Comer y comer y comer

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Las mismas luces de siempre, las mismas calles, las mismas golosinas en el semáforo, los mismos baches, las mismas puertas cerradas. Osvaldo volvió a su casa y levantó la tapa de la notebook. Como no estaba de humor para chatear, solamente leyó tres noticias en las que aleatoriamente se detuvo su mirada: “Un nuevo sismo financiero sacude Europa”, “Las ventajas de tomar jugo de remolacha por la noche” y “Una auténtica tribu al desnudo: entrevista exclusiva con el gerente administrativo del pueblo más antiguo de América”. Apagó la computadora, se puso un buzo azul, fue al patio y encendió un cigarrillo barato.

 

Ni bien salió vio una estrella fugaz, tan huidiza que duró lo que medio estornudo. La luna estaba sola, sin su séquito permanente, y se la notaba algo pálida. Él terminó otro cartucho de tabaco, comió el último chicle sabor tutti fruti que le quedaba, se sacó los zapatos y se acostó en el pasto que olía a recién cortado. Tenía la vista perdida en la fiesta privada de los insectos del alumbrado público.

 

Al rato cruzó las piernas, se puso las manos debajo de la cabeza y comenzó a silbar una melodía triste que se perdía entre los eucaliptus gigantes del fondo de su casa. Ese aroma mentolado le hacía acordar a cuando pasaba las vacaciones de verano en la casona de su abuela materna, la auténtica razón por la que se había decidido a comprar el terreno.

 

—Están bastante añejos, señor. ¿No le parece? —le había dicho el vendedor en esa oportunidad.

 

—No. Me gustan así.

 

—Hace tiempo que tenemos pensado sacarlos a la calle —continuaba el hombre, con las manos apoyadas en uno de los troncos—, porque sabemos que pueden ser muy peligrosos.

 

—Insisto. Los prefiero así y asumo los riesgos —fue su respuesta final.

 

De nuevo en el presente, cuando sintió el zumbido del quinto mosquito, o la cuarta vuelta que realizaba el mismo insecto —tan sanguinario—, puso fin a ese momento de armonía con la naturaleza; el ser humano, tarde o temprano, lleva las de perder.

 

—¡Estos bichos chupasangre!

 

Caminó descalzo, cruzó la sala y llegó a la cocina, donde el gato de su esposa le salió al encuentro y le acarició las piernas suavemente con la cola. A él no le gustaban los felinos; sí, en cambio, los perros o las lechuzas. En los últimos dos años no había tenido suerte con las mascotas: o se morían o se escapaban. Incluso una tortuga que tenía desde hacía seis años se le había perdido, aunque más bien se trataba de una “hibernación por tiempo indeterminado”, como bromeaba uno de sus mejores amigos.

 

La luz de la heladera parpadeaba. Había restos de queso, un sachet de mayonesa, una lata de sardinas y un par de remolachas. Se rascó cerca de la nuca y bajó la licuadora del estante mientras pensaba en el alboroto que su esposa hacía cuando la usaba, pero no le importó que ella durmiera. Cuando las dos verduras fueron destrozadas por las aspas mecánicas —un clarísimo ejemplo de voz pasiva—, tomó un vaso del líquido rojo y caminó en la oscuridad hasta la escalera de madera. Comenzó a subirla, aunque en el tercer escalón se arrepintió: todavía no tenía sueño.

 

Entonces fue al baño, una habitación mediana de paredes blancas y sin grandes decoraciones, donde se lavó la cara y notó que tenía los ojos rojos.

 

 

*          *          *

 

 

En la biblioteca del living, apenas iluminado por las luces de la calle, tanteó el estante más alto y sacó la caja que estaba entre unos polvorientos libros de física y equinoterapia. Se sentó sobre la alfombra, como todas las noches, y distinguió un bombón con almendras por el destello plateado del envoltorio. El orden posterior fue: chocolate blanco, bombón de menta, coco, miel, chocolate con leche, uno que no supo de qué gusto era, almendra una vez más, chocolate semiamargo y uno más de coco, que siempre había sido su favorito. Así, varias veces.

 

Cerca de las tres, horario en el que alcanzó su límite de azúcares, un grupo de jóvenes que pasaba en auto hizo estallar una botella de vidrio contra la vereda, a metros de su casa. Quince minutos más tarde resonaron a lo lejos los caños de escape de, por lo menos, tres motos y se dijo a sí mismo que era señal de que ya debía ir a hacer la digestión en sentido horizontal.

 

 

*          *          *

 

 

Primero se sentó y después se acostó en el lado de la cama que le correspondía, en el quedaba. Su esposa estaba de costado y dormía como un bebé: como un bebé que ronca fuerte y rítmicamente. El reloj digital funcionaba en silencio y de fondo se escuchaba el croar de unas ranas.

 

“Era la última caja de bombones”, pensaba mientras acomodaba su almohada vieja. “Mañana tengo que ir sí o sí, digo hoy, por la mañana”, dijo en voz baja y se acostó. La besó en el hombro izquierdo y luego la abrazó. “Hoy tengo que ir sí o sí¸ porque era la última”, repitió dos o tres veces; ella, en tanto, seguía roncando entusiasmada.

 

Antes de dejarse dominar por el sueño, volvió a rascarse cerca de la nuca y enseguida comenzó a soñar que compraba siete cajas de chocolates en un bodegón multicolor de un país lejano:

 

—Están bastante añejos, señor. ¿No le parece? —le preguntaba el vendedor.

 

—No. Me gustan así.

 

—Hace tiempo que tenemos pensado sacarlos a la calle, porque sabemos que pueden ser muy peligrosos.

 

—Insisto. Los prefiero así y asumo los riesgos —fue su respuesta final.