Cine en Nueva York: el brillo en la oscuridad

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Por las tardes, los estudiantes se reúnen en una sala para ver y aprender la historia del cine.

 

Marlon Brando

 

A las 2 de la tarde, los martes y los jueves, en una universidad en el Bronx, apago la luz y desciende un ecran gigante desde el techo de un auditorio. Una imagen aparece proyectada. Los controles consisten en una pequeña pantalla táctil, con una ranura para el DVD y dos botones que controlan el descenso del ecran y el volumen. En la pared hay un dispositivo que me permite regular la intensidad de la luz en la sala. Algunos alumnos agradecen que la experiencia no sea completamente a oscuras, que les permita ver el papel en el que toman notas. Todo el proceso es un juego de luces. Algunos le llaman cine.

 

En Lima, en esa clase media inmovilizada por la crisis y el terrorismo donde crecimos algunos como yo, la experiencia con el cine pertenecía a ciertas salas enormes y decrépitas, rezagos de una ciudad que se horribilizó con apuro en los años 80s. Se llamaban Orrantia, Petit Thouars, Roma, Alcázar, Alhambra, Bijou, por mencionar unos cuantos. Al Orrantia fui a ver mi primera película porno, una malísima comedia picaresca italiana que se ofrecía solo para mayores de 18 años y a la cual, como admisión, para que el portero me dejara entrar por una puerta falsa, tuve que pagar un sobreprecio. Supe que el Orrantia, en sus últimos años, se caía a pedazos, que se podían ver cucarachas y ratas y que, para salvarlo, se lo vendieron a una iglesia evangélica. Suerte parecida corrieron la mayor parte de salas limeñas enormes, rezagos de la época dorada del cine.

 

Ninguno de mis padres fue fanático de directores. Como la mayoría de mis compañeros del colegio, en casa se iba al cine para ver lo que anunciaba El Comercio. Casi siempre eran éxitos de taquilla en Estados Unidos, películas que había que subtitular y que por lo tanto nos llegaban con dos o tres años de atraso. Así recuerdo haber escuchado en el colegio confusos argumentos sobre la paternidad de Luke Skywalker, por compañeros que habían viajado a los Estados Unidos y que ya sabían el desenlace de la trilogía. Las batallas con espadas láser de la pantalla, mis amigos las reproducíamos en el parque del barrio, con unas versiones baratas, de luces que nunca prendían. Con ellos también llegamos a ver alguna películas de Jean Claude Van Damme. Nos íbamos del cine felices, tirándonos patadas.

 

En la universidad, como un alucinado, tropecé con amigos para quienes el cine significaba todo. Ellos no me hablaban de actores ni de películas, sino de autores, muchas veces de escuelas distintas a la de Hollywood. En Lima, como supongo que en cualquier otra metrópoli donde conviven tribus que no se conectan, había ciertos paraísos para el cine de autor. La Filmoteca de Lima, la única sala grande que proyectaba esos filmes, en esos comienzos grises de los 90, tenía la cortesía de organizar un ciclo con los filmes que habían recibido cierta consideración de los críticos. Durante el año rotaban los eventos especiales y así tuve mi primer contacto con Fellini, Kurosawa, Truffaut, Buñuel y Goddard.

 

En la universidad, bajo la dirección de Chacho León Frías, fundador de la revista La gran ilusión; y de Emilio Bustamante (a quien recuerdo explicándonos con detalle los elementos del encuadre en Mujeres al borde de un ataque de nervios), nuestra comprensión del cine se alimentó de las teorías que explicaban su lenguaje y su arte. El cine era entretenimiento, y también podía convertirse en una furiosa condena de la actitud del hombre. Consciente de aquellas posibilidades, recuerdo haber llegado a un ciclo de cine francés en el auditorio de la Universidad de Lima y haber sido golpeado con brutalidad por la historia que cuenta Éric Rohmer en El signo del león.

 

Acá en el Bronx, se espera que les ofrezca a los estudiantes un recorrido histórico. Las películas pretenden ser representativas de ciertas épocas. El Internet provee una enorme cantidad de material para la comprensión de filmes, directores y corrientes (lejos están los tiempos de sobornar al portero para poder ver una película italiana). El DVD de aquellos filmes, que para ver los limeños teníamos que formar cola frente a la Filmoteca, también suele estar disponible en las bibliotecas públicas.

 

Verlas me da un placer adicional: Las películas que los estudiantes ven conmigo este semestre tienen la magia de estar asociadas a momentos específicos de mi aprendizaje del lenguaje cinematográfico. La clase entera aplaudió cuando terminamos de ver The Kid de Chaplin, y yo no podía dejar de pensar en el pequeño televisor donde la vi por primera vez (nosotros la llamábamos El Pibe ), en la universidad, con mi profesor de producción cinematográfica: una historia simple, brillantemente contada.

 

Y les repito a los estudiantes que de eso se trata este juego de luces. Así sea John Ford dirigiendo a John Wayne y a los tripulantes de Stagecoach, Elia Kazan poniendo de pie a Marlon Brando para que marche hacia la dársena en On the Waterfront, o Alfred Hitchcock enseñándonos cómo murió Rebecca : el buen cine siempre será algo que brilla en la oscuridad.

 

Le signe du lion