Chucho

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La primera vez que supe de Jesús Silva-Herzog Márquez, Chucho, fue cuando comencé a leer, hace como cien vidas, las reseñas de las películas que su autor, a la sazón estudiante de la maestría en ciencias políticas de la universidad de Columbia, enviaba a la revista nexos. Quizás estoy confundido y se trataba de otro alumno de la universidad, colega suyo, no lo recuerdo; la memoria, ya lo dijo el pintor George Grosz en su autobiografía, y lo dice mejor que muchos escritores que conozco (y otros que desearía no conocer), “un día de neblinas, neblinoso y denso, eso es nuestra memoria”.

 

La primera vez que supe de Jesús Silva-Herzog Márquez, Chucho, fue cuando comencé a leer, hace como cien vidas, las reseñas de las películas que su autor, a la sazón estudiante de la maestría en ciencias políticas de la universidad de Columbia, enviaba a la revista nexos. Quizás estoy confundido y se trataba de otro alumno de la universidad, colega suyo, no lo recuerdo; la memoria, ya lo dijo el pintor George Grosz en su autobiografía, y lo dice mejor que muchos escritores que conozco (y otros que desearía no conocer), es “un día de neblinas, nublado y denso, eso es nuestra memoria”.

 

Ya no tengo conmigo los viejos ejemplares de esa revista, que como varias colecciones de revistas y suplementos literarios, he tenido que ir dejando aquí y allá, a lo largo de mis fatigosas mudanzas, entre países, entre barrios de la misma ciudad. No tengo una explicación, al menos otra que deshacerme de lastre para poder retomar el vuelo, a la manera de Phileas Fogg y Passepartout en la célebre novela de Julio Verne, para justificar esos despojos ocasionales en que pierdo para siempre cosas que después termino por necesitar. 

 

Es como si secretamente estuviera empeñado en arrojar hojas y más hojas al río del tiempo, en observar la forma, azarosa, casi taoísta, en que se alejan.

 

En mi descargo, ahí está la parte dedicada al cine en el blog de Chucho, que bien merece un vistazo, si es que estoy equivocado.

 

Después, años después, me enteré que el joven politólogo de Columbia —quien pronto se convirtió en uno de los columnistas más notables y auténticamente polémicos de esa deplorable jungla de pundits y articulistas políticos que en Comala City llamamos, con una mezcla muy mexicana de desdén y otra de franca y obtusa admiración, la “comentocracia”—, en realidad se había formado como abogado en la Universidad Nacional Autónoma de México.

 

Ahora que lo pienso —y llevo años de tratarlo, de mantener una amistad que diría nació de intereses intelectuales comunes antes que del trato en los típicos corrillos y bohemias literarias que, creo, a los dos nos ocasionan un dolor de cabeza y rehuímos como si de la peste se tratara—, jamás le he preguntado acerca del tema al que dedicó la tesis que presentó para obtener el título en Derecho. Supongo que en algún lugar estuvo la política, como más tarde se hizo evidente.

 

Y vaya que lo fue.

 

Ya desde su primer libro publicado, El antiguo régimen y la transición en México, publicado en 1999, meses antes de lo que entonces muchos de nosotros, inocentes, cándidos, imaginamos sería el annus mirabilis, me refiero a las elecciones del año 2000 y la salida del partido oficial luego de siete décadas en el poder, Chucho presentaba sanos motivos para la controversia, para señalar —parafraseo, ya lo verán otro título suyo que a su vez es una paráfrasis de la gran poeta Wislawa Szymborska—  la idiotez de lo que entonces suponíamos un proceso cuya lógica se presentaba impecable, casi perfecta. En ese primer libro, Chucho comparaba al endemoniado sistema político mexicano con un animal de esquiva taxonomía, el ornitorrinco, llamando así al lector a no bajar la vista crítica ante las reformas y avances políticos que por entonces parecían llevarnos a mejor puerto.

 

 

En El antiguo régimen y la transición en México, el joven pero distinguido profesor de Derecho que también ejercía de politólogo —y sigue ejerciendo a la fecha, pero desde lejos, a partir de lo concreto, ajeno a las tonterías en las que se enfrascan los auto-designados científicos sociales, esos diletantes enjaulados en el claustro de las discusiones bizantinas que no conducen a nada— aprovechaba la muy orteguiana circunstancia mexicana y se ponía el traje de zoólogo para internarse ahí donde medra el ornitorrinco, en una selva que mutaba a cada día, pero cuyos rasgos esenciales, las fallas en el sistema electoral y las elecciones mismas, en la pobreza de los liderazgos políticos en tiempos y procesos de cambio que Silva-Herzog Márquez denominaba “maquiavélicos”. Su diagnóstico, sus advertencias, mismas que no fueron escuchadas, terminaron por convertirse en un futuro posible, que en verdad ocurrió y, hoy día, en un triste y patético presente ineludible, back to the future:

 

[…] como cualquier obsesión, la transitomanía ataranta. Salpicada por la baba del lugar común, la reflexión mexicana se ha dedicado a redactar y luego seguir puntualmente el Manual del perfecto demócrata, un sencillo y claro instructivo que define los deberes y permisos de lo políticamente correcto.

 

No debe extrañarnos la popularidad del Manual. En un tiempo en que la inestabilidad rige, el guión revelado de la transición democrática ofrece certezas confortables. Es un mapa frente al caos de significados que nos confunde. El libreto parte, en primer término, de un veredicto tajante sobre el pasado. Una sentencia fulminante pero convincente sobre la naturaleza y los efectos del sistema-político-mexicano. En segundo lugar, el discurso de la transición colorea las identidades en lucha, perfilando a los combatientes en la danza del conflicto. La ruta de la democracia se define así como gesta de la sociedad civil y sus aliados contra el enemigo autoritario. Finalmente, el guión dibuja el escenario del futuro ideal. La democracia se coloca como antítesis perfecta del pasado y se pinta como jardín de infinitas virtudes.

 

[…] En este fin de siglo mexicano, el discurso políticamente correcto de la transición es el atajo de lo fácil, el camastro de la flojera intelectual. Quiero decir que la transición se ha hecho vendaje, un tapaojos que ha permitido a los protagonistas del cambio resistir a la observación y encerrarse en sus propios prejuicios. El cuestionamiento de hace unos años ha desembocado en conformismo, la crítica ha terminado en cantaleta; el aguijón se hizo matraca.

 

Le ahorro al lector el ominoso memorial que la transición mexicana ha dejado a su paso: clientelismo y corrupción al viejo estilo, pero mejorado, a lo largo y ancho de todo el espectro partidista, sea de derecha, centro e izquierda; violencia rampante no nada más en las calles, sino al interior de los hogares, a escalas propias de Iraq; la descomposición manifiesta, de la cual casi se hace alarde de orgullo y descarada presunción, como si se tratara de un logro para la humanidad, de la clase política del país y, como no podía faltar, del hartazgo de la civitas, del ciudadano de a pie, que le dicen, respecto a la forma en que se desgobierna a la polis.

 

De la crítica mejor ni hablar: excepto muy honrosas excepciones que apenas se cuentan con los dedos de una mano, de la cantaleta que Chucho ya había identificado hace más de quince años, hoy pasamos a una horda de brutos jilgueros, en radio, prensa y televisión cuya sintaxis suele indicar una crisis aún más aguda que las tantas que aquejan a nuestra maltrecha y deprimida nación.

 

Porque razones para deprimirse, en esto no hay novedad, sobran. No por nada, el otro día, Chucho recomendó en Twitter el libro de un importante filósofo político, John Dunn, Breaking Democracy’s Spell, parte las prestigiosas conferencias Henry L. Stimson John de la universidad de Yale y cuyas reflexiones vienen como anillo al dedo para una situación, por ejemplo la que se vive en Comala City y el resto del país, respecto a un asunto acerca del cual se pronuncian, en mi cuenta personal, entre mil y dos mil idioteces al día, promedio.

 

Me refiero al estado que guarda la democracia en México. A diferencia del momento en que Chucho publicó El antiguo régimen y la transición en México, estamos hundidos hasta el cuello en las rebabas del lugar común y vender aquellos tapaojos está resultando el mejor negocio de los políticos, los medios de comunicación y la selva de jilgueros que no paran, sospecho ni cuando están dormidos, sus cantaletas acerca de la DEMOCRACIA: que si la democracia esto, que si la democracia aquello, bla-bla-bla… Haciendo eco de las palabras de Emerson, John Dunn advierte: “Cualquier Estado soberano, para decirlo de manera burda, tiene sangre en sus manos. […] Es un error difamar a la democracia, empero es igualmente erróneo intentar blindarla de cualquiera de las infamias que son promovidas por su propia práctica”.

 

En otras palabras, o en palabras de Silva-Herzog Márquez, a lo largo de la tan sobada transición mexicana, todo cuestionamiento es más bien conformismo antes que una invitación al ejercicio de la crítica, nos inventamos un guión acerca de la ruta democrática que ha permitido a quienes se suponen iban a fungir de capitanes, echarse al camastro a hacer todo menos ver hacia adelante y, sobre todo, no sólo se logró colorear a las identidades en conflicto, sino volver algo tan importante como la política un asunto faccioso regido bajo la lógica del inevitable enemigo.

 

No es casualidad que el primer ensayo del libro La idiotez de lo perfecto. Miradas a la política, publicado en 2006, annus horribilis no sólo para la democracia y la política, sino para millones de mexicanos, lo dedique Chucho a adentrarse en la biografía intelectual y las bases del pensamiento del jurista alemán cuya sola mención es casi anatema en ciertos círculos académicos de Comala City (no así en Europa y Estados Unidos), Carl Schmitt, y su conocida concepción de la política como la distinción y el enfrentamiento del amigo-enemigo.

 

 

No exagero si digo que La idiotez de lo perfecto, los cinco textos que lo conforman, es uno de los ensayos más sugerentes, críticos con el propio pensamiento e ideas políticas que su autor expone ahí en torno a Schmitt, Michael Oakeshott, Norberto Bobbio, Isaiah Berlin y Octavio Paz; en otras palabras un libro auténticamente cosmopolita, colocado en medio de un campo sembrado de holgazanes echados en sus hamacas, comentócratas a los que ni en un acto de suprema generosidad se les puede colgar el calificativo de “intelectuales”.

 

Tampoco exagero si pongo a este libro de Chucho, como lo hice desde que lo leí, junto a otro de vena parecida, de motivaciones y preguntas análogas respecto al papel de las ideas, los hombres y mujeres que las sostienen, en su relación con el poder. Me refiero a The Reckless Mind. Intellectuals in Politics, del ensayista y profesor Mark Lilla. Juntos, ambos libros cubren buena parte de ese campo (minado, peligroso pero invitante al mismo tiempo) de discusión y combate político e intelectual que fue el siglo XX, y por el cual desfilaron figuras como las que Chucho aborda en La idiotez de lo perfecto y a los cuales se vienen a sumar a aquellas que intentaron el viaje a Siracusa y que Lilla sacude en The Reckless Mind (título alusivo al ensayo clásico de  Czeslaw Milosz, El pensamiento cautivo): Heidegger, Hannah Arendt, Karl Jaspers, Walter Benjamin, Alexandre Kojève, Foucault y Derrida.

 

Otra vez, con excepciones que se cuentan con los dedos de una mano, el caso de Chucho demuestra las tesis que él mismo sostuvo en su primer libro publicado. Una vez entrados los comentócratas en el mismo guión, lo siguiente fue ponerse el bañador y echarse al catre a verse el ombligo tomando unas cervecitas y gozando de unas empanaditas de cazón.

 

Si algo ha distinguido a estos años de transición democrática, ha sido el empobrecimiento radical, obliterante de hecho, del valor del conocimiento, de la figura del escritor como un intelectual. En Comala City sobran novelistas a la Hemingway —sin el talento, obvio, ni siquiera para matarse dignamente— a quienes les importa un pepino ya no se diga las grandes discusiones y polémicas que se desarrollan en la esfera pública nacional e internacional, sino los mínimos saberes humanísticos que, al menos antes, se esperaba de cualquiera que tomara una pluma para escribir, para hacer literatura. Creo que todos sabemos de qué estoy hablando.

 

Pareciera que la mejor manera de celebrar la muerte de Monsivais, quizás el último gigante intelectual mexicano, que sabía de todo y todo lo sabía, es rindiéndole honores a la más supina ignorancia. Hoy, importa saber lo mínimo de narco y trasiego de seres humanos para escribir la novelita correspondiente. En el caso del ensayo es peor. Salvo, de nuevo, honrosísimas excepciones, el ensayo literario se ha vuelto un género de moda entre los escritores hípster, el recipiente para dejar dicha y escrita cualquier imbecilidad que, se supone, cuenta con el factor adicional de ser bien divertida y dizque ingeniosa. Qué kool, ¿no?

 

Es por ello que el valor de la obra literaria de Jesús Silva-Herzog Márquez puede pasar desapercibida, pero solamente si uno es suficientemente idiota y se lo propone.

 

Además de dedicarse a la mejor esgrima, todo un arte, de la crítica política en sus columnas semanales, Chucho es igualmente un agudo e informado comentarista de la cultura en casi todas sus derivas: arte, cine, música, episodios conocidos y desconocidos que pusieron de cabeza la vida de escritores, pintores, filósofos, directores de teatro y cine, etcétera.

 

Así, mientras la gran mayoría de lo que hoy llamamos “escritores” en Comala City no se enteran de que Schubert no es una aplicación que te permite enviar fotos de las tías de Celaya en sus viajes por Europa o que la república de Weimar no es un país, Chucho ha dedicado los suficientes años a ejercer el ensayo literario como un arte de la crítica, pero también de la cortesía casi pedagógica, en tanto trae noticias provenientes de más allá de las estrechas fronteras de Comala City. A la fecha, ha publicado dos volúmenes espléndidos, sus cuadernos de Andar y ver,  publicados en 2005 y 2012. Por esos cuadernos desfilan historias protagonizadas por Edward Said, Josep Pla, Christopher Hitchens, Charles Simic, Arthur Koestler, Richard Serra, Joseph Brodsky, Stefan Zweig, Walt Whitman, así como estimulantes diatribas contra las presentaciones en Power Point, elogios a la lujuria y merecidos y razonados honores a la siesta mexicana y no mexicana.

 

Podría decirse que no hay asunto ajeno al interés de Chucho, por algo ha traducido impecablemente a uno de sus modelos en la polémica y el estilo literario: William Hazlitt, cuyos célebres títulos de algunos de sus ensayos son la definición de una personalidad.

 

Algo de esa personalidad que rehúye de las falsas virtudes y de la gente desagradable, del muy enraizado entre nosotros sentido de la abyección, del equívoco valor del amor propio y la benevolencia, algo de todo eso hay en Chucho, en sus intereses e inquietudes intelectuales, en su escritura, en su manera de ser y no ser Chucho.

Bruno H. Piché es ensayista y narrador. Ha sido editor, periodista, diplomático y promotor cultural. Realizó estudios en la Concordia University de Montreal, El Colegio de México, King’s College de Londres, Instituto de Investigaciones Sociales UNAM Es autor de los libros Robinson ante el abismo, Noviembre, El taller de no ficción, Los hechos y La mala costumbre de la esperanza. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte de México desde 2012. Su novela más reciente, 'La mala costumbre de la esperanza', (2018), apareció bajo el sello editorial de Literatura Random House. En 2015 publicó la novela 'Los hechos', acerca de la cual Juan Villoro escribió: “Bruno H. Piché entiende la historia del mundo como una diáspora: datos en fuga que al articularse conectan la vida pública con la esfera privada. Podemos escapar de nosotros mismos pero no de Los hechos, es decir, del flujo incontenible de la historia.”   Vivir en Comala City es un blog sin fronteras temáticas y en la que las sombras y presencias fantasmales remiten al escurridizo entrecruce entre los géneros literarios. En Comala todo es literatura y nada es lo que parece.