Chungking Mansion

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Me habían advertido que Hong Kong no era un destino para solitarios con bajo presupuesto. Aun así me arriesgué y, al llegar, opté por buscar alojamiento para esa noche en una de las minúsculas e inhóspitas pensiones de Nathan Road. La sucia fachada gris de la Chunking Mansion se alzaba monstruosa en el número 36. Letreros parcialmente iluminados informaban de habitaciones libres. Hombres de apariencia india o paquistaní merodeaban sospechosamente por los alredores del complejo, enfundados en traje oscuro a rayas y gafas de sol, buscando clientes para las pensiones u otros negocios. «What are you looking for?», preguntaban bruscamente.

En la misma calle estaba la Mirador Mansion, un complejo similar pero estéticamente menos horripilante. También había que hacer cola para entrar en el ascensor. Una vez elegí subir por las escaleras, que permitían una buena vista del patio central. Todas las paredes estaban pintadas de blanco y eso contribuía a calmar el ambiente. Entre pensión y pensión se podían descubrir talleres clandestinos, máquinas de coser en movimiento, cajas almacenadas esperando destino, ropa interior colgada en perchas,… Cuántos submundos se esconderían en aquellos siniestros edificios, más y más fantasmales conforme caía la noche. Me vinieron a la cabeza las primeras escenas de la película de Wong Kar-wai. Convencida de que la realidad superaba a la ficción, sentí miedo de estar allí, rodeada de peligros. La tenebridad de aquellos complejos contrastaba con el neón de Kowloon y las iluminadas siluetas de los rascacielos de la isla.

Aquella noche dormí tan mal por la falta de ventilación que decidí emprender camino a Macao al día siguiente. La experiencia claustrofóbica marcó mi viaje a Hong Kong. A la vuelta volví a ver «Chungking Express» como terapia de choque y me reencontré con aquellas sensaciones. Quizás el viaje, después de todo, habría merecido la pena para entender la película.

Vigo, 1983. Licenciada en Periodismo y Especialista en Información Internacional y Países del Sur por la Universidad Complutense de Madrid. Tras experiencias académicas y profesionales en Madrid, Freiburg, Utrecht, Berlín y Londres, en 2008 llegó la ansiada oportunidad de ampliar horizontes en Asia. Cuatro meses antes de los Juegos Olímpicos me trasladé a Beijing con un visado de trabajo pero sin propósitos definidos, abierta al descubrimiento de un nuevo mundo, y aquí sigo, observando los cambios de una sociedad en constante transición que desafía mis neuronas constantemente.