. (También ella amaba la lluvia). Y en ese silencio…: «Chove!», le oímos a uno decir al pasar.

Hace un rato, metido en el coche mientras esperaba un mensaje que no llegaba, he abierto el cuaderno para anotar tan solo el sonido de las gotas sobre la carrocería, su dulzura metálica y su tristeza. Aunque con esa melancolía lene y reconfortante viene también, en extraña mezcla, una cierta exaltación vital. La promesa de la lluvia: los recuerdos y su caricia gratamente amarga, sí, pero también el impulso de salir a caminar a grandes pasos para ahuyentar a los fantasmas y respirar la humedad del aire limpio.

La eché de menos mucho tiempo, soñaba con ella. Deambular bajo su repiqueteo en el paraguas o escucharla tocar tímidamente en la ventana desde un interior en penumbra, con apenas un punto de luz que iluminara las páginas de un librito viejo (Salvadora de Olbena, de Azorín, o las Flores del año mil y pico de ave, de Cunqueiro). ¡Pero por fin llueve! Llueve con mansedumbre, blandamente, sin intención de parar, y la biblioteca, tan en silencio, se ha quedado vacía. Entonces vuelvo a oír aquella voz: «Chove!».

Antes de ir a casa pasearé por el parque desierto contando castañas y hojas caídas, y todo eso me hará evocar de nuevo a la princesa del otoño. Luego, en mi refugio, no tendré más remedio que estudiar en una copa los matices del mencía, abrir al azar el volumen sobre la melancolía en el Siglo de Oro (ya llora la lluvia por nosotros), y persistir en la escritura —gratuita, sin sentido, tal vez inevitable— de los recuerdos y las gotas de agua.

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