Chuocidios

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Ya saben que en el mundo desarrollado los suicidios aumentan por Navidad. En estas fechas mucha gente corriente sucumbe a la tragedia de no estar como hay que ser, de no poder disfrutar en familia de la obligatoria indigestión de emociones descongeladas a golpe de publicidad, tarjeta y mala conciencia.

 

A mi la Navidad me da igual. En mi relación con ella ya lo he probado todo. Ahora sólo nos queda, como vecinos educados pero con antiguas rencillas, saludarnos en el ascensor, ignorarnos olímpicamente y de vez en cuando putearnos a escondidas sin que se note.

 

Japón es el país con más porcentaje de suicidios del mundo. Cerca de cien personas al día se quitan la vida allí. En Tokio, es frecuente que muchos lo hagan arrojándose a las vías de su modélica red de transportes, preferentemente en la línea Chuo de alta velocidad (coloquialmente conocida como Chuocide Line). Si han estado alguna vez en la capital nipona habrán comprobado la estricta matemática de sus trenes, la precisión brutal de los horarios. Hay muy pocas cosas que puedan perturbar el ritmo de esa maquinaria perfecta. Una de ellas son los suicidios. Cada vez que alguien se lanza ante el tren, el eficaz protocolo japonés del horror tarda treinta minutos en limpiar y restablecer el servicio. Durante ese tiempo de nadie, las redes de telefonía móvil y las pantallas públicas se saturan de mensajes disculpatorios. Los artistas Jan Rod y Jessica Mantell, de la Keio University, exploran desde lo visual estas perturbaciones que un acto trágico, individual y anónimo como el suicidio provoca sobre la compleja geografía tecno-social de la ciudad. Hace unos meses presentaron su trabajo en un insólito simposio titulado “Afterlife and death in digital age”.

 

Lo peor de la Navidad es que es un monopolio, soberbio y prepotente, una multinacional implacable que castiga a los disidentes intentando inocularles el virus de la melancolía. Más vale llevarse bien con ella. Así que… feliz año nuevo.