Cincuenta sombras de Montoro

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Se habla de Montoro con alegría pero mucho más por lo bajinis, como si no se quisiera pronunciar en alto, por ejemplo, “bondage”, o la sociedad escandalizada por un libro pernicioso, y buscado y perseguido, como el Ulises...

 

Uno se ausenta de la actualidad de modo inconsciente (como si hubiera acudido sonámbulo a un balneario para desintoxicarse) y al regresar se topa abruptamente con Montoro casi de la misma forma que se encontró de repente por todas partes con las cincuenta sombras de Grey. Montoro genera un morbo similar quizá a costa de las mismas técnicas sinuosas de sumisión y disciplina. Él mismo reconoce que es el coco. Uno oye hablar de Montoro con tal intensidad oculta que cualquiera parece una lectora soliviantada por unos párrafos eróticos: la Peggy Olson de Mad Men a la que le prestan ‘El Amante de Lady Chatterley’ con la condición de que no lo lea en el Metro. Se habla de Montoro con alegría pero mucho más por lo bajinis, como si no se quisiera pronunciar en alto, por ejemplo, “bondage”, o la sociedad escandalizada por un libro pernicioso, y buscado y perseguido, como el Ulises. Uno aún no ha descubierto el atractivo (y pre asume su insensibilidad) que es tan obvio para tanta gente. Puede que sea el cargo, esa Hacienda con “h” mayúscula que le viste como a Christian Grey y va dejando sombras sensuales a su paso como para convertir al mismísimo Khal Drogo en una agitada secretaria solterona de los años sesenta. Desde luego comparar al PP con Cáritas causa el efecto de la descripción que hace Constanza del pene del guardabosques, pero en vez de en las mujeres de mediados del siglo pasado, en las pacatas mentes de principios de éste. A Montoro le presentan como un atrevido, casi un sátiro, y es cierto que hace hablar como comadres a los hombres más rectos, quizá porque algunos le vieron salir de Gescartera como salía del mar el adonis de Acqua de Giò. Sale a la luz ‘Equipo Económico’, que es el bufete fundado entre ministerio y ministerio y no una película de acción para los que se encuentren subyugados por la prosa, pero uno sigue sin encontrarle el puntillo. A uno le gustaría sufrir esos sofocos que han hecho desmoronarse a individuos mucho más fuertes, pero sólo se tiene un recuerdo en vivo de él. Fue viéndole bajar entre almohadillas los tendidos de Las Ventas y de verdad que no le pareció gran cosa.