Cómo era la anterior era teatral para Iria Márquez

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Porque está claro que acabamos de pasar una era teatral, en la que hemos crecido, nos hemos formado, hemos aprendido… Lo que venga a partir de ahora (¿julio? ¿septiembre?…) va a pertenecer a una nueva era teatral, en la que tendremos presente lo que acabamos de vivir, en la que tendremos presente nuestra vulnerabilidad como sector, y esperemos haber aprendido  de este cambio de era… Para recordar cómo fue, proponemos una serie de entrevistas breves sobre la era teatral que acabamos de dejar, siempre desde el cariño y los buenos recuerdos…

¿Puedes contarnos una anécdota que recuerdes con cariño de la anterior era teatral?
La verdad es que me gustaría contar dos, así que intentaré ser breve y voy con la primera. En septiembre de 2019, estrené en el Festival de Russafa Escénica de Valencia Un lugar al que ir, un texto mío cercano a la autoficción que habla sobre la inmigración en España en los años 60. Para ello me centré en mis padres, emigrantes, y creé una pieza con su historia real; grabé sus voces, recuperé sus materiales en video de la época y dramaticé escenas que he vivido y oído toda mi vida en casa. Es una locura poner ante los ojos de muchos sus nombres, vida privada y anécdotas alegres o muy dolorosas. El proceso de preparación en soledad fue muy enriquecedor pero cuando fui a estrenar me di cuenta de que no quería que vieran la obra tal y como estaba aún. Era muy violento para todos y, sin decirlo directamente, les mostré con insistencia mi voluntad de que no vinieran. Dado que vivimos a 400 kilómetros, estaba tranquila sin contar para nada con su presencia. Salí a escena, fui a decir mis primeras palabras, bajé la vista y allí estaba mi familia quieta, expectante y sonriente. Hubo un silencio largo. Quise huir pero lógicamente no pude así que empecé a soltar palabras temblando mientras se me caían involuntariamente las lágrimas. Aún no sé cómo pude interpretar a mi propia madre María Jesusa (que se hallaba sentada a dos metros de mí) hasta el final. Salieron muy emocionados. Aunque mi madre dice que ella es más alegre de lo que la escribo e interpreto.  Sonrío cada vez que recuerdo esto.

La segunda anécdota fue con La invasión de los bárbaros, de Chema Cardeña, el último espectáculo de Arden Producciones. Tuvo lugar en la Sala Russafa de Valencia entre febrero y marzo de este año, así que con él me despedí como actriz de los escenarios en la anterior era. Se trata de un drama  que habla sobre la memoria histórica, el dolor de las víctimas del franquismo y la recuperación de familiares en fosas comunes a día de hoy. Tras la función, hicimos sesiones de coloquio  a las que asistieron cargos institucionales relacionados con el tema, integrantes de la Asociación por la Memoria Histórica y, por supuesto, el público habitual que decidía quedarse. Fue demoledor. De las experiencias más dolorosas que he vivido jamás. Comprobar que casi la totalidad de nuestros espectadores o no sabe dónde están aún algunos de sus familiares o tiene una historia cruelmente heredada y no cerrada que contar. Vinieron personas muy mayores que lo vivieron de cerca y descendientes de  las víctimas con sus fotos ampliadas. Al finalizar nos abrazaron emocionados y nos dieron las gracias por continuar comprometiéndonos con su lucha (que es la nuestra) desde el teatro.

¿Qué es lo que más te ha gustado en lo que llevábamos de temporada en la anterior era teatral?
Lo cierto es que en esta temporada que estamos acabando he tenido tanto trabajo que, por desgracia, me he dejado muchos espectáculos por ver, y eso que en Valencia hemos tenido una programación de lujo. Aun así, vamos con lo que más me ha gustado, deseando que estas obras giren mucho en la nueva era y sean vistas por todo el territorio.

Tórtola es una obra producida por el Institut Valencià de Cultura, con texto de Begoña Tena y dirección de Rafael Calatayud. Pude verla en el Teatro Rialto y fue una maravilla. No me extraña que haya sido galardonada con varios de los Premios de las Artes Escénicas Valencianas en 2019. Interpretada por seis actrices fantásticas, nos cuenta la historia real (y fascinante) de la bailarina Carmen Tórtola Valencia a principios de siglo XX hasta que entra la Guerra Civil, afectando de lleno sus vidas. Un espectáculo musical y coreográfico, con proyecciones audiovisuales  y una puesta en escena impecable. Dinero público muy bien invertido.

También me gustó Threesome, con texto y dirección de Jerónimo Cornelles. Es una  reinterpretación y versión libre de Tape, la película de Stephen Belber y se estrenó en el Festival de Russafa Escénica 2019. Threesome narra el encuentro de tres amigos que, tras muchos años sin verse, se enfrentan a un episodio de su pasado. A diferencia de Tórtola, es producción mínima en recursos escenotécnicos donde cobra poder un texto rápido, directo, coloquial e hiriente y la interpretación de los actores (Fran de la Torre, Rafa Alarcón y Silvia Valero), tan orgánicos, naturales y verdaderos…en fin, un gusto.

No puedo no mencionar un espectáculo, tan pequeño y humilde como grande de corazón y trascendente, que mostró en la Sala Russafa la Cía. Perigallo Teatro de Ávila. La obra es Espacio Disponible y nos muestra a un viejo matrimonio en su casa de siempre, al que su hijo querría llevar a vivir consigo para ofrecerles un hogar supuestamente más acorde con su edad. Cotidiana y cercana, es una comedia que esconde pequeños conflictos de nuestro drama social, tan actual como eterno. Entrañable y emocionante. No suelo llorar al final de las obras. Esta vez lo hice.

La última que destaco (sin que esto le reste relevancia, más bien al contrario) es Susan y el diablo, pero como esto fue lo último que vi, me la dejo para la siguiente pregunta.

¿Qué es lo último que viste en la anterior era teatral y qué rescatas de ello?
Susan y el diablo es una producción de Euroscena, con texto y dirección de Chema Cardeña e interpretación de María José Goyanes, Marisa Lahoz y Manuel Valls. Es un bellísimo puñetazo en la cara. Cardeña, autor y director del que me confieso fan, suele hacer estas cosas: tomar episodios reales del pasado para hablarnos del presente. Esta vez lo hace a través de Susan Atkins, esa jovencita seducida por Charles Manson, que junto con otros asesinó a Sharon Tate y sus acompañantes el verano de 1969. Esta Susan cobra vida con María José Goyanes. Ya es mayor, y enferma de un cáncer terminal en el penal de la Frontera, se entrevista con un periodista por si esa confesión le ayuda a salir de ahí y  morir en su casa. La obra es magistral. Un texto que hace reflexionar sobre tantas cosas…un espacio sonoro y una iluminación de diez, y dos actrices y un actor cuyas tablas son una lección solo con que aparezcan. Creo que empezará a girar y tendremos oportunidad de volver a verla.

Y ahora, si nos puedes mandar una foto de un recuerdo, un objeto, algo que tengas de la anterior era teatral y que defina tu relación con esa era…

Aprovecho aquí para decir que cada vez que leo “la anterior era teatral” el vértigo recorre mi cuerpo. Qué curioso, ¿no? Ser consciente de estar asistiendo a este cambio cuando la cualidad innata del tiempo presente, a mi juicio, es la inconsciencia. Para mí es difícil contestar a la pregunta porque siento que no ha pasado el tiempo suficiente para saber qué definía esa era, si es que algo la podía definir. Lo que más incertidumbre me causa a día de hoy, y es algo que sé que afectará a mi vida en el teatro y fuera de él, es la distancia. Yo tengo la convicción de que la llamada “distancia social”, es también una “distancia emocional” imposible de suplir con la tecnología. Se acaba de producir una fractura en la vía de comunicación, porque en esencia el teatro es un lugar de encuentro social, físico y emocional. En la fotografía aparecen los brazos de Andrei y Natascha, dos personajes de la obra Tres hermanas de Chejov en una versión que dirigí en la Sala Russafa. La foto nos habla de eso: distancia y cercanía, encuentro y contacto. Espero que lo que sucede en la imagen siga siendo lo que defina la futura era teatral.

Y aquí, de regalo, otro momento de esas Tres hermanas, Masha y Vershinin de la mano.

(Iria Márquez, actriz, directora y dramaturga)

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