¡Como el agua corrimos!

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Confié en la serpiente y me traicionó… 

Ella me había dicho que no moriríamos,

que si comíamos de ese árbol seríamos como dioses,

conocedores del bien y del mal.

Desafortunadamente, ambos comimos.

¿No, mi amor?

 

 

 

 

Magdalena y Alberto fueron a la ciudad paraguaya de Itacurubí de la Cordillera para visitar a karai1 Mauro, un amigo de la juventud con el que habían perdido contacto hacía veinte años, tras haberse ido a vivir al extranjero. Los acompañaban dos de sus hijos, Juan y Cecilia; Sofía, una tortuga bebé; y Felipe, un sobrino local, que unas horas atrás había recibido la invitación de acompañarlos. La radio indicaba 42 grados de temperatura; no mentía.

 

—¿Cómo pa se enteraron que vivimos acá? —fue una de las primeras preguntas de Mauro, emocionado—. Pasen, pasen, vamos na a tomar tereré.

 

El tereré es una infusión de agua con hielo y algunos yuyos que se toma en un vaso, llamado mate o guampa, que contiene yerba mate y una bombilla metálica. Karai Mauro se sacó el sombrero rústico y dejó ver una cabeza canosa, cuyos pobladores ya comenzaban a emigrar, aunque sin desesperación.

 

—No se van a ir tan rápido, ¿o sí? —sugirió ña Paula, la esposa de Mauro, de trenzas y piel morena.

 

Instalados a la vera de la ruta 2, tenían un puesto de comidas no tan rápidas, sino más bien hechas despacio, durante la madrugada. El copetín, descanso de los viajeros, abría sus puertas poco antes de las seis de la mañana y contaba con la entrada a uno de los balnearios de la zona, duchas, arboleda, canchas de voley y parrillas.

 

Los principales atractivos del lugar eran el puente colgante que cruzaba el arroyo Yhaguy2, que dicen que en algún momento desemboca en el río Paraguay, y una gruta formada por rocas, llamada Ita Coty3, de la que emana levemente agua fresca que se pierde con disimulo por caminos silenciosos.

 

 

1 En guaraní, karai significa “don”, “señor”, y se pronuncia “karaí”. Ña significa “doña”.

2 Literalmente, “agua bajo sombra”. De muy difícil pronunciación.

3 Una traducción posible sería “habitación de piedra”.

 

 

*          *          *

 

 

Itacurubí de la Cordillera está a 88 kilómetros de Asunción, la capital del Paraguay, y se llega por vías sinuosas —tan características de los accesos guaraníes, abiertos entre la vegetación subtropical y el terreno rocoso.

 

El agua del arroyo era cristalina y fresca, y a Juan y Felipe, los primos adolescentes, en la parte más honda les llegaba casi a la cintura. En la orilla, los árboles crecían en gran número, dando sombra sobre la arena amarillenta y las piedras del fondo. Mientras tanto, los adultos conversaban:

 

—¿Por qué vinieron hasta acá?

 

—Pasa el tiempo y uno extraña.

 

—Ustedes dos siempre tuvieron un espíritu viajero, ¿eh?

 

—Sí, eso también.

 

—¿Saben? Yo siempre dije que íbamos a volver a encontrarnos…

 

A metros de ellos, Sofía, que visitaba por primera vez un arroyo, se esmeraba por inspeccionar cada rama, cada hoja y cada insecto. Claro que después de darse cuenta de que las hormigas picaban, no quiso saber más nada de ellas.

 

—¡Soy turista! —gritó.

 

Pero las tortugas no saben que las hormigas no cuidan a los turistas.

 

 

*          *          *

 

 

Luego de llenar el estómago con empanadas de carne hechas a la sartén, mandioca hervida y varios vasos de gaseosa multinacional sabor guaraná —adaptaciones del capitalismo cuando coquetea con los gustos del territorio en el que aterriza—, se quedaron a la sombra. Cuando la comida sedimentó un poco, unos se zambulleron por segunda vez en el agua y otros, en conversaciones más profundas e intensas.

 

—¡Vayan a conocer la cueva! —les gritó más tarde karai Mauro a Juan y Felipe, señalándoles el camino.

 

Su voz sonaba ronca y cansada. Estaba sentado con las piernas cruzadas mientras su pie derecho jugaba con la tira de goma de la ojota4 que acababa de sacarse.

 

 

4 “Calzado a manera de sandalia”, como indica el diccionario de la Real Academia Española, aunque la afirmación de “y que todavía usan los campesinos de algunas regiones de América del Sur” no es del todo cierta, ya que su uso también se impuso en las grandes ciudades. En Paraguay, a las ojotas le dicen zapatillas.

 

 

*          *          *

 

 

Los muchachos, después de atravesar el curso de agua, encontraron envoltorios de comestibles y bebestibles sobre el pasto, y comenzaron a caminar debajo de los árboles, que se enredaban y por momentos ocultaban parte de la claridad. El sendero era pedregoso y ascendía levemente hasta llegar a unas gradas que formaban una explanada frente a la gruta, donde había un pasamanos de hierro, como si fuera un mirador.

 

Ita Coty era una cavidad húmeda de varios metros de profundidad horizontal, más ancha que alta, con el suelo y el “techo” siempre al mismo nivel, como si el constructor de ese gran bloque, con precisión asombrosa, hubiera quitado algunos de esos ladrillos. Por supuesto que estaríamos hablando de ladrillos gigantes.

 

Los dos jóvenes iban con el torso desnudo; Juan, además, con su cámara digital. Fueron hasta el fondo, donde había una ermita de la Virgen de Caacupé, la patrona del Paraguay.

 

—Parece como en las películas, cuando se el techo se te viene encima —comentó Juan, que no tenía necesidad de agacharse.

 

—¿Nunca estuviste en una cueva? —preguntó Felipe.

 

—No.

 

Juan sacó5 varias fotos antes de salir de allí, un lugar excesivamente húmedo.

 

 

5 En Argentina se dice “sacar” o “tomar” (más formal) una foto; en Paraguay, “quitar”; en Brasil, “tirar”; etcétera. Los lectores podrán contar sus propias versiones.

 

 

*          *          *

 

 

—¿Vamos hasta arriba? —preguntó su primo.

 

—¿Por dónde?

 

Felipe comenzó a buscar cómo subir hasta que encontró un camino de tierra y piedras. Por ahí llegaron, siempre agarrados de algún tronco para enfrentar la pendiente del terreno. Ya sobre una gran roca que cubría la cueva, a por lo menos treinta metros sobre el nivel del arroyo, sintieron un profundo silencio y una gran emoción. El movimiento de las hojas era imperceptible y algunos pájaros, a lo lejos, cantaban.

 

—Sacame una foto acá —dijo Juan y se acercó a la pendiente con sumo cuidado.

 

—No te vaya´ que na a caer, primo.

 

—Dale, que después te toca a vos.

 

—Yo te quito la foto nomás.

 

Después de varias tomas, una más intrépida que la otra, animó a Felipe a que también se acercara. De sólo mirar hacia abajo, le cambió la cara, pero tampoco quiso ser menos.

 

Alrededor de ellos todo era verde, fresco y frondoso.

 

—Después podemos venir a tomar tereré acá —dijo Juan, rascándose la oreja.

 

—Sí, es alto pero está muy tranquilo.

 

—Está mejor que ahí abajo.

 

Cuando se iban a sentar, Felipe escuchó un zumbido que duró medio segundo, se interrumpió y luego volvió a sentirlo.

 

Káva —murmuró.

 

—¿Qué?

 

Nde rasóre!6 ¡Atrás tuyo!

 

A un metro de Juan, decenas de káva pytâ o avispas coloradas empezaban a alejarse de su colmena para defender su territorio. Felipe vio una que se acercaba moviendo su aguijón, teledirigida a su torso desnudo, y la espantó con el brazo.

 

Seguramente nunca nadie como ellos descendió tan rápido ese circuito que hasta recién creían que los conducía al Edén. Llegaron a la orilla y respiraron tranquilos al comprobar que ninguna avispa los había perseguido, aunque sus corazones estaban por caerse al arroyo —de la adrenalina—. En la otra ribera, entre anécdotas alegres, los adultos compartían cerveza y queso de campo con miel silvestre; Cecilia, en cambio, jugaba con Sofía en la arena.

 

 

6 Expresión que se traduce como “¡qué bárbaro!”

 

 

*          *          *

 

 

Mientras Juan fue calladito a buscar la pelota de voley, Felipe tomó un poco de queso de campo, aunque prefirió dejar la miel para otro momento. Fue el primero que contó lo que les había pasado, y exclamó, en el clímax de su relato:

 

—Cuando vimos que estaban ahí, ¡como el agua corrimos!

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