Combaleciente

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Combaleciente


Queridos amigos y fronterizos todos. La semana pasada sufrí un accindecente que me condujo, en ambulancia, una semana al inhospital. Pequeño percance doméstico: abrir un armario del que cae una cazuela, dos sartenes y una zapatilla. Afortunadamente no me golpeó nada, pero al agacharme a recoger los bártulos ¡zasca! latigazo en la espalda.

 

   Tres horas tumbado en el suelo dan para más de lo que uno cree. Por ejemplo, pensar en puertas transparentes para los armarios.

 

   – «Podría bajar la sirena, por favor, me da dolor de cabeza».
   – «¿Lo suyo no es un tirón en la espalda?»
   – …

 

   Llegamos y dos camilleros, que esperaban su alternativa, me llevaron a urgencias. La sala estaba abarrotada, así que me pusieron en una mesa camilla al lado de la consulta del cinecólogo. Por cierto, un tipo muy simpático con el que estuve hablando largo rato sobre las películas que le contaban su pacientes.

 

   Los únicos calmantes que me proporcionaron fueron las palabras de celadores y enfermeros que pasaban por allí pidiendo paciencia.
Por fin en planta. La cena, aunque más bien parecía uno de esos exámenes psicológicos de ‘Continúa la serie lógica’. Cuenquito de sopa – pescadilla hervida – plátano. Pues la sucesión lógica es: sopa – pescadilla – plátano – morir de hambre.

 

   Ahora me queda lo más difícil, la rehabilitación, que estoy enganchado a cuatro medicamentos porque todos sabemos que lo mejor para curar el lum-vago es tirarse a la bartola.

 



Si tuviera un título noveliario sería de suspense o de humor y si pudiera viejar me gustaría llegar a los 90 con buena salud. Mi madre siempre me regañaba por ser un optimista, no por ver el vaso medio lleno o medio vacío, sino por creer que podía beber directamente de la botella. También desde pequeño empecé a desarrollar el gusto por la música, ya que carezco de oído y tacto para tocar cualquier instrumento. Me confieso disléxico habitual, de los que van al cine a leer y devora los bocadillos de los cómics. Así que, bienavenidos a este viaje en blogo porque la realidad que nos rodea es diferente según el cristal con el que se mira, pero quizá, haciendo la vista gorda, podamos verla sin cristal. Por tanto, lo que nos queda es tomarnos la vida con mucho rumor, que la certeza absoluta nunca la vamos a tener e, iluminados por la lámpara del genio, veamos las coincidencias y las coinfusiones cotidianas. Que ustedes lo pacen bien.