Comentario sobre ‘El placer del viajero’, de Ian McEwan

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Uno de mis directores de cine favoritos es Paul Schrader. Su octava película está basada en la segunda novela de Ian McEwan. Ambas obras son muy parecidas. El estadounidense logra recrear la atmósfera creada por el británico, la asfixia de Venecia para los viajeros, callejones, atajos, la playa del Lido y el mar abierto donde sienten liberación. Muestran con detalle y profundidad la relación de la pareja, el personaje de Robert, el puñetazo en el estómago dentro del viejo palacio, el cuerpo tendido, el pelo mal colocado. Al leer: las imágenes surgen de la película vista: Colin es el Colin del cine, Mary también, el hotel, el bar de vinos y pan: el lugar que nunca menciona el escritor es la Venecia que filmó el director. Ambos tuvieron que estar allí, caminar mucho, ver.

Uno con los ojos, otro con las palabras.

Venecia, para mí, es la ciudad más impresionante de Europa. Por su belleza, el agua, el cementerio de la isla, la lengua de tierra recorrida por el tren de Trenitalia, el barrio judío, por sus millones de turistas, su prohibición de quitarse la camiseta, sus WCs a 6 euros y escondidas cafeterías donde tomar un expresso a 1.10, la cárcel donde se escucha a los presos jugar el tenis de mesa, su equipo de fútbol, supermercados pequeños donde comprar ciruelas y bocadillos, Calle della Morte, Calle de la Vida, Calle del Forno, calles sin aparente salida, gatos por los tejados, gatos en los bancos ronroneando. Ahora que Venecia está lejos vuelvo a ver la película y releer el libro, en ese orden. Volveré allí con la visión de ambos. Me los imagino hablando en un bar, dos cafés, sobre cómo grabar y cómo escribir.

Schrader logra mostrar lo que McEwan pudo imaginar.

McEwan revela lo que los personajes (actores) pudieron callar.

Le diría el británico: ¿Cómo grabarías el siguiente fragmento? Había resultado que la atestada y caótica ciudad escondía una burocracia floreciente y complicada, una oculta disposición de departamentos gubernativos con funciones separadas pero superpuestas, regidos por normas y jerarquías diferentes; unas puertas sencillas, en calles por las que Mary y Colin habían pasado muchas veces, no conducían a viviendas particulares, sino a salas de espera vacías y a despachos estrechos.

Pudo contestar (café casi acabado): Con los policías italianos hablando en inglés, con mucho acento, y la canción final de Angelo Badalamenti.

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