Cita a lo Bridget Jones

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Os acordáis de aquel post en el que relataba mis besos profundos con sicalíptico que luego fue incapaz de venirse a casa, después de haberme estado calentando una semana? ¿Aquel en el que yo contaba que lo peor no fue el calentón sino que había cambiado la funda nórdica, con lo que eso cuesta?

 

No. No soy rubia ni tan generosa en carnes (aunque en cuanto a formas tengo más en común con la Bellucci que con la filiforme Paltrow) como la prota que titula este post. La Bridget Jones, o la Renée, obviemos el tan largo e impronunciable apellido, de los años de la peli, no la que hemos visto últimamente en las redes sociales, que más parecía un señor con pelo largo que otra cosa. Anyway, al tema, que me voy por los cerros de Úbeda. Allí estaba yo, en un país foráneo (Portugal, no me imaginen en Australia), sin más compañía que unos buenos libros. Y me dije que puesto que las apps existen y parecen ser útiles (algunas más que otras), pues por qué no tirar de Tinder para quedar con alguien a tomar un café, una copa y ya se vería después. Que Tinder te la venden para hacer amigos (soy muyfan de los que se presentan “buscando una amistad”) pero todos sabemos lo que allí se cuece y lo que van buscando un 99% de los tíos y un 89% de las mujeres (los porcentajes no son míos, son de un estudio que me han pasado del CSIC).

 

Pues eso: que varios lusos, desconozco si de la mafia lusa o no (desde aquí un guiño a mi amiga @queendesert) me entraron de sopetón. Yo no daba abasto, a mi me china mucho esto de tener que responder a varios a la vez, porque soy muy simple y me lío. Y no solo me pasa a mi, que una vez un nadador (digo que sería nadador porque se presentaba a la humanidad con el atuendo de piscina en la foto) al tercer mensaje después de “hola, qué tal, qué guapa eres” me soltó: “¡Qué ganas tengo de correrme, ¿a qué hora llegas mañana?”. Tras lo cual yo deduje que no podía ser que tuviese ya ganas de correrse después de que yo le hubiera dicho “hola, muy bien, gracias”. Porque aunque me consta que mi verborrea tiene gran poder provocador, tanto, tanto… no. Así que el mozo se había confundido. Pobret.

 

En fin, que allí estaba yo intentando como podía responder a varias conversaciones al mismo tiempo: que si Nuno, que si Dinis, que si Alberto… Despertó mi interés este último, porque me dijo que trabajaba en el sector de perfumes. Y a mí el libro El perfume me gustó mucho y como soy muy soñadora me lo imaginaba siendo la nariz detrás de grandes fragancias. Y Alberto, que estaba muy bueno, me persiguió durante varios días para vernos. Nuestras agendas no encajaron hasta mi última noche en el país vecino. “Paso a buscarte por tu hotel a las 22.30. Espero estar despierto para entonces porque salí los dos días antes y ando medio muerto”, me dijo. Allí estaba yo, en la habitación del hotel pensando “coño, pues no haber salido tanto” y mirándome las piernas. Si, las piernas. Y aquí es donde viene lo de Bridget Jones: resulta que me había de viaje sin prever ningún encuentro amoroso porque, digamos, atravieso una fase de ignorancia hacia lo masculino (tranquilidad, que son breves). Por consiguiente iba sin depilar. No es que pareciese un Yeti, ni mucho menos, porque tras años de cera el vello es más bien escaso, pero hombre.. no estaba esa epidermis como para follar. Y eso que la luz de aquel hotel ayudaba, porque lo habían hecho tan íntimo que no se veía un burro a tres pasos, pero no estaba yo del todo segura. Así que se lo consulté a mi esteticista, mi amiga B, quien me echó la bronca, claro: “Que luego te vas a quejar aquí, que llevas tantos años haciéndote la cera”. Hasta que vio la foto del gachó y entonces, añadió (dixit): “Pásate la maquinilla echando hostias”.


Y eso hice yo, con todo el dolor de mi corazón y de mi bolsillo que tantos euros ha gastado en cera. Pero, ¿qué queréis? Había que estar preparada para en caso de, tener unas piernas de infarto.

 

De infarto sí… ¿Os acordáis de aquel post en el que relataba mis besos profundos con sicalíptico que luego fue incapaz de venirse a casa, después de haberme estado calentando una semana? ¿Aquel en el que yo contaba que lo peor no fue el calentón sino que había cambiado la funda nórdica, con lo que eso cuesta?

 

Pues lo mismo, pero sin funda nórdica. El puto Alberto, que ahora que estamos ya en este párrafo contaré que era un embaucador, un Francisco Nicolás luso, porque en realidad no trabajaba en perfumes sino haciendo ambientadores de pino para coches (¡puaj!) NO SE PRESENTÓ A LA CITA. ¿Lo podéis creer? Que yo llegué tarde media hora, admito, porque tenía una cena, pero él no se presentó ni dio noticias hasta el día siguiente en el que escribió varias veces pidiendo perdón y diciendo que se había dormido. Flashback: coño, solo doy con tipos que se quedan dormidos, y ni siqueira después de…. Gensanta, qué miedo.

 

Adivinaréis qué fue lo peor de todo: en efecto, lo peor no fue el plantón, porque este no había conseguido calentarme a pesar de todas las cosas que decía en los mensajes (que yo ya estoy vacunada contra los dedos calientes). Lo peor fue pasarse la maquinilla. Ya verás cómo le voy a maldecir al joputa cuando tenga que ir a hacerme la cera… 

Vengo de París, como casi todos los niños, y me he pasado la vida entre Francia y España (aunque me defino extremeña). Empecé escribiendo de economía en Capital pero tras ocho años en los mercados bursátiles, y demostrando ser de perfil arriesgado, me hice freelance. He colaborado con los principales medios de este país y escrito varios libros de sexo, el último, "Hola, sexo: anatomía de las citas online (Arcopress)". Este blog es a consumir sin moderación pero ¡tampoco te lo creas todo!