Come on Lebanon

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La voz de Joy Malcolm, la cantante que lleva Moby en su gira, te envuelve con su potencia, animando con espíritu playero a los presentes con un “come on Lebanon”. A lo lejos, unos espectaculares fuegos artificiales iluminan la noche nublada, celebrando el degollamiento o la ira divina de cualquier capítulo de la Biblia.  Biblos, el eterno Biblos, celebra su festival de verano con un escenario situado en el mejor de los lugares posible: el viejo puerto. Los espectadores saltan sobre unas gradas incrustadas entre las rocas del mar. Los cañones de luz apenas logran iluminar al artista, los que los manejan también están pegando brincos. Es un milagro que no se vaya todo el armatoste abajo. Sólo faltan un par de planeadoras judías encallando en la arena para tener la fiesta completa.

 

La mitad del público, al más puro estilo libanés, está ocupando sus sitios cuando el concierto comienza con 50 minutos de retraso. Todos ellos adolecen de un problema de identidad, parece que Moby también que ya no sabe si dar las gracias en árabe, inglés o francés. “Because it’s such a beautiful night,” dice el cantante dirigiendo su cámara hacia la entregada multitud, “I want to take a photo.”

 

Moby me ha gustado de siempre, después de verlo en directo muchísimo más. Es un placer viajar de noche en coche escuchando esa música melódica electrónica, ideal “para ciudades desiertas a la dos de la mañana”, como dice él. Quizá, por pura casualidad, le dedica una canción tan bonita y extraña como “Porcelain” a ese Líbano que visita por primera vez. Desde la grada se ven las luces de la costa extendiéndose hasta donde alcanza la vista. La humedad, la brisa marina, el cielo abierto, la antigua mansión frente al mar perfilada por un resplandor tenebroso, las piedras macizas del puerto, salir, desprenderse, dejar atrás eso que llaman uno mismo, embarcado en el momento en un inmenso trocito de felicidad.

 

No, no me drogo. Aún no lo necesito de verdad.