Comentarios a la sociedad de control (y 3)

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V

 

Aunque Deleuze no lo hace expresamente, es fácil relacionar la potencia de este “poder-juego” (Foucault) con la fascinación que ejerce la imagen. Es en sí misma un genial simulacro de fusión, integrando lo que fue previamente fragmentado. Multiplicando las paredes, la corriente de imágenes nos protege de lo real, lo inimaginable que resiste, aquella zona desde la cual podríamos ejercer una fuerza. Para desactivar esa posibilidad, una imagen lleva a otra, hace guiños a otras mil. Es el movimiento coagulado en sucesivos instantes decisivos de una publicidad que, en el fondo, sólo publicita la velocidad de escape que es nuestra historia. Fluencia continuamente subtitulada, la imagen soporta el entretenimiento abierto del control. Se trata de un sueño de separación laminar –teñido de cercanía- que ahorra todas las paredes y derriba cualquier muro. Sería divertido analizar cómo en su momento esta lava proteica derritió los muros del Este.

 

Mientras tanto, la rivalidad interminable de la in-formación permanente implica también que uno es rival de sí mismo, pues la competencia atraviesa al propio sujeto. El hombre podría ver, si aún tuviera ojos para esto, cómo su identidad se aparta cada vez más de su existencia. De manera que este poder-surf casi invisible consigue la cuadratura del círculo: hacer del individuo, en principio indivisible, algo dividual.

 

La metamorfosis se ha cumplido y ya no podemos localizar el insecto que somos. De ahí la furia del ciudadano-consumidor hacia todo lo que recuerde lo que pervive en él en estado larvario, sin posible realización. De ahí el lugar ambiguo del extranjero, en un planeta donde ya todos los somos, pues hemos sido desarraigados de nuestro humus vital para poder estar permanentemente en antena. Cuando el poder se hace cargo de la misma vida, y la materia prima del sistema productivo es la humanidad, la vida se divide. El afuera pasa adentro en el interior del mismo hombre, de ahí su oscilación entre una lasitud catatónica y los estallidos de euforia o de furia.

 

La neurosis de la vida sana es nuestra enfermedad social preventiva. En la nueva medicina, recuerda Deleuze en el Postscriptum, ya no hay médicos de un lado y enfermos de otro, sino que todos somos enfermos potenciales localizados en distintos grupos de riesgo. Y debemos convivir con dolencias crónicas, que la estadística adelanta eliminando cualquier relación intuitiva con el cuerpo. La relación entre infinitud numérica y clausura real también cumple aquí su designio.

 

Por lo demás, dado que la interacción de un control continuamente deformable no nos permite ninguna distancia con el cuerpo sin órganos de la sociedad, por ninguna parte rozamos un referente real. Todo es superestructura, de ahí que las ideologías cuenten poco. La base de esta convergencia centrista de derecha e izquierda, que tantas frustraciones genera, es la potencia móvil de una separación que abraza los cuerpos, de una alienación que se convierte en espectáculo y genera seguidores.

 

Deleuze no llega tan lejos, pero los sindicatos no sólo estarían obsoletos por la dispersión terciaria, por la disolución de los grandes encuadramientos de clase, sino por el colaboracionismo de los trabajadores con las ilusiones de “clase media”, esta magia blanca de la neutralización económica, la simbiosis entre aislamiento y conexión, desarraigo y circulación. Necesitamos un accidente exterior que nos arranque del encierro global, de este adormecimiento incestuoso. Lo que en general llamamos crisis es todavía un temor informativo, un “accidente” interno, un peligro gestionado por el control.  

 

Deleuze, el hombre que un día decidió  morir, antes defendió la necesidad de pensar con “lo más atrasado” de nosotros mismos. En este maravilloso documento de nuestra zozobra diaria se muestra muy próximo a Nietzsche y muy alejado de Marx. En el Postscriptum ni se habla de democracia, tampoco de economía, como si la clave de la gobernanza contemporánea fuese el simple fetichismo de la movilidad, una religión circulatoria que –sin doctrina alguna- sólo necesita que abandonemos la existencia, el compromiso moral con nuestra raíz no elegida.

 

Oscilando del viejo valle de lágrimas a esta radiante cumbre de risas, el control no es peor ni mejor que la disciplina. Cada época tiene una plaga que vierte sobre las espaldas del hombre, una violencia que intenta encauzar a los pueblos. No hay lugar para el pesimismo o el optimismo, dice Deleuze, apenas tenemos tiempo para buscar otras armas. ¿Cuáles? Sólo se nos dan pistas. No hay en el Postscriptum ninguna referencia a la lucha de clases, tampoco a ninguna clase elegida. Más bien al contrario, Deleuze no deja de insistir en que el capitalismo y la resistencia “de concentración” han muerto a manos de la dispersión, un poder que es “abierto” porque se cierra en cada punto donde la vida palpita.

 

La lucha contra la “raza descarada de nuestros dueños” estaría deprimida a manos de una mediación infinita que divide a cada uno por dentro, separando en nosotros lo que hubiera de proletario ontológico, de Dasein endeudado con la pobreza. Esta sería hoy la apoyatura metafísica del capitalismo, prolongando la labor “revolucionaria” que la burguesía llevó a cabo, esa liquidación mundial que tanto fascinaba a Marx. Cuando el primer círculo de La insurrección que viene vuelve sobre esta cuestión del apartheid sobre cada existencia, a manos de la identificación, no esta más que desarrollando este control deleuziano, que después vuelve en Agamben y Badiou.

 

 

VI


¿Cómo liberarse del control, de un poder social que te sigue como una sombra, que desea tus ondas y que seas feliz? Quiere ser fan de ti y le gustaría pegarse a tu piel. “I am what I am”: mi música, mi ropa, mis estudios, mi corte de pelo, mi perfil, mi piso, mis historias de amor… La expresión constante se adelanta a la percepción y la desactiva, liberándonos de la necesidad de pararse y pensar, de escuchar y sentir. Vivimos casados con nuestra propia imagen, acoplados a una identidad móvil que nos separa minuto a minuto de la existencia, soltando el lastre de lo que haya de difícil, inamovible y antiguo en ella.

 

Esta universal invitación a “movilizarnos”, que empieza en el plano perceptivo, es una constante orden de alejamiento de la cercanía, de su ambigüedad irreal. Tal es la ideología incrustada en las tecnologías, la gran oferta política que las hace arrolladoras. El entorno vibrante nos obliga a una constante respuesta, una frenética emisión de mensajes que ahorra el peso de vivir, sin cobertura ni subtítulos.

 

Expresarse, impactar, ser divertido, estar al día, ser popular. Nadie echa de menos a un desconocido y esto, ser desconocido, no es hoy fácilmente soportable. Nos haría falta una tecnología para el “comunismo” de la condición mortal, para encontrar lo común en lo que nos abisma. De ahí esta histerización del contacto, un simulacro de acumulación que debe librarnos del vacío, la finitud real que vivimos como un desierto. La euforia social es la cara externa del pesimismo vital.

 

Si hay salida, comienza por aceptar un mapa de la trampa, tan multiforme y extensa como el horizonte que nos cerca. La única salida pasa por ver, frente a la vida mortal, esta prisión de paredes móviles que llamamos sociedad. No estaríamos lejos entonces de la idea de Heidegger de practicar un y un no simultáneos frente al orden de la técnica. Simultáneos, porque la afirmación y la negación son pronunciados en distintos planos, aunque coexistan: el devenir y la historia, el acontecimiento y la situación, el tiempo de la vida y la cronología que se multiplica en pantallas. Es necesario obedecer a dos amos a la vez, pero uno de ellos es sólo lo que el primero ha forzosamente olvidado.

 

Lo moral, lo político es ingresar en el corazón de las situaciones para preparar algo parecido a lo que estaba en la estrategia estoica, una subversión por aceptación. Cada una de nuestras diarias escenas de sumisión está separada por una delgada lámina de su posible liberación. Todo depende de cómo asumamos nuestro decorado, cómo nos atrevamos a habitarlo, pues una pequeña variación tonal puede convertir lo que parece el infierno en un limbo respirable. Ello exige que logremos dentro de nosotros –un adentro que es lo más lejano- un enemigo superior a la amenaza política y visible del exterior. Sólo así la pesadilla que es la historia será un juguete en manos de la primera propiedad de cualquiera, el peligro de vivir.

 

Fausto vende su alma porque no quiere dudar. Tener alma es tener en la duda el método; en la angustia, el gimnasio. Esto no implica refugiarse en el individualismo, sino lograr una individuación –necesariamente contingente, siempre necesitada de la presión de lo intolerable- que potencie por fuera nuevas formas de comunidad. Formas necesariamente provisionales, tan inestables como lo es el milagro del encuentro.

 

Tenemos dos manos, dos hemisferios cerebrales. Con un lado es inevitable pactar con las tonterías de la época, el canon de la visibilidad y el reconocimiento. Con el otro lado, si queremos sobrevivir a esta multiplicación cancerígena, debemos volver a ser invisibles, aprender el silencio y la desaparición, el hecho inevitable de –en algún día crucial- no ser reconocidos. Sobre esta necesaria desaparición, precisamente en los momentos capitales, habla también el Postscriptum.

 

Deleuze recuerda que el topo era una de las figuras de resistencia en los viejos espacios de encierro. Lento, paciente, ciego e intuitivo, el topo encontraba siempre una galería para minar el suelo que le aprisionaba y traspasar los muros de las sucesivas disciplinas. Pero hoy se nos empuja a “movilizarnos” por todas partes. La cuestión es entonces cómo encontrar una velocidad que conecte con la lentitud que nos falta; una rapidez que sea más alta que la de este entorno automatizado y nos permita regresar a una vida análoga de su vértigo.

 

Una velocidad que vuelva al ser lento que somos, a esa coreografía de los afectos, la percepción, el pensamiento y su secreto. En Mil mesetas Deleuze recuerda que los nómadas son los que se aferran a una “región central” que no tiene cabida en ningún sitio.

 

Frente al topo, la serpiente es ágil. Ante todo, ha de ser capaz de estar quieta, de desaparecer por su simple manera de estar ahí, camuflada con los colores de una escena. A diferencia de la tabla de surf, la serpiente puede ser ágil y brillante, pero también aquietarse y desaparecer, sumergirse bajo las superficies. Sabemos por algunas técnicas orientales que existe un cierto tipo de reposo y concentración capaz de la más alta velocidad. No en vano Nietzsche ponía en el anillo del águila y la serpiente la figura más alta del conocimiento. La jovialidad del mediodía nacía de atravesar el corazón mismo de la tragedia.

 

En medio de esta luminosa organización de la ceguera nunca ha sido más fácil ser invisible. La dificultad estriba en que hoy, más que nunca, dan miedo las sombras, las habitaciones o los campos vacíos, la soledad de los márgenes. Todo lo durmiente, lo que está solo, es potencialmente terrorista, pues no somos capaces de ver la vegetación que hay en el desierto. Somos así prisioneros de esta malla proteica, al preferir una consensuada neutralización frente a la soledad de los márgenes, al “atraso” de no tener cobertura.

 

Bajo este perpetuo verano de la juventud publicitaria, es necesario reinventar el poder de la desconexión, la ventura de no ser nadie. Reinventar, en esta época de transparencia total y espectáculo continuo, una nueva clandestinidad. Tal vez la mujer tiene esa sabiduría dentro, esa “humildad” para desdoblarse y actuar a tres bandas. El drama del hombre, siempre casado con su imagen narcisista, es que le falta esa tecnología, analógica del espectro real.

 

Sin el desdoblamiento de tal “hipocresía”, sin ser espías del otro tiempo que palpita dentro de esta imperial cronología, ¿cómo escapar de un poder social que es tan fluido como nuestras vidas? El autoritarismo de los clásicos espacios disciplinarios nos hacía la rebelión relativamente fácil y comprensible. Esta envoltura atronadora del Estado-mercado amenaza con convertirnos en un nudo de la red. Simples consumidores de movilidad y alternativas. Logo tras logo, marca tras marca, somos prisioneros de la reproducción, por radicales que sean nuestras alternativas de culto.

 

No hay ninguna posibilidad para la serpiente, un ser más ágil que el deslizamiento que nos ha colonizado, si al mismo tiempo no somos más lentos; capaces incluso de regresar y permanecer inmóviles, descansando en el enigma que no tiene imagen. Desaparecer, camuflarse, devenir imperceptible. Ser capaz de estar a solas con tu penumbra, con el veneno de tu diferencia y tus miedos. Ser serpiente exige incluso mudar de piel, apartarnos del afán de reconocimiento, de los clichés que pretenden protegernos.

 

Otra metafísica, capaz de aceptar una mortal existencia sin empleo social, es urgente para que pueda haber otra política. Tal viraje de la subjetividad occidental, hacia lo impolítico de la tierra, permite conectar con el mundo antropológico de la pobreza, esos “pueblos sin historia” que hasta ayer nuestro progresismo despreció, con muy distintas ideologías. Apostar por esa multitud bárbara e inmoral, que de vez en cuando irrumpe en nuestra sensibilidad, exige atreverse a pensar según la zona de sombra de nuestro suelo. Es la única manera de conectar con una humanidad libre del racismo de la movilidad.

 

Debemos aprender a camuflarnos en un poder que se ha confundido con nuestra piel. De Juan de la Cruz a Tiqqun, una vieja sabiduría nos recuerda que para ser libres hay que atarse, dejarse atravesar. Pensamos y somos libres desde nuestro atraso, desde un irremediable fondo de subdesarrollo. Necesitamos héroes que obedezcan a una heteronomía anterior a toda autonomía.

 

Necesitamos un ascetismo versátil, la agilidad de un platonismo de lo múltiple, que atraviese una a una las mil situaciones que nos cercan. Lograr tal ascesis en cada punto de abundancia, en la misma dispersión móvil que nos transporta y nos expropia, requiere un taoísmo de la violencia, una fortaleza infraleve. Solamente una espiritualidad inmanente será capaz de ingresar en la médula de las situaciones y despertar el devenir de cualquier historia, el acontecimiento de cada situación.

 

Menos es más, pues logra captar el sentido del mundo bajo su línea de flotación, antes de que cuaje en signo y se convierta en otro medio. La serpiente reinventa una “alta mar” en cada puerto, una velocidad que puede descansar y concentrarse en el nuevo sedentarismo, en su cultura de masas. Pero esta “anarquía coronada” supone resucitar algo que nos da miedo, no una espiritualidad interior y privada, sino política, capaz de mezclarse.

 

Tal vez Foucault y Deleuze sólo barruntaron este viraje de la lucha y del guerrero, este paso del león al niño. ¿Eran todavía demasiado “marxistas” para asistir a este giro, a esta orientación práctica e infranalógica del pensamiento, al oriente que espera bajo nuestra enorme urbanización? Quizás los dos amigos estuvieron todavía ilusionados con la política y un resto de la metafísica de oposiciones; en suma, con Hegel y lo que Simone Weil llama “la superstición de la cronología”. Si es cierto que Foucault, al decir de Deleuze, “odiaba los retornos”, los dos tuvieron un problema con la vida que no cambia, un límite que nosotros debemos traspasar.

 

Lo que nos puede volver a otorgar independencia es una buena relación con el desierto, con la protección que brinda la intemperie. Sólo un fondo de disciplina, una disciplina del sigilo que recupere la violencia de la que hemos sido expropiados, puede contrarrestar la violencia flexible de la que somos objeto. Es necesario aliar un epicureísmo de los sentidos con un estoicismo del pensamiento, una piedad afectiva con una dureza intelectual de la distancia. Reinventar un nuevo ascetismo, un rodeo salvaje sobre sí mismo a través del desierto. Ser nómadas otra vez para escapar de este sedentarismo del cambio programado.

 

 

Ignacio Castro Rey. Madrid, 16 de junio de 2013

 

 

 

* “Post-scriptum sobre las sociedades de control”. El texto fue publicado en L’Autre Journal, nº 1, en mayo de 1990. En España cierra el precioso volumen de artículos y entrevistas llamado Conversaciones (Pre-Textos, Valencia, 1995). Estos comentarios han surgido de la lectura privada y pública de ese texto a lo largo de años, más los debates del Seminario Nietzsche-Tiqqun de esta primavera en la Facultad de Filosofía de la UAM y el encuentro Milestone Project de Girona. Gracias desde aquí a todos los organizadores y participantes.

Ignacio Castro Rey es doctor en filosofía y reside en Madrid, donde ejerce de ensayista, crítico y profesor. Siguiendo una línea de sombra que va de Nietzsche a Agamben, de Baudrillard a Sokurov, Castro escribe en distintos medios sobre filosofía, cine, política y arte contemporáneo. Ha pronunciado conferencias en el Estado y en diversas universidades extranjeras. Como gestor cultural ha dirigido cursos en numerosas instituciones, con la publicación posterior de siete volúmenes colectivos. Entre sus libros últimos cabe destacar: Votos de riqueza (Madrid, 2007), Roxe de Sebes (A Coruña, 2011) y La depresión informativa del sujeto (Buenos Aires, 2011), Roxe de sebes (Fronterad, 2016), Ética del desorden (Pretextos, 2017). Acaba de publicar Sociedad y barbarie, un ensayo sobre los límites de la antropología en Marx.