Cierta comunidad extranjera

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«But only one man–like a city»

Paterson, William Carlos Williams

 

 

 

Aún viviendo en Lima, ya había escuchado del desfile por 28 de julio en la ciudad de Paterson en Nueva Jersey.

 

Paterson –que años después relacioné con el fabuloso poema épico que escribiera William Carlos Williams– era entonces para millones de mis compatriotas, famoso por ser el bastión de la peruanidad en la costa este de los Estados Unidos. Si vivías en cualquier estado del país y querías probar el mejor cebiche, ají de gallina, papa a la huancaína, lomo saltado, arroz chaufa, aguadito, etc; tenías que movilizarte hasta la calle principal de esta ciudad, a unos 30 minutos desde Manhattan, después de cruzar el puente George Washington. Y por esas calles también pasaban las comparsas y se desplegaban las banderas blanquirrojas y se gritaban esas cuatro letras del nombre de mi país, a voz en cuello.

 

Un año después de estar radicado en Nueva York, un amigo me sugirió ir al desfile. «Hay combis que van a Paterson» me dijo. Unas camionetas estilo Custer, al parecer semi informales, con capacidad para unos 25 pasajeros, que parten desde una esquina a la vuelta de la estación principal de autobuses, Port Authority, y que despliegan sus destinos con plásticos rotulados multicolores pegados contra el parabrisas: Passaic, Paterson, Jersey City. Ahí estaban. Una detrás de otra, pegadas a una vereda de Manhattan. El precio era módico y si bien no eran tan informales como las pintaba mi amigo, sí despedían ese aire a pequeño negocio familiar que caracteriza a las combis limeñas (cobradores no muy bien vestidos, cierto modo de invitar a los pasajeros a sentarse, a bajar de la combi, o a pagar su boleto con sencillo). Creo que hasta identifiqué un sticker pegado en el interior de la combi que anunciaba: Este chofer y este cobrador son chéveres.

 

Estábamos muy emocionados. La combi llegó a Paterson, nos bajamos, e inmediatamente identificamos el ruido de las bocinas de algún auto que rodaba por las calles imitando a esas cornetas que alientan a la selección de fútbol en los estadios. Caminamos entre la muchedumbre, entendimos por donde iba a pasar la comparsa, agarramos buen sitio y nos paramos a observar. Un policía con pinta muy gringa trataba de mantenernos detrás de una raya imaginaria, parados al borde de la calzada. Escuché unas voces a mi espalda : «Manya la guata de ese tombo. Asu mare». El policía panzón, escudado por sus anteojos negros y un rostro sin gestos, hacía su trabajo lo mejor que podía. Por todos lados veía ojitos rojos. Miré las ventanas, había muchachos y muchachas observando el desfile desde algunos de esos departamentos. Las fachadas estaban sucias, muy descuidadas. Al final del desfile, henchido de patriotismo, yo también me compré una camiseta roja y blanca que proclamaba el amor a mi patria. También me sentí orgulloso al ver esa marea de peruanos profesando sus lealtades, a pesar de la distancia y de las traiciones particulares que empujaron a uno y a otro a empacar maletas y a largarse del país.

 

Después del ruido, buscando algún restaurante donde prepararan un cebiche decente, caminamos por las calles sucias y malolientes de Paterson. Esa ciudad era la imitación de un barrio populoso de Lima. Esa ciudad era mi país, esa era mi gente.

 

Una y otra vez, uno tropieza en Newyópolis con peruanos a los que nos separan muchas cosas. La condición social y el nivel de educación suelen ser las características más notorias. Estas nos obligan, dentro de nuestro (aparentemente) incondicional amor patrio, a preguntarnos qué tanto se puede conectar nuestra vida con la de éste o este otro individuo, tan distinto a mí. Se nos contradice en la cabeza la idea de país real con la de país posible, la del Perú ideal con la del Perú de verdad. Paterson, la ciudad que yo conocí en ese primer y único desfile de fiestas patrias al que he asistido en mi vida, era un territorio sucio, descolorido y; en algunos rincones por donde vagabundeaban personas de aspecto deprimente, se adivinaba en esa ciudad una patética desesperanza. Si este era el lugar donde vivían la mayoría de mis compatriotas ¿tenía que sentirme también orgulloso de que esa comunidad hubiera reproducido en Estados Unidos la deprimente condición de un barrio sucio, desordenado y maloliente de Lima?

 

Hay una que otra explicación para la situación de Paterson. Cuando empezó a llegar la enorme comunidad peruana, esta ciudad estaba ya bastante abandonada. El progreso industrial que alguna vez experimentara–y que es al que le cantara Williams Carlos Williams en su poema épico–se había esfumado.  Otro detalle: esta siempre fue una ciudad de paso. Otras comunidades de inmigrantes, principalmente europeos, nunca reconocieron a Paterson como su destino final en los Estados Unidos. Así que jamás hubo inversiones enormes en infraestructura y cualquier vestigio glorioso del pasado se esfumó poco a poco, entre gente que la visitaba por algunos años y que, apenas podía, volaba hacia destinos más convenientes. Otro detalle, que se tiene que mencionar: Esta última ola migratoria está conformada en su mayoría por familias que llegaron ilegalmente. Peruanos humildes que vinieron con muchas esperanzas pero sin ningún papel. Que no sabían la cultura, el idioma ni los trucos y recutecos del sistema.

 

Y si Paterson ha mantenido algún flujo importante de turismo, si ha recibido alguna atención hacia sus fachadas descoloridas y su ambiente ruinoso (una vez mi esposa y yo caminamos durante algo más de diez cuadras, con basura en las manos y no encontramos un solo recipiente para deshacerse de los desperdicios en la calle principal de la ciudad) ha sido por sus restaurantes peruanos donde, eso sí, los mejores sabores de su gastronomía renacen día a día entre las manos de sus cocineros y cocineras. Esos restaurantes, y el tradicional desfile de fiestas patrias, renuevan cada año el orgullo de la comunidad peruana en Paterson, que a pesar de estar lejos, grita el nombre de su patria como si jamás se hubiera separado de ella.

 

Hace algunos meses volví a un restaurante de Paterson. Pedí un mondonguito con arroz que no probaba en siglos. Estaba delicioso. Pedí también un helado de lúcuma D’onofrio, que me llevé para el camino. Cuando caminaba hacia el estacionamiento, con mi palito de madera ya lambeteado de todo resto de lúcuma, miré hacia la calle y encontré que en cada esquina había un reluciente tacho de basura. Tal vez sea la esperanza que vuelve a Paterson arropada de rojo y blanco. ¡Qué viva…!

 

Ya saben qué.