Ciudad del crimen: México DF

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La Ciudad de México, segunda más poblada del mundo después de Tokio, parece atravesar a últimas fechas por un periodo de violencia acentuada (desapariciones forzadas e incremento del índice de delitos violentos, patrimoniales y de secuestro y amenazas), cuando en realidad y desde décadas atrás ha sido un territorio sujeto a los usos del crimen organizado. 

 

Los gobiernos de izquierda en la capital mexicana, que datan sin interrupción desde 1997 hasta la actualidad, se propusieron realizar diversas acciones sustitutivas de la defensa efectiva de la ley y la procuración de la justicia con el fin de aparentar el control urbano al mismo tiempo que la criminalidad se incrementaba. Entre dichas acciones, hubo dos muy importantes para generar la idea de que la Ciudad de México, al contrario del resto del país, era un entorno pacífico y seguro: 1) convenios discrecionales con el crimen organizado; 2) “percepciones positivas” a través de propaganda e imagen acerca de la seguridad pública en la capital.

 

Dichas acciones, que  fueron vigentes hasta 2012, son las que ahora están en crisis, ya que la pugna entre los diversos cárteles por el mercado de las drogas y el resto de las industrias criminales (pandillerismo, extorsión, secuestro, tráfico y explotación de personas, criminalidad común, etcétera), comienza a rebasar a las autoridades de izquierda, que ven menguada su legitimidad ante la ciudadanía.

 

Hacia la década de los años ochenta, la Ciudad de México era gobernada como todo el país por el Partido Revolucionario Institucional (PRI). La Regencia de la capital establecía el control del crimen organizado y la delincuencia común mediante acuerdos y represión de los criminales que rompían estos acuerdos. Las corruptelas y los abusos policiales alcanzaron una relevancia legendaria en aquellos años.

 

En 1988, al intensificarse el reformismo gubernamental, el gobierno del PRI reconfiguró los acuerdos tradicionales con el crimen organizado, sobre todo, con el narcotráfico y, a cambio de dinero, se toleraron las operaciones del Cártel de Juárez, del Cártel del Golfo, del Cártel de Tijuana a lo largo y a lo ancho del país. En la Ciudad de México, y debido a su mayor poderío, el Cártel de Juárez mantuvo con el gobierno un pacto de exclusión de la violencia, al menos la de mayor impacto público.

 

Con la desaparición en 1997 de Amado Carrillo Fuentes, El Señor de los Cielos, jefe del Cártel de Juárez, las pugnas al interior y fuera de este grupo criminal erosionaron poco a poco aquel pacto. Y si el Cártel de Juárez prolongó cierta vigencia en la capital del país, sobre todo, por los negocios del lavado de dinero con políticos y empresarios, al paso del tiempo cobraron protagonismo dos de sus desprendimientos: Joaquín El Chapo Guzmán Loera y los hermanos Beltrán Leyva. A la fecha, y por razones históricas, tales son los grupos criminales de mayor influencia en la capital mexicana, que delegan en pandillas y grupos distintos. A ellos se han unido Los Zetas y La Familia Michoacana, que disputan el mercado de la droga capitalina y compiten por los nexos económico-políticos.

 

En estos años, como es obvio, el consumo de drogas en la Ciudad de México se ha incrementado, tanto como el auge de los delitos y un fenómeno correlativo debido a la ineficacia y corrupción institucionales: la impunidad absoluta de los delitos.

 

Durante el gobierno del ahora presidente Enrique Peña Nieto en el Estado de México (2005-2011), creció la presencia de los diversos cárteles de la droga en tal provincia contigua a la capital del país. Ahora, la violencia y la inseguridad que se multiplicaron allá en aquellos años, se expande ya a la Ciudad de México, y se detecta un modus operandi característico del narcotráfico: los asesinatos de extrema violencia contra mujeres jóvenes. Ayer, día de San Pablo, se halló el cuerpo de una joven en el paraje Valle de las Monjas, en el límite con el Estado de México.

 

El cadáver de la mujer de unos 25 años presentaba contusiones y tenía los pantalones y ropa interior arriba de las rodillas, por lo que las autoridades presumen que la víctima fue violada antes de fallecer. Horas después, se encontraron los restos descuartizados de otra mujer en la zona centro de la urbe, al lado de un narco-mensaje. Como dos décadas atrás en Ciudad Juárez, como años atrás en el Estado de México, como ha sucedido en muchas otras partes del país en tiempos recientes. Un pésimo presagio que cancela el triunfalismo de Peña Nieto y las simulaciones del gobierno de la Ciudad de México. 

Sergio González Rodríguez (Ciudad de México). Estudió Letras Modernas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Es narrador y ensayista. Ha sido músico de rock, editor de libros y suplementos culturales y profesor en estudios de postgrado. Desde 1993 es consejero editorial y columnista del diario Reforma y del suplemento cultural El Angel. En 1992 fue Premio Anagrama de Ensayo (finalista ex aequo) en Barcelona, España, con la obra El centauro en el paisaje, y en 1995 recibió el Premio Nacional de Periodismo Cultural Fernando Benítez. Dos veces ha sido becario de la Fundación Rockefeller. Autor de diversos libros, en 2002 publicó su relato sobre violencia, narcotráfico y asesinatos contra mujeres en la frontera de México y Estados Unidos titulado Huesos en el desierto, que fue finalista del Premio Internacional de Reportaje Literario Lettre/Ulysses 2003 en Alemania, obra que se ha traducido al italiano y al francés. En 2004 publicó la nouvelle El plan Schreber, en 2005 una novela titulada La pandilla cósmica y en 2006 su ensayo narrativo De sangre y de sol. En 2008 publicó su novela El vuelo y en 2009 su crónica-ensayo sobre decapitaciones y usos rituales de la violencia El hombre sin cabeza, ya traducida al francés. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte de México.