Cómo era la anterior era teatral para Paco Déniz

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Porque está claro que hemos pasado una era teatral, en la que crecimos, nos formamos, aprendimos… Lo que venga a partir de ahora (¿julio? ¿septiembre?… ) va a pertenecer a una nueva era teatral, en la que tendremos presente lo que acabamos de vivir, en la que tendremos presente nuestra vulnerabilidad como sector, y esperemos haber aprendido de este cambio de era… Para recordar cómo fue la era teatral que acabamos de dejar, proponemos una serie de entrevistas breves, siempre desde el cariño y los buenos recuerdos…

¿Puedes contarnos una anécdota que recuerdes con cariño de la anterior era teatral?

“Yo he visto cosas que vosotros no creeríais: atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto Rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser.”

Tengo millones de anécdotas. Hace muchos años trabajé en una obra en la que se despidió al director tres días antes del estreno. Hicimos cambios de movimientos e intenciones hasta la madrugada anterior al gran día y contábamos con un margen de al menos tres horas en sala para salir del paso. Ese tiempo nunca llegó. Salí a escena y no sabía dónde estaba, esperando a que algún compañero me diese un pie de texto con el que situarme en el tiempo-espacio, (la típica pesadilla de actor hecha realidad). Tenía un sujetador en la cabeza y un micro en mano y le pregunté a un espectador: “¿Usted qué quiere, caballero?” A lo que él respondió, en un tono seco y contundente: “Yo lo que quiero es marcharme de aquí”. Por supuesto, lo escuchó todo el respetable por el maravilloso equipo estéreo del teatro. La crítica dijo que la obra en cuestión debería haber sido inconstitucional. (Jajajajajajajaja…)

Con Juanan Lumbreras (que llegó a Madrid a la par que yo y fue compañero de clase de la Real Escuela Superior de Arte Dramático) he trabajado muchísimo y, más que anécdotas, tengo novelas enteras que contar. Por poner un pequeño ejemplo de nuestro mundo, una vez yendo de bolo en coche a Barcelona, Lumbreras y servidor, para matar el tiempo, nos pusimos durante todo el viaje a traducir nuestras escenas al catalán con el google translate. En coche son unas horas, y yo cuando me obsesiono con algo no tengo medida, así que nos dio para traducir y ensayar todas nuestras escenas. Cuando comenzó la representación, ya en el teatro y con la sala a rebosar, víctima de mi obsesión, me era imposible recordar el texto en español. Había repetido tantas veces en el coche la traducción y habíamos repetido tantas veces las escenas que no me salía otra cosa. Le miraba. Daba vueltas… En un monólogo interior me cagaba en la p*ta madre que me mandó jugar con las lenguas del mundo, (curiosamente, ese monólogo interior era en castellano). Volvía a mirarle. Sonreía…Qué sudores fríos. Al final arranqué y todo en orden. El teatro.

En Almagro, hace muchos años, también con Lumbreras, compartíamos escena en el montaje dirigido por el gran Gustavo Tambascio, La historia secreta de los tres mosqueteros. Lumbreras interpretaba a Milady de Winter -no me he equivocado- y yo a Rochefort. Antes de salir a escena, me percaté de que la peluca de Milady de Winter no pasaba por sus mejores momentos, a lo que Juanan me respondió que era normal, pues “ella” realmente era “Rastas de Winter”. Automáticamente, se abrió el telón y nos quedamos a la vista del público. Incapaces de mirarnos a la cara, hicimos toda la escena dándonos la espalda y manteniendo el tipo como podíamos.

El día del estreno de ese espectáculo y nada más concluir, un espectador dijo voz en grito: “¡Esto no es Alejandro Dumas! ¡Esto no es Alejandro Dumas!” Se creó un silencio incómodo en el Corral de Comedias. Nadie sabía cómo reaccionar. Y, de repente, la voz del maestro Tambascio resonó de la nada como si de un deus ex machina se tratara, para responderle con “¡¡Le reto a un duelo!!”. El público arrancó en una explosión de júbilo y por fin se reanudaron los aplausos y las risas. Lo cierto es que esa impertinencia por parte de ese espectador nos chafó la gira.

En otra función, una espectadora se me acercó al final para recomendarme que me operase una variz que tenía en el gemelo derecho, ya que se había preocupado más por mi salud que por lo que podía transmitirle. Entendí el mensaje y me operé. Mi circulación y yo se lo agradecemos…

Para terminar, representado El laberinto mágico, y llegando al final de la obra, hacía de un militar que, por un momento, y después de impedir a las familias subir a los barcos, se sentaba en un amarre del puerto de Alicante. (El bombardeo de Alicante, el 25 de mayo de 1938, fue uno de los ataques aéreos más sangrientos e indiscriminados ocurridos durante la Guerra Civil Española.) Pues, bien… termino mi secuencia de acciones y me dispongo a descansar. Cuando mis piernas forman un ángulo recto perfecto y mi cuerpo descansa sentado se escucha un estruendo enorme. El amarre donde mi cuerpo está apoyado, construido en fibra de vidrio, se acaba de reventar con mi peso. Noto con la sensibilidad de mi trasero, pues girarme y mostrar al público lo sucedido sería de lo más indigno, que puede que la pieza superior del amarre esté suelta y se pueda caer siendo todo aún más humillante. Así que, al igual que el atleta conocido como “la estatua” en el Circo del Sol, entrego mi glúteo y mis bíceps y cuádriceps femorales a “interpretar” que estoy sentado cuando realmente estoy sostenido en el aire y sosteniendo el amarre, realizando posiblemente una de las actuaciones más merecedoras de elogio de ese año. Mis compañeros (Javier Carramiñana, Paco Celdrán, Bruno Ciordia, Ione Irazábal, Chema Adeva, Paco Ochoa, Paloma de Pablo, Marisol Rolandi, Macarena Sanz, Alfonso Torregrosa, María José del Valle y Pepa Zaragoza) tienen que recitar unos textos de enorme profundidad poética y yo que, como Rambo, “no siento las piernas”, veo cómo luchan cada palabra en el momento cumbre. Para más inri, ese día yo tenía una invitada, mi amiga Chus, sentada en primera fila y justo detrás del amarre. Se podría decir que la explosión de fibra de vidrio correspondiente había ido a parar a su figura y aún así, seguramente sorprendida por mi juego de equilibrios, aguantaba impasible a lo Daryl Hannah en Blade Runner hasta el final del espectáculo. Lo mejor: el público no se enteró de nada (o eso me creo yo). Qué profesión más bella.

¿Qué es lo que más te ha gustado en lo que llevábamos de temporada en la anterior era teatral?
Hombres que escriben en habitaciones pequeñas, de Antonio Rojano. Dirección de Víctor Conde. Con Cristina Alarcón, Esperanza Elipe, Angy Fernández y Secun de la Rosa. Me encanta el universo de Rojano. Tan inteligente, lúcido y, por momentos, friki. Lo descubrí en Furiosa Escandinavia, un auténtico prodigio en todos los sentidos. Hombres que escriben en habitaciones pequeñas me pareció una comedia muy original y divertida… La disfrutamos parte del reparto de Madre Coraje y sus hijos en una previa matinal, antes del estreno, por cortesía de la compañía y de Blanca Portillo, que formaba parte del equipo de producción y con la que tuve el placer de compartir escenario. Todo el reparto estaba fantástico. Me hizo especial ilusión ver a Secun (compañero de función y camerino en El jardín de los cerezos) disfrutando tanto su personaje. Estaba brillante. Él también es autor, y ver al actor-autor defender al autor-personaje, con texto escrito por el autor-autor, como si de un juego de matrioskas se tratara, era delirante y muy divertido. Es una opción estupenda para volver al teatro.

Nekrassov. Al poco de llegar a Madrid a estudiar Arte Dramático me percaté de algo que me llamó notablemente la atención: a los actores de la Abadía no se les trababa la lengua al decir los textos. Cada vez que los veía me preguntaba por qué. Eran lo más parecido a la perfección. Fue tal mi obsesión que me propuse hablar como ellos. Cada vez que me equivocaba daba la función por fallida. Y así fue hasta que lo conseguí, o me cansé, ya no me acuerdo… Lo cierto es que allí estaban ellos, 20 años después, juntos, disfrutando de su buen hacer una vez más… Me gustó muchísimo todo. El texto, la dirección del maestro Dan Jemmett, el espacio escénico que empastaba de maravilla con la sala grande de la Abadía y, por supuesto, el reparto. Compañeros que llevan muchos años haciéndonos partícipes a los espectadores de su enorme talento, de su buen hacer y de su amor al teatro. Qué risas con José Luis Alcobendas, Ernesto Arias, Miguel Cubero, Clemente García, David Luque (que iba camino de la Royal Shakespeare Company), Carmen Bécares e Inma Nieto / Palmira Ferrer. Una vez más, la sinfonía perfecta.

Shock (el Cóndor y el Puma). Demoledor y brillante a partes iguales. Uno de los grandes montajes del gran Andrés Lima. Me alegré muchísimo por él y por Joseba cuando le otorgaron el Premio Nacional. Líder nato y motivador incansable, nos arropó con su carisma en el proyecto del Teatro de la Ciudad. De hecho, viví Shock como la tercera entrega que hubiese llegado de su mano en esencia y alma al Teatro de la Ciudad. Olías los procesos, los caminos por los que habían transitado y el mapa de ruta que Andrés había trazado. Además, actuaban mis amigos Natalia Hernández y Paco Ochoa. Y también María Morales (que no se acuerda pero que me cambió sin conocerme de nada unas entradas de Urtain por unas que había comprado hace ni sé cuánto tiempo y siempre se lo agradeceré porque es uno de los mejores espectáculos que he visto en mi vida), Juan Vinuesa (al que no había disfrutado aún), el gran Ramón Barea y Ernesto Alterio, que estaba para comprarle un piso.

La ternura. Perdón por tomarme esta licencia, ya que yo trabajaba en esta obra, pero espero que nos queden más funciones, o al menos una despedida en condiciones. Elena González, Natalia Hernández, Eva Trancón, Javier Lara, Juanan Lumbreras, Alfredo Sanzol, Sandra Ferrús, Juan Ceacero, Emilio Gavira, Paco Ochoa, Pepe Viyuela, Llum Barrera, Camila Viyuela, Carlos Serrano, Joseba, Miguel Cuerdo, Teatro de la Ciudad, La Zona, Teatro de la Abadía y Teatro Infanta Isabel. Los que empezamos este camino y los que se fueron sumando.

¿Qué es lo último que viste en la anterior era teatral y qué rescatas de ello?
Delicuescente Eva. Vi este espectáculo con mi compañero Lumbreras el día antes de prohibir las representaciones teatrales a nivel nacional y dos días antes del estado de alarma. El día anterior, La ternura ya había bajado el telón hasta la fecha.

Se trata de la tercera parte de la trilogía de Javier Lara que arrancó con Mi pasado en B y siguió con Scratch. Los tres títulos de su obra son un mosaico que se puede ver de forma independiente y aleatoria. En ellos, Lara bucea en su pasado como si de un escape room se tratara, para deshacer los nudos que le impiden avanzar en la vida y conseguir así la llave que le permita llegar a la siguiente habitación de su identidad. Esta tercera entrega regala una excelsa producción con una bellísima escenografía de Paola de Diego, una iluminación sugerente y una dirección de Carlota Gaviño deliciosamente hilada. He tenido el privilegio de ver la trilogía al completo y reconozco que he fantaseado con la idea de volver a verla revisionada por Gaviño, pues su mirada aporta un “no sé qué” al universo Lara, muy enriquecedor para ambos.

Si las dos entregas anteriores fueron el descubrimiento de un autor y creador valiente y arriesgado con mucho material personal y artístico aún por desarrollar (para deleite de todos), de esta última entrega surge un Lara más arropado y generoso. Del texto, destacaría lo bien que escribe para las actrices (María Morales y Natalia Huarte exprimían cada sílaba con su talento). Lara cuenta su historia cediendo más espacio a su propio espectador. Las heridas que narra llegan más curadas y se comparten desde la cara amable de ese bosque complejo y siempre indomable que nos ofrece. Disfruta, y nosotros con él, escuchando y compartiendo su historia como un “Kantor de la vida”.

Éste espectáculo se puede ver, afortunadamente, y es una joya. Vale mucho la pena.

Y ahora, si nos puedes mandar una foto de un recuerdo, un objeto, algo que tengas de la anterior era teatral y que defina tu relación con esa era…

Paco Déniz

Esta instantánea es muy importante en mi vida. Pertenece a la obra La colmena científica o El café de Negrín, de José Ramón Fernández, y en la que yo sustituía a David Luque en la reinauguración del Teatro Juan de la Encina de Salamanca. Interpretaba al presidente de la República, y paisano natural de Gran Canaria, Juan Negrín, al que sazoné con mi “asento” natural.

Fue una función especial por muchos motivos. Era mi estreno en un espectáculo ya rodado, y eso siempre tiene su aquel. Llevaba una buena temporada en el paro y era importante poder volver, y volver bien. No tuvimos tiempo para ensayar juntos, así que me preparé la función en solitario. Para ello, extraje el audio del DVD que me pasaron, en la mesa de mezclas muteé las partes en las que hablaba Negrín, me aprendí de memoria los movimientos y me hice al ritmo y la voz de mis compañeros para que todo me fuese orgánico. Cuando ya lo tenía, me hice tres ensayos generales en casa, que básicamente consistían en darle al play y no permitirme ningún fallo, realizando la obra en tiempo real y esperando en los hombros imaginarios del teatro (que tenía en mi cabeza) hasta el momento de los aplausos, que también había ensayado. Lo tenía perfecto, vamos. Pero, como la vida sigue su curso independientemente de lo que tengamos preparado, mi padre falleció justo la madrugada antes de subirme al tren rumbo a Salamanca. A las seis de la mañana (una hora menos en Canarias). Todo se tornó extraño, pero no hubo nervios. Después de hablar con mi madre y mi hermana, decidí terminar aquello para lo que me había preparado con tanto amor. Le dediqué la función, como no podía ser de otra manera, ya que no pude asistir a su entierro. Hice piña con mis compañeros, y ellos me arroparon durante las dos funciones de ese fin de semana. Era la primera vez que compartía escenario con todos los integrantes de la imagen. Como la vida cierra y abre puertas a su antojo, me ha regalado más experiencias junto a varios de ellos. Sobre todo, con el que está a la izquierda del todo, un tal Paco Ochoa, al que no conocía absolutamente de nada, “cohone”. Al contrario de lo que uno se pudiese esperar de un duelo, fue una experiencia colectiva totalmente vitalista que guardamos en nuestra memoria de manera muy especial. No recuerdo quién sacó la foto, pero bien pudo ser Fernando Delgado, que hizo, entre otras, las labores de gerente en gira ese fin de semana. Karina Garantivá, creo recordar, llevaba la producción también. De izquierda a derecha, Paco Ochoa, Lola Manzano, Pedro Ocaña Triguero, servidor, José Luis Esteban e Iñaki Rikarte. No fue lo que esperábamos de ese fin de semana, pero terminó siendo mucho más de lo que pudimos imaginar.

El mismo día del estreno en Salamanca, nombraron a Ernesto Caballero director del Centro Dramático Nacional. Y, como diría Bogart al final de Casablanca: “Presiento que este es el comienzo de una bella amistad”. Lo cierto es que contó conmigo para muchas de sus producciones, y siempre le estaré agradecido.

Curiosamente, al siguiente fin de semana volví al mismo teatro con Días estupendos. La vida. Un cúmulo de casualidades que nunca ocurren por casualidad.

(Paco Déniz, actor y músico)

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El Gallinero es la bitácora de un grupo de dramaturgos que interpretan el papel de un periodista. Un espacio donde se informa del teatro que no acostumbra a salir en los medios de comunicación, de los recovecos que componen la vida teatral de Madrid y los espectáculos/ espacios/ creadores/ gestores menos conocidos.   En El Gallinero escribe nico guau, y en una época escribieron muchas más gallinas: Antonio García, El Trapo, Folguera, la señora del fondo, Manuel Rodríguez, Muflón Silvestre, Pelma y gris, Turuleta, Vera Yobardé... Si queréis contactar con nosotros, podéis hacerlo en elgallinerofronterad @ gmail.com, quitándo lo espacios alrededor de la @.

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