Circo Esperanza

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Hay momentos, muchas veces en torno de los treinta y tantos años, en que nos dan ganas de reiniciarnos. En que nos replanteamos el curso de las vidas que nos hemos creado -con muchas imposiciones exteranas, es cierto, pero también a partir de nuestras propias decisiones- y nos tienta romper con todo y reinventarnos de cero.

 

Eso le pasó al payaso del Circo Esperanza. Cansado de la vida gitana, nómada, con un ventilador como símbolo -todos tenemos uno- de sus sueños de estabilidad, cambió el circo por la corbata; el limbo legal por la seguridad social, la ‘carterinha assinada’ y el CPF. No pudo con esa vida, que no era la suya. Pero eso sólo lo supo después de intentarlo. Al payaso le salió bien, hasta donde llega la historia. Consiguió su ventilador, y volvió al circo.

 

«No es saludable estar bien ajustado a una sociedad profundamente enferma», dijo Krishnamurt. ¿Qué mundo es este que nos obliga a elegir entre la esclavitud del horario de oficina y el abismo del nomadismo?

 

Necesitamos un lugar, una guarida, un refugio. Nos hace sentir seguros. Es un instinto primario. ¿Pero a qué precio?

 

Estamos siempre en esa cuerda floja, navegando entre la inestabilidad de la bohemia, o bien sin cuestionarnos nuestra rutina de oficina, nuestras jornadas agotadoras y absurdas. Sin cuestionarnos esas vidas tan lejos de nosotros mismos, porque, si comenzamos a hacernos preguntas, tal vez queramos salir corriendo, gritando, y desaparecer, huir, pero hacia dónde. O tal vez nos precipitemos por el abismo de la locura, en un intento por sentirnos más libres en ese mundo que inventemos a nuestra medida, ya que no resulta posible ya amoldarnos nosotros al mundo, y ya que cambiarlo parece fuera de nuestro alcance.

 

Desde que me nos llega la memoria histórica fue así, pero las contradicciones se aceleran en este fin de 2011, tal vez el preludio el cambio de era que intuyeron los astrólogos mayas, y en cualquier caso tiempos acelerados en los que, en una ciudad como São Paulo, es fácil percibir que, como dicen por aquí, assim não dá

 

Me acuerdo mucho, mucho, de ese jefe samoano del que os hablé aquí, que supo, con una lúcida tristeza, describir hace un siglo los absurdos y peligros de esta civilización nuestra, enferma y cansada. Capaz de tantas cosas hermosas, sí. Pero enferma y cansada.

 

* La película O Palhaço, de Selton Mello, está en cartel en Brasil. Se puede ver el trailer aquí.

Nací en Extremadura, pero soy -también- madrileña. Periodista por vocación y convicción, llegué a América Latina en 2008, a esa ciudad caótica y fascinante que es São Paulo. Después de unos años entre samba y tango, me establecí en Buenos Aires, desde donde trabajo como 'freelance' y colaboro para medios como El Mundo y Le Monde Diplomatique. Aunque, cada vez más, apuesto por los proyectos independientes: la revista Números Rojos, la web Carro de Combate -dedicada al consumo responsable y la denuncia del trabajo esclavo- y, por supuesto, este Fronterad.   Afincada por fin en Buenos Aires, una ciudad que me cautivó desde mucho antes de visitarla, cuando se me mostraba desde las páginas de Julio Cortázar, sigo descubriendo este continente diverso y complejo, este continente con las venas abiertas que, sin embargo -o por eso mismo-, tiene tanto que enseñarle al mundo.